Mitos y leyendas: Lupardo, un charlatán de feria

por Manuel Vázquez
sábado, 2 de julio de 2011 · 00:00

 

 

Antonio Lupardo era alto, flaco y le faltaba un diente; para ocultarlo, dejaba que el bigote le cubriese la boca. Tenía casi cuarenta años y había llegado a Pilar un 12 de octubre ejerciendo el perdido oficio de vendedor juglaresco o charlatán de feria, como los llamaban generalmente. Con alguna excusa, que bien podía ser un animalito amaestrado, un extraño instrumento musical, o alguna prueba de prestidigitación, estos artífices del engaño lograban rodearse de un público ingenuo en las fiestas populares y allí lo desplumaban de a poco, con mucha labia, vendiéndole chucherías inútiles.

Lupardo abrió su valija en una esquina de la plaza de Pilar, frente al Banco de la Provincia, y de inmediato atrajo a los vecinos más simples que habían llegado desde las chacras y, endomingados, salían de la iglesia.

-¡No dejen de admirar  la más extraña bestia que hayan traído del oriente! – proclamaba Lupardo exhibiendo una jaula cubierta por un enorme pañuelo de seda roja.  – ¡Fue capturada en las lejanas costas de la China y atravesó montañas y desiertos para llegar hasta aquí! ¡Casi fue capturada por los aborígenes del Congo y devorada por los esquimales de Groenlandia, pero nadie pudo tocarla porque esta pequeña criatura de apenas quince centímetros, es capaz de comer un elefante en poco más de media hora!-

Las señoras se espantaban, los niños chillaban excitados esperando que el charlatán descubriese la jaula y los señores fingían no sentir ningún temor ante el diminuto y aterrador ser que pronto aparecería entre los barrotes de la minúscula prisión.

-Precisamente desde los desiertos de Arabia donde casi mueren de sed quienes transportaban este fenómeno – continuaba Lupardo - han llegado estos exóticos papeles perfumados con las mismas esencias que cautivaron a los amantes de la reina de Saba –. Y allí surgían de su valija los sobres con papelitos de colores sobre los que, hacía sólo una hora, el lenguaraz había vertido unas gotas de pachuli o de benjuí.

-¡Bastará con frotar uno de estos delicados y misteriosos papeles en el cuello o detrás de las orejas de las señoritas para que los galanes caigan rendidos a sus pies esta misma noche, en el baile del Club Atlético!-. Demás está decir que Lupardo ya había averiguado dónde se bailaría esa velada de festejos patronales.

Las niñas, seducidas por el palabrerío y el color de los papelitos perfumados, lograban que sus madres abriesen los monederos y, de esta forma, el charlatán hacía su primera ganancia de la jornada. Mientras Lupardo proseguía con los anuncios sobre la misteriosa bestia que concentraba la atención del público, iban surgiendo de la valija peines de carey para el bolsillo del caballero, abanicos pintados para las señoras, novedosos bolígrafos para los estudiantes y todas las “maravillas” que jamás se hubiesen encontrado en la cueva de Alí Babá.

A medida que avanzaba la mañana y los bolsillos se iban desagotando sin que el vendedor mostrase el fenómeno enjaulado, los curiosos se retiraban camino al almuerzo que los esperaba. Cuando ya sólo lo rodeaba un grupito de niños andrajosos, sin nadie que los aguardase para comer, Lupardo daba por terminado su espectáculo. Si alguno chillaba, ya tenía pronta la bolsa de caramelos baratos que les arrojaría para que, mientras disputaban por ellos, le diesen tiempo a tomar la de Villadiego.

Ese 12 de octubre el charlatán hubiese hecho lo mismo que en tantos otros pueblos campesinos, pero una hermosa joven se quedó junto a los chiquillos curiosos.

–Quiero ver a la bestia- le dijo, y el charlatán, sin saber qué contestar y avergonzado por primera vez en su vida de trashumante, confesó que la jaula estaba vacía. Inesperadamente, la muchacha lo invitó a comer en casa de su madre, que tenía una pensión cerca de la estación del ferrocarril Central Buenos Aires.

Ubicado en la punta de la mesa, Lupardo sorbió con fruición la sopa con fideos municiones y atacó con deleite la carne del puchero y las verduras que la acompañaban. De postre, y aunque ya su estómago no resistía, aceptó las gruesas tajadas de queso Mar del Plata y dulce de membrillo. “Aprovechá gaviota que no te verás en otra” se decía el busca-vida para sus adentros, mientras le llenaban otro vaso de vino tinto directamente escanciado desde la damajuana.

Había bebido y comido tanto que aceptó de inmediato la invitación cuando la patrona lo invitó a dormir la siesta en una reposera de la galería.

Pocos minutos llevaba durmiendo cuando lo sacudieron violentamente. Mientras volvía del reino de Morfeo, distinguió que lo rodeaban policías uniformados y oyó los llantos de la dueña de casa mezclados con los gritos de su hija: “¡Él lo mató! ¡Miren, aún tiene el cuchillo en la mano!”

Lupardo bajó la vista y, entre la bruma del sueño aún no disipado, alcanzó a ver que, efectivamente, su mano derecha sostenía un enorme cuchillo ensangrentado.

Mientras lo sacaban esposado de la casa, divisó por la puerta entreabierta de una de las habitaciones, el cadáver de un anciano tendido en medio de un charco de sangre oscura.

Ya ante el comisario, madre e hija declararon que Lupardo había llegado hasta su pensión esa mañana solicitando alojamiento y que luego había salido con su valija y su jaula cubierta con seda roja. Dijeron también que había regresado para almorzar, pero que a ellas les disgustó verlo beber en exceso. Contaron que después de comer, mientras ambas lavaban la vajilla en la cocina, escucharon ruidos en la pieza de don Remo, un joyero retirado que desde hacía años vivía en la casa. No le prestaron mayor importancia y continuaron con su labor pero cuando la muchacha fue a llevarle al anciano el té de boldo que siempre le alcanzaba después de almorzar, se encontró con el cuadro sangriento del asesinato.

También agregó la chica que, cuando regresaba espantada hacia la cocina en busca de su madre, descubrió el cuchillo en la mano del vendedor que dormía su mona bajo la galería.

Aunque nunca pudieron encontrar las alhajas que supuestamente tenía el joyero y que, según el fiscal, había ido a robar el vendedor, Lupardo fue condenado por intento de robo seguido de asesinato.

La dueña de la pensión y su hija no tardaron mucho en abandonar Pilar. Algunos afirmaban que a los pocos meses abrieron, en una ciudad del interior de la provincia, un geriátrico lujoso para gente de excelente posición económica.

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