Mitos y leyendas: Una historia conmovedora

por Manuel Vázquez

3 de septiembre de 2011 - 00:00

 

Margarita y Eugenio Gómez compraron el campo 1918 con lo que le cupo a él como herencia tras la muerte de sus padres. La propiedad estaba ubicada cerca de lo que hoy constituye el pueblo de Los Cardales, y allí se estableció el matrimonio.

Margarita era de salud endeble y a menudo se desmayaba sin que mediase agitación, sorpresa o susto; pero trabajó duro al lado de su marido hasta sacar frutos de ese pedazo de buena tierra. Al cabo de cinco años ya tenían tres hijos y habían levantado una casa amplia, cuyos cimientos y parte de la mampostería aún se conservan en medio de un monte de eucaliptos enormes.

Un atardecer de diciembre, Eugenio, al galope tendido de su caballo, intentaba llegar a la casa ganándole a la tormenta oscura y amenazante que parecía seguirlo avanzando desde el norte. Había ido hasta Capilla del Señor en busca de harina y algo de vino pero, tentado, compró también unas varas de tela celeste para que Margarita cortase un vestido para ella y unas camisas para los pequeños. Iba pensando en ellos cuando un rayo lo volteó del caballo que, al sentirse sin jinete, rumbeó espantado hacia la querencia.

Desde el alero de la casa, a través de la espesa cortina de lluvia, Margarita vio llegar al animal chapoteando barro y agua. Encerró en una habitación a los tres niños, montó el caballo de su marido y salió a buscarlo castigada por el feroz aguacero.

Lo encontró exánime, sumergido casi en un enorme charco de agua barrosa. Apelando a todas sus fuerzas, la mujer izó el cuerpo robusto y lo atravesó sobre el lomo del caballo. Volvió a pie, lentamente, enterrándose hasta los tobillos en el barro del camino y llevando al animal por la brida.

Esa noche, sin dejar de llorar, con sus hijos prendidos a las faldas, Margarita limpió el cuerpo de Eugenio hasta quitarle todo el barro adherido, lo peinó y lo vistió con el traje que guardaban en el ropero de luna, único lujo de la habitación matrimonial. Luego lo acostó en la cama de hierro, lo cubrió y llevó a los niños para que durmiesen en el otro cuarto.

Dos días después de la tormenta, cuando los caminos volvieron a ser transitables, el turco Elías, que recorría los campos con su carro-tienda repleto de chucherías, descubrió el indescriptible cuadro de los pequeños llorando de hambre sin que su madre, sentada con los ojos fijos junto al rígido cadáver del esposo, los oyese.

Internaron a Margarita en un hospicio de Buenos Aires y, por no encontrarles parientes a quienes endilgárselos, repartieron los niños entre quienes se ofrecieron a cuidarlos hasta el regreso de la pobre desquiciada.

Casi un año después, con la cabeza rapada cubierta por un pañuelo y vistiendo un espantoso guardapolvo gris, Margarita Gómez regresó a su campo en compañía del director del hospicio, un médico italiano convencido de que los castigos físicos eran sumamente eficaces en el tratamiento de los males mentales.

Las familias que los tenían en guarda, llevaron a los niños para que se reencontrasen con la madre en cuyos brazos se arrojaron reconociéndola de inmediato a pesar de su imagen deplorable. Pero Margarita no se inmutó. Se dejó palpar por las manos infantiles sin responder a las caricias y los miró como si pudiese ver a través de ellos. Delante del juez de paz especialmente convocado, el médico le preguntó si reconocía la casa. Lo negó. Le preguntó también si sabía quiénes eran esos niños. Recién entonces los observó con detenimiento y, tomando entre sus manos el rostro del mayor (vivo retrato de su padre), sólo dijo que se parecía a alguien que ella había conocido hacía mucho tiempo pero no podía recordaba quién era.

Margarita Gómez fue declarada insana e internada definitivamente. Sus hijos se dieron a criar a vecinos de la zona y el director del hospicio fue nombrado curador de los bienes. Al cabo de unos meses, merced a los buenos contactos con funcionarios de la provincia, el campo figuraba a nombre del itálico facultativo, uno de cuyos hijos llegó a ser diputado de la Nación.

Los niños fueron recibidos por buenas familias que, aunque siguiendo las costumbres de la época los pusieron a trabajar desde muy pequeños, los mandaron a la escuela primaria y, de vez en vez, les permitían visitarse para mantener el vínculo fraterno. A la madre jamás volvieron a verla.

Ya adultos, el mayor, establecido en Pilar, quiso saber qué había sido de ella. Recorrió casi todos los loqueros de la provincia pidiendo revisar los archivos, pero su curiosidad se topó con las puertas cerradas de una burocracia al servicio de la corrupción y el latrocinio.

Hoy, un nieto del infortunado matrimonio, al narrarme esta historia familiar, me confesó también las sospechas de su padre, el hijo que buscó por años a su madre en los manicomios. Según él, Margarita no estaba loca, pero a fuerza de castigos terribles perdió parte de su cordura en las celdas del hospicio. Cuando la llevaron a Los Cardales, el efecto de alguna droga que le habían suministrado le impidió reconocer a sus tres vástagos.

De vuelta en Buenos Aires y ya declarada legalmente incapaz, el médico, como lo hacía habitualmente con muchas dementes puestas a su cuidado, la vendió a una organización de proxenetas que la sacó del país rumbo a los yerbatales del Paraguay.

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