Carta de lector

11 de octubre de 2012 - 00:00

Un reconocimiento al padre José Ramón

 

Sr. Director:

En el mes de febrero nos dejó físicamente en Alicante, España, nuestro querido padre José Ramón. Falleció como un extranjero allá, en su “casa”, en brazos de sus hermanas María Teresa y Sinita. Su alma quedó anclada -como el primer día y hace 30 años- en “su hogar”, en estas tierras pilarenses. Quiero rescatar para este momento una de sus últimas frases ante el pedido de explicación: “Si vuelvo a España, voy a morir. Mi vida está en Pilar.”

Y así fue. Que nadie se confunda o intente confundir. Murió en el exilio, como mueren los grandes: fuera de su patria, pobre, traicionado y olvidado.

Amante de la virgencita del Pilar y del pueblo pilarense, dedicó su vida a una acción pastoral seria, comprometida y fructífera, como Jesús se lo había pedido. Su entrega fue hacia todos. No era carismático pero sí, pragmático y empedernido perfeccionista.

Su llave, la educación y la oración. Se desveló por la comunidad de su parroquia. Caminó sus calles. Recorrió sus barrios. Se sentó a comer con la gente, los abrazó con amor cristiano en el dolor y en las alegrías y les ofreció propuestas concretas, según las necesidades de cada barrio: colegios, comedores, centros comunitarios, capillas, parroquias, etc.

Como buen asturiano, fue tenaz en sus obras, con temple de acero, consecuente con sus ideas y con sus palabras y muy responsable de sus actos. Siempre se lo podía ver -con su andar pausado, seguro y altivo- recorriendo, sintiendo y apoyando sus obras y a su gente. Su hombría, oración y confianza profunda en Dios le permitió superar momentos difíciles como párroco.

También por decir y vivir en la verdad, se fue a la Casa del Padre despreciado por unos pocos y en profunda tristeza y depresión (sus verdaderas enfermedades). Me apropio y reformulo palabras de mi amigo Ricardo: “Su última predicación fue un poco extensa, duró sus tres últimos años en silencio, sumido en la desolación y en el dolor sin más honores y privilegios que el brillo de su fe, de su esperanza y de su amor incondicional a Dios”

Viviremos las primeras Fiestas Patronales de Pilar sin la presencia física de uno de los hacedores de este homenaje a la Virgen, en tierras de Pilar. Bajo el manto de la madre de Jesús sería un buen momento para tomar ciertos compromisos:

• Está a tiempo el señor obispo de enviar una Carta Apostólica de condolencias a la familia del padre. Como así también de agradecimiento por estos 30 años del monseñor Villa Iglesias al servicio del Obispado de Zárate- Campana.

• Está a tiempo, el señor obispo, de reconocerlo como fundador de las obras que realizó como párroco (especialmente del Instituto Parroquial Nuestra Señora del Pilar, del Colegio San José y del Campo de Deportes). Seguramente él no lo hubiera permitido pero es un acto de justicia hacia los familiares y hacia todos los que apoyamos sus proyectos.

• Está a tiempo de celebrar personalmente una hora de misa con todos los feligreses, que así lo deseen, por el eterno descanso y en acción de gracias por todo lo antes dicho. Como pastor tuvo a un buen hombre en su mies, con aciertos y errores, pero estoy seguro, con buena voluntad.

• También está a tiempo el señor intendente de rendirle un homenaje como Ciudadano Ilustre de Pilar.

Vino para quedarse 30 años y dedicarse a la parroquia pero también a toda la comunidad de Pilar. Hizo su aporte en educación, en atención a los más necesitados, atendió con amor a todos los enfermos, creó hogares de niños y comedores, entre otras acciones.

Tengo conocimiento sobre las diferencias de los últimos tiempos. Desde la Iglesia, hacer lo que se predica. Desde la política, reconocer a los que trabajan por la comunidad de una forma extraordinaria y desinteresada.

En la historia de Pilar y de la diócesis y en el corazón de los que caminamos junto a él, ocupará un lugar de privilegio.

 

Gracias, padre, pastor y amigo. “Bendito el que viene en nombre del Señor.”

Heriberto Ruiz Moreno.

 

 

 

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