Mitos y leyendas: La maestrita de Capitán Sarmiento

por Manuel Vázquez  
sábado, 24 de septiembre de 2011 · 00:00

 

 

Amalia tenía dieciocho años y un flamante nombramiento como maestra cuando llegó a Pilar desde su Capitán Sarmiento natal. Lo primero que hizo aquel caluroso día de febrero, cuando bajó del Chevallier con su madre, fue buscar una pensión seria para hospedarse. Por recomendación del personal del Consejo Escolar llegó hasta la casa de doña Cata, donde ofrecían alojamiento a mujeres solteras.

La madre de Amalia, después de inspeccionar la habitación disponible, de abonar por anticipado el primer mes de pensionado y de hacerle mil recomendaciones sobre la comida, el abrigo y el cuidado que debía tener al andar por la calle, volvió a la chacra que posibilitó recibirse de maestras a sus cinco hijas mujeres.

Amalia confraternizó de inmediato con las huéspedes y supo ganarse el afecto de doña Cata, quien le permitía preparar en su cocina las comidas naturistas a las que se había hecho afecta. Trabajaba en dos turnos y después de la cinco de la tarde corregía y preparaba sus clases para el día siguiente.

Por las noches, luego de cenar, miraba un poco de televisión junto a las otras pensionistas y se retiraba a su dormitorio que, como si fuese definitivo, había decorado primorosamente con una colcha tejida por su madre, una lámpara de escritorio y una biblioteca adquirida en la mueblería Rivadavia.

Los viernes, después de las seis de la tarde, tomaba el Chevallier hacia Capitán Sarmiento para pasar el fin de semana en familia. Regresaba los domingos a última hora, con el tiempo justo para planchar el guardapolvo con el que iniciaría la semana de trabajo.

Su vigésimo cumpleaños cayó un jueves de junio, y prefirió no informarlo. Lo festejaría el domingo siguiente en la chacra, pero quiso darse el gusto de tomar un té con masas y, al salir de la escuela, fue en tren hasta San Miguel para cumplir su deseo en la 25 de Mayo, única confitería que, por aquel entonces, merecía el nombre de tal en la zona.

Estaba sentada ante sus masas rebosantes de crema cuando se le acercó el hombre más apuesto que había visto en su vida y, sin motivo aparente, se presentó. Sin saber cómo, tras cinco minutos de charla, le había permitido sentarse a su mesa, le había contado que era su cumpleaños y le había brindado su breve biografía.

Amalia sólo lo había escuchado pedir un café, pero de pronto el mozo se acercó con un ramo de rosas. “Feliz cumpleaños”, le dijo él y dos lágrimas velaron las pupilas de la maestrita. “Es la primera vez que me regalan flores” confesó.

Comenzaron a encontrarse todos los jueves. Tomaban el té en la 25 de Mayo y hablaban hasta por los codos. Después él la acompañaba a tomar el tren y la despedía con un beso. Tras la cuarta cita, le pidió que ese fin de semana no fuese a Capitán Sarmiento y ella, pretextando una reunión con las compañeras de la pensión, no viajó.

Ese sábado se encontraron en Palermo. Pasearon, almorzaron frente al Botánico y luego se refugiaron en el departamento que un amigo de él tenía en la calle Serrano. Allí volvían cada viernes al atardecer, y Amalia comenzó a  viajar hacia la chacra los sábados por la mañana.

Cuando comenzaron las vacaciones de verano, Amalia volvió a la casa de sus padres esperando con creciente ansiedad una llamada telefónica que nunca llegó. A fines de enero, angustiada, descubrió que estaba embarazada pero no se lo confesó ni a Inés, su hermana preferida.

Regresó a la pensión el 3 de marzo. A pesar de los meses que llevaban saliendo, él nunca le había dicho dónde trabajaba como vendedor de automóviles ni le había dado su dirección o número de teléfono.

El encargado del edificio de la calle Serrano, un viejo con cara de rata, le aclaró entre sonrisas equívocas que el departamento se alquilaba para “citas divertidas” y que no sabía quién era el propietario. Quienes lo alquilaban por uno o dos días llegaban con la llave y, al irse, le dejaban una propina. También le dijo que muchos hombres con las señas que Amalia le ofrecía visitaban el departamento y que siempre llegaban con distintas acompañantes.

A doña Cata le extrañó que Amalia no apareciese para el desayuno ese primer día de clases. Creyendo que la muchacha había olvidado poner en hora el despertador, fue hasta su cuarto. Allí, exánime, envuelta en la colcha tejida por su madre, la encontró con las venas cortadas. Ya era tarde para todo.

En la escuela sólo dijeron a los alumnos que la señorita Amalia no daría clases ese año, pero las maestras, sus compañeras, colocaron un ramo de rosas en el aula que había sido suya.

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