Mitos y leyendas: El casamiento tardío

por Manuel Vázquez  
sábado, 27 de agosto de 2011 · 00:00

 

 

“Claro que me acuerdo de María Eugenia Riglos” me dijo doña Carmen, la nonagenaria abuela de La Lonja mientras me observaba encender el grabador y se disponía a hilvanar uno de sus graciosos monólogos.

“Hacía poco que había llegado yo de España cuando la Riglos y su madre tullida se establecieron en Pilar. Ella abrió enseguida su taller de costura allí, por donde está la cruz, cerca del tanque del agua corriente. Creo que venían de Mendoza.

Ella andaría ya por los cincuenta bien cumplidos y era fea de solemnidad, como quien dice. Alta y robusta como un changador del puerto, vestía siempre de gris y se estiraba tanto el pelo para armar su rodete que parecía tener ojos de china. Tenía rasgos de india, con pómulos altos, boca grande y labios gruesos. Jamás se pintaba y mucho menos se depilaba las gruesas cejas o la sombra de bigote cerca de la comisura de los labios. Ganaba su pan y el de la pobre madre inválida dando clases de corte y cosiendo para las señoras más copetudas del pueblo, porque era muy buena modista. Esto y su mesura en los gastos, le permitieron comprar la casa en que vivían, tener algunos ahorros en el banco y aportar sus buenos pesos en las colectas de la iglesia, que era el único sitio al que concurría cuando salía de su casa.

No se daba con nadie. Ni siquiera brindaba conversación a las chicas que iban a su taller, entre las cuales también estaba yo. Parecía aquello un convento de monjas de clausura y ni bien alguna comenzaba a cuchichear con otra, María Eugenia se ponía seria y, sin decir palabra, golpeaba delicadamente su dedal sobre la mesa de corte imponiendo silencio.

Cuando murió su madre, un agosto en que hacía un frío de mil demonios, ella no quiso molestar a nadie y la veló sola durante toda la noche. A la mañana siguiente, al enterarnos por El Lechuza (un tío a quien la cochería le encargaba dar aviso de los velorios casa por casa) fuimos dos o tres a acompañarla hasta el cementerio. Allí supimos que la pobre no tenía familia, ni amigos, ni perrito que le ladre.

Ya  hacía años que yo había dejado de ir a su taller cuando María Eugenia Riglos, pasados largamente los sesenta, conoció a Pepe. Era paraguayo, albañil y no sabía el pobre dibujar la o ni con un vaso, pero se le notaba bonachón y no le hacía asco al trabajo duro.

María le había llamado a su casa para levantar una tapia y, según parece, entre ladrilo y ladrillo les nació el cariño. Mientras duró la construcción de la pared, ella le daba el almuerzo como parte de pago. Se lo servía bajo la galería del fondo de la casa y a la vista de los vecinos porque no quería que entrase ni a la cocina cuando estaba sola.

Mientras él comía, ella se sentaba enfrente y hacía alguna labor de aguja esperando a que terminase. Casi no hablaban. María Eugenia, por no ser inclinada a las charlas y él, porque sólo se sentía cómodo hablando en guaraní.

Cuando terminó la tapia y ya no había motivo para ir a la casa, Pepe se animó a solicitarle permiso para visitarla como amigo. María Eugenia no dudó en concederle el deseo, pero puso como condición que fuese sólo una vez por semana, lo jueves, y cuando estuviesen presentes sus alumnas de corte.

Desde entonces, cada jueves, poco antes de las cinco, ella se permitía dos gotas de agua colonia detrás de las orejas y al rato Pepe golpeaba la puerta. Se miraban, tomaban mate amargo y de vez en vez ella correspondía con una pudibunda sonrisa a las que él le ofrecía de oreja.

Tras un año de visitas (no sé cómo habrán hecho para ponerse de acuerdo sin palabras) decidieron casarse, pero María Eugenia quiso hacerlo por todo lo alto en la iglesia de Pilar, a mediodía y con misa de esponsales. Ella misma cosió su vestido de novia, blanco inmaculado, copiado de un figurín italiano, y las monjas del colegio le bordaron el canesú con pequeñísimos azahares.

La noticia del casamiento de la solterona corrió por Pilar con la velocidad con que vuelan los chismes en todo pueblo chico y el día fijado para la ceremonia, aunque casi no había invitados, el templo estaba de bote a bote. Todos deseaban ver a María Eugenia Riglos con la corona de azahar, el velo y el ramo de novia.

Pepe, acompañado por una tía mía, la que me trajo de España y me mandó a aprender corte y que les saldría de madrina, llegó a la iglesia poco antes de las once. Recuerdo que iba de traje oscuro, camisa y zapatos nuevos; todo comprado en lo de Galver, en Capilla. Estaba tan poco acostumbrado a ese tipo de ropa que parecía haberse tragado una estaca y cuando caminaba le chirriaban los zapatones en los que apenas cabían sus pies enormes.

María Eugenia bajó del coche que había alquilado en lo de López y entró al templo del brazo de un tal Arístides, un viajante de comercio que le proveía de paños e hilos en el taller.

Más que una novia parecía un fantasma, con su cuerpo grueso, alto y ya bastante encorvado cubierto con el vestido blanco con larga cola y la cabeza velada por un apretado tul.

Temblaban las manos de la pobre mientras caminaba hacia el altar donde la esperaba su Pepe sufriendo el apretujón de los zapatos.

La ceremonia se iba desarrollando sin más tropiezo que los cuchicheos de las vecinas cuando una ráfaga tremenda de petardos inundó la iglesia de explosiones, humo y olor a pólvora.

Se alarmó el bueno de Pepe, se asustó el cura y chillaron las vecinas, pero María Eugenia Riglos, con un envidiable dominio de sus nervios, levantó el velo que le ocultaba el rostro envejecido y los ojos aindiados llenos de lágrimas. Enfrentó al pueblo que había ido a burlarse y, olvidando la santidad del lugar, les lanzó a viva voz: “Ríanse si quieren hijos de p… y tiren cohetes también, que en este pueblo de m… soy la única que se atreve a darse un gusto a la vista de todos y sin faltar a lo que Dios manda”. Luego, volviendo a bajar el velo sobre su cara, le ordenó al cura: “Siga casando, padre, que Pepe y yo ya estamos viejos para esperar mucho tiempo”.

Comentarios