Mitos y leyendas ¡Se jugó hasta la intendencia!

sábado, 10 de septiembre de 2011 · 00:00

 

por Manuel Vázquez

 

Me encontré con Ernesto en uno de los bancos ubicados en los senderos centrales de la plaza de Pilar y rechazó de plano mi invitación a tomar un café.

-Desde que cerró la Alhambra no he pisado ningún bar. Manías de viejo deben ser. Aquí se está bien- dijo mientras encendía un cigarrillo con la colilla del que estaba por terminar.

Como lo sé de mal carácter, fui prudente al preguntarle si podía grabar nuestra charla pero me sorprendió, no sólo por no mostrar disconformidad, sino por el entusiasmo con que se dispuso a narrar ante el micrófono que él mismo sostuvo en la fría pero soleada mañana.

-N… llegó a intendente de Pilar por esas cosas raras que tiene la política. Él, menos que ninguno sospechó que se iba armar un embrollo tan grande a resultas del cual su partido pudo ganar las elecciones y llevarlo a sentarse en el sillón del alcalde López.

Como se imaginará, no tenía ni proyecto de gobierno ni nada que se le pareciese, pero enseguida se le arrimaron los que, después de cada elección, quedan heridos en los partidos perdedores. Hablaron, se arreglaron y así, en esa mezcolanza de gente que buscaba rascarse para adentro, armaron un plan para sacar a Pilar del atraso y la inmovilidad. Al menos eso decían.

Usted va a decir que es cuento, pero lo cierto es que se pusieron a trabajar en serio y bastante bien, sin buscar sólo llenarse los bolsillos. No le voy a decir que eran santos, pero, la verdad, se llevaron mucho más de lo que manotearon los que estuvieron antes y los que vinieron después.

El único problema es que N…, el intendente, era loco por el juego. Dicen que ya desde chico, cuando cursaba la primaria en la Escuela N°4, se jugaba a las bolitas o a las figuritas el sánguche que le daba la vieja para comer en el recreo. Después, cuando fue muchachote, no hubo garito donde no lo conociesen. Y no vaya a creer que siempre tenía suerte y ganaba. Hubo noches en que se empeñó hasta las p… por culpa del juego.

Me contaron que una vez, cuando andaría por los veinte años, se endeudó tanto que le fueron a cobrar al padre. Imagínese cómo le habrá caído esto al pobre hombre, un paisano más derecho que una estaca. Esperó que esa noche regresara el muchachote y ahí no más lo agarró a rebencazos con un arreador de cuero trenzado; pero aunque le dejó el lomo marcado por varios días, no pudo sacarle el vicio. Eso sí, desde ahí en más tomó como un deber sagrado pagar puntualmente sus deudas de juego aunque para hacerlo se quedase sin comer.

La cuestión fue que, mientras estuvo como intendente, por más que tratasen de controlarlo, no pudieron evitar que de vez en cuando se les hiciese humo para jugarse unos pesos a los burros en Palermo, o tomase el vapor de la carrera y se fuese al casino en Montevideo. Cuando le resultaba imposible escaparse, se reunía a la noche con unos cuantos amigos tan jugadores como él y allí, entre ellos, apostaban hasta los calzones.

Precisamente en una de esas noches, cuando además de jugar fuerte N… había bebido también más de la cuenta y había perdido cuanto podía arriesgar, un gallego tendero lo desafió a ceder por un día el puesto de intendente echándolo a la suerte de un naipe. Sin dudarlo, N… copó la parada, pero perdió.

El ganador exigió que la puesta se pagase el 12 de octubre, día en que Pilar celebra sus fiestas patronales. Como usted sabe, durante esos festejos el intendente se expone a la vista de todo el pueblo en la Misa solemne de la mañana, en el posterior desfile y durante la procesión de la tarde.

Al enterarse de la apuesta perdida, los funcionarios municipales se alarmaron y trataron de convencer al intendente para que no cumpliese con lo pactado, pero N…, recordando tal vez los rebencazos de su padre, afirmó que había dado su palabra de honor y saldaría su deuda.

Llegó el 12 de octubre y a primera hora N… recibió en su despacho al ganador de la apuesta, a quien le gustaba más la joda que comer. En primer lugar, el gaita, sabiendo que el intendente padecía cayos plantales, le aclaró que durante todo el día estaba obligado a rendirle pleitesía manteniéndose de pie en su presencia. Mordió el freno el pobre N… pero, como buen perdedor, aceptó las condiciones.

Caminando a la derecha del  “cobrador” y rodeado por su séquito de obsecuentes, N… ingresó en el templo y, para asombro de todos, estando sentado el falso intendente, permaneció de pie durante toda la liturgia. Los asistentes, ignorantes del trato y respetando su investidura, lo imitaron y se bancaron de parados la larguísima ceremonia.

El párroco, al ver al intendente de pie, incluso durante la homilía, le mandó a decir por un monaguillo que podía tomar asiento; pero N…, considerando que una indisposición física era más aceptable que la confesión de su vicio, le hizo informar que las hemorroides le impedían apoyar las nalgas.

Terminó la misa y el pobre intendente, con los pies torturados, se mantuvo parado durante el largo desfile, saludando el paso de los bomberos, los abanderados de las escuelas, los clubes, las policía, una representación de las fuerzas armadas y los centros tradicionalistas que, para su mayor suplicio, no se limitaron a desfilar sobre sus hermosos caballos sino que, desmontando ante el palco, le dedicaron un interminable pericón.

Todos los 12 de octubre, las autoridades y algunos invitados especiales compartían un almuerzo criollo en una estancia cercana. Hacia allí rumbeó nuestro intendente agradeciendo por poder sentarse en el coche que lo trasladaba, pero su alegría se disipó al ver que el tendero gallego también era de la partida. En resultas, mientras el gaita comía sentado muy orondo en la mesa de la cabecera, N… a su lado, permanecía de pie justificando su actitud con la propuestas de continuos brindis por la Patrona, por Pilar, por el gobierno y hasta por la oposición, cuyos representantes no dejaban de extrañarse por una actitud tan desacostumbrada.

Con el gallego como aparcero y siempre de pie participó el intendente de la procesión y de los números artísticos que, a la nochecita, se ofrecieron en el escenario. Recién cuando el reloj de la iglesia hubiese dado las doce de la noche, de no haber estado descompuesto durante una pila de años, el intendente juzgó satisfecha su deuda y, dándole la mano al gallego, que ya se disponía a poner la corona sobre la cabeza de la nueva reina de las fiestas, reasumió plenamente sus funciones.

Dicen que tras esa experiencia el hombre se curó de su vicio, pero yo puedo asegurarle que muchos años después, cuando lo operaron de una hernia y fui a visitarlo en la clínica, le apostaba a las enfermeras si el tensiómetro iba a marcar 11, 12, 13 o 14 cada vez que le tomaban la presión.

Ernesto me tendió su mano sarmentosa, aceptó de buen grado las dos botellas de Terrazas que yo había llevado para obsequiarle, y me prometió narrarme otras historias de ese Pilar no tan lejano. n

 

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