Hace más de medio siglo, los radioteatros eran todo un éxito. La familia entera rodeaba los primitivos equipos de radio para escuchar las engoladas voces de los actores que, asistidos por expertos sonidistas que ayudaban a crear “la magia”, leían los guiones capaces de transportar a la audiencia al mundo de la ficción.
Estudios efectuados por aquellos tiempos confirmaron que, si bien había radioteatros infantiles, humorísticos y de aventuras, los que lograban mayor atracción eran los que contaban historias cotidianas de la clase media, como “Los Pérez García”, o los de temas gauchescos, como los de la compañía “Chispazo de Tradición”.
A partir del éxito obtenido por estos programas radiales, algunos empresarios concibieron la idea de llevar al escenario a estos artífices de la palabra hablada y salir de gira por los numerosos escenarios que, por aquellos años, se levantaban hasta en los más remotos y pequeños pueblos del país. Teatros, cines, clubes y cuanto salón tuviese capacidad para levantar un tablado y armar una platea con sillas servía al propósito.
Como es de suponer, en las localidades del interior, el drama campero ejercía mayor atracción, y por eso el espectáculo se armaba en torno a una sencilla historia romántica en la que una paisanita angelical y pobre era pretendida por un ruin representante de la autoridad, que bien podía ser el alcalde, el juez de paz, el comandante de campaña o cualquier otro que, con poder arbitrario, cubriese el rol de “maldito”. Como adversario aparecía el papel protagónico del héroe, un gaucho joven, apuesto, valiente, cantor y justiciero que también amaba a la paisanita y era correspondido.
Entre gatos, zambas y estilos, “el maldito” trataba de sacar del medio al héroe encarcelándolo o enviándolo a pelear en los fortines para poder quedarse con la moza por las buenas o por las malas.
Cuentan que por aquellos años, una de esas compañías llegó a ofrecer su espectáculo en el flamante cine Gran Rex, frente a la plaza de Pilar.
El grupo venía avalado por el éxito radial de un ciclo que, por transmitirse a mediodía, retrasaba el almuerzo de numerosas familias captadas íntegramente por los episodios diarios.
Desde primeras horas de la tarde, una larga fila de personas esperó pacientemente para comprar las entradas mientras, en el interior del cine-teatro, los obreros se esforzaban por adaptar los decorados al enorme escenario donde los telones pintados no alcanzaban a cubrir la pantalla sobre la que habitualmente se proyectaban las películas.
A eso de las ocho de la noche, la marquesina iluminada anunciaba el drama campero y desde los vidrios de la entrada principal sonreían las fotografías coloreadas del galán y la damita joven. También allí, pero un poco desplazado hacia una lateral, con las negras cejas pintadas hacia las sienes y una sonrisa malévola en sus labios, desafiaba al público el rostro del comisario Zapata, el taimado antagonista que, en la obra, pretendía secuestrar a la cándida enamorada del héroe gaucho.
Ya antes de la función, sin que pudiera identificarse al autor del atentado, dos huevos se estrellaron sobre la imagen del comisario Zapata, y el verdadero comisario pilarense, previendo algún desorden, destinó a dos agentes para que montasen guardia a las puertas del edificio.
Al iniciarse el espectáculo, numerosos automóviles se habían estacionado frente al cine-teatro, y algunos sulkys hicieron lo propio sobre la calle Belgrano, una oscura lateral hacia la que daba la salida para artistas.
Puntualmente, y ante una sala colmada, se corrió el telón y la vista de la escenografía representando un rancho criollo con su alero, el palenque para atar los caballos y el enorme ombú pintado en el panorámico, arrancó el aplauso de un público deslumbrado por el espectáculo poco habitual. Una auténtica ovación recibió la aparición de la pareja protagónica, ataviados ambos con estilizados trajes gauchescos y profusamente maquillados para recibir la luz de los potentes reflectores frontales.
La trama se desarrollaba en forma apacible, provocando los suspiros de las damas presentes cada vez que el galán (aunque bastante más gordo de cómo lo habían imaginado sus admiradoras radiales), dedicaba décimas encendidas de pasión a la actriz que, fingiendo moler en un mortero, le sonreía con dientes blanquísimos enmarcados en el carmín de sus labios.
De pronto, la aparición del comisario Zapata enmudeció a la platea. Su voz de bajo profundo, escuchada durante meses a través de los receptores, había hecho creer que era altísimo y corpulento, pero el actor que cubría el rol era más bien bajo, angosto de hombros y calvo como un huevo de gallina. Sin embargo, ni bien comenzó a recitar sus parlamentos, el público reconoció en él al aborrecido “maldito” que se interponía entre los protagonistas enamorados.
Silbidos, gritos destemplados y hasta cautos insultos “premiaban” cada intervención del comisario Zapata, y una cerrada ovación recibió la última escena de la obra, cuando el héroe lo puso en retirada tras perdonarle la vida al vencerlo en un duelo de facones.
Ya era casi medianoche cuando las niñas y no tan niñas, apretujadas ante la pequeña puerta lateral de cine, pudieron saludar a los artistas antes de retirarse satisfechas, esgrimiendo como un trofeo un autógrafo o una fotografía dedicada.
Rato después, una vez arregladas las cuentas con el empresario de la sala, el actor que cubría el rol del comisario Zabala y que era también el director de la compañía, abandonó el edificio por la salida de artistas. Su intención era reunirse con sus compañeros, que lo esperaban para cenar en el restaurante Pepito ubicado sobre la ruta 8, pero dos paisanos embozados con sus ponchos le cerraron el paso en la calle desierta. Asustado, el hombre quiso volver sobre sus pasos, pero un tercer gaucho se interpuso entre él y la plaza.
- ¡Párese ahí, comesario!- gritó uno de los paisanos. – Aquí ya andamos medios cansaos de tanta maldá.
El pobre actor, creyendo que se trataba de un robo, ofreció entregarles el dinero que llevaba, pero el remedio fue peor que la enfermedad.
-¡Vaya sabiendo que los paisanos de Pilar no se venden por plata! – gritó el gaucho al tiempo que descargaba sobre el pobre hombre un formidable rebencazo. Acto seguido, uno de los embozados se llegó al actor con su facón desenvainado y con una hábil cuchillada le cortó el cinturón provocando la caída de los pantalones. Así, en calzoncillos, comenzaron a llover sobre sus nalgas los rebenques criollos hasta que el silbato de la ronda policial puso en fuga a los agresores.
-Mire, Zapata, sino deja en paz a los muchachos para que se casen como Dios manda, lo vamos a dir a buscar pa´ darle otra buena soba- le espetó el jefe del trío mientras se alejaban por la calle a oscuras.
Maltrecho, con el orgullo herido y las asentaderas inflamadas, el actor fue socorrido por el agente policial y entregado a sus asombrados compañeros de elenco. Cuentan que, curiosamente, quien más atendió sus heridas fue la damita joven ya que, fuera del escenario, era su amante y fiel esposa.
