Nuestro querido vecino pilarense, Hugo Dante Alberini, disfrutando a pleno de un día de playa y sol en Mar del Plata, junto a una amiga chilena, de vacaciones en Argentina en aquel 1950.
Con el intenso calor estival y con la mayoría de los miembros de la familia de vacaciones, nuestra gente, mi gente pilarense siempre por estos tiempos de mediados de enero, planeado o no, ha decidido escapadas hacia otros lugares para visitar parientes o sencillamente para hacer valer el merecido descanso que les otorga el trajín anual de sus ocupaciones.
Un clásico de la década del 50 era poseer en la costa atlántica, en San Clemente o en Mar del Plata, un departamento que oficie de búnker para que la familia tenga un lugar para pernoctar, pues el resto del día se pasaba en la arena bajo la sombrilla, o en alguna carpa de los reconocidos y ya existentes balnearios de nuestras playas.
Mar, caminatas por la orilla, juegos playeros, mates con churros, algún partido de fútbol o de truco, las infaltables fotos de una cámara cómplice se agendaban en estos días de disfrute veraniego.
Y justamente son esas fotos tomadas por una cámara viajera las que fluyeron hoy de mi viejo álbum de recuerdos para socializar en ustedes, queridos lectores del El Diario de hoy, estos momentos únicos de placer que sintió gente de mi Pilar, cuando la oportunidad de unas buenas vacaciones se dio en su cotidiano andar.
Familias enteras, amigos, familiares lejanos, y hasta vecinos compartían ese lugarcito que se tenía en la costa atlántica para descansar, y para disfrutar en aquellos cálidos eneros de la frescura del mar.
Otros elegían las sierras cordobesas, la casa de algún pariente en otra provincia y los más pudientes se animaban a pasar la frontera del país hacia uno limítrofe, pero la mayoría de aquel, mi Pilar de entonces, tenía un predilecto especial por las ciudades costeras.
Por eso comparto hoy, estas fotos con ustedes, que todavía no han salido, que ya volvieron o que están pasando sus vacaciones sencillamente en este Pilar de todos, porque creo profundamente que nuestra hermosa ciudad tiene una bella historia tejida con las historias de cada una de sus familias de siempre, de apellidos renombrados en este pueblo y con sus quehaceres cotidianos, entre los cuales, las vacaciones formaban parte fundamental de sus proyectos.
Y en cada viaje, en ese mágico intercambio turístico, caracoles, agua de mar, arena, pingüinos, platos para colgar, detectores del tiempo, alfajores, llaveros y cientos de recuerdos más, llegaron a nosotros de manos de nuestros seres queridos que quisieron mostrarnos en ellos, cuán felices fueron en sus vacaciones vividas.
