Por aquellos años no era común, y mucho menos en los pueblos, que una persona nacida con órganos sexuales masculinos se animase a llevar ropas de mujer. Sólo en los carnavales algunos se daban el gusto y, exagerando la feminidad de sus ademanes, recorrían el corso luciendo los falsos senos, las polleras y los vestidos que hubiesen deseado llevar a diario.
El culto al machismo era portentoso, y por ende resultaba terrible la condena social hacia “el mariquita”, a quien García Lorca dedicara un hermoso poema.
En las grandes ciudades, quienes no podían disimular modales afeminados, sólo eran aceptados si se dedicaban a alguna rama del arte o vestían hábitos religiosos; aunque la homosexualidad furtiva igual campeaba en todos los ambientes, hasta en los que entonces se denominaban “típicamente masculinos”, como la carrera de las armas. Pero Tito vivía en un Pilar desde donde, si uno se paraba en la esquina de Lagrave y Chacabuco, aún se podía divisar el resplandor de las luces de Buenos Aires, según me lo recordó hace unos días una querida profesora de mi secundaria.
Por esta razón, ya en el colegio porteño para pupilos en que cursó su bachillerato, además de iniciarse sexualmente con un celador, Tito aprendió a disimular sus ademanes. Hablaba poco y con lentitud, atento a que no se le escapasen las florituras de pronunciación que suenan encantadoras a las mujeres. Sus gestos eran escasos y cautos, como si siempre tratase de pasar desapercibido.
El padre de Tito falleció cuando él sólo tenía tres años. Su madre, doña Elvira, y una hermana diez años mayor que él, se encargaron de educarlo invirtiendo los nada despreciables fondos que provenían del campo que la viuda administraba con manos férreas.
A los veinte años, con el fin de cortar una relación que Tito mantenía en la Capital con un mozo de bar a quien le pagaba el alquiler de un coqueto departamento, doña Elvira lo llevó a Europa. Al principio él se negó a hacer el viaje, pero la hábil mujer, sin demostrar en ningún momento que estaba enterada del romance secreto, acabó por convencerlo.
En París Tito se codeó con artistas bohemios, se enamoró del surrealismo y de un albañil marsellés que lo golpeaba cuando no le llevaba dinero para el alcohol y el tabaco.
De vuelta en la Argentina, el muchacho quiso independizarse de su madre instalándose en Buenos Aires. Fue imposible. Cuando parecía que doña Elvira ya no tenía argumentos para retenerlo pegado a sus faldas, le espetó sin filtro alguno: “¿Para qué querés vivir solo en el centro? ¿Para llenarnos de vergüenza a todos floreándote con un degenerado como hiciste en París?”
Tito se quedó en el caserón de Pilar cumpliendo su papel de muchacho serio, soltero y adinerado; dedicado a cuidar a su madre anciana y a mimar a sus sobrinos. Sin embargo, los fines de semana, lejos del pueblo, se sacaba la pesada careta y se permitía ser él mismo. Tenía un grupo de amigos (a quienes aún no se llamaban gays) que organizaban fiestas en las que podían lucir vestidos, montar tacos altos y exhibir sin tapujos a sus parejas.
Algunas veces en una isla del Tigre, otras en una quinta de Moreno o en una residencia de Villa Ballester, los amigos de Tito se reunían desviviéndose por ser originales en la planificación de aquellos esperados festejos. La consigna podía ser ir vestidos a la usanza del antiguo Egipto, o de la Francia pre revolucionaria, del Japón imperial o de la época y geografía que se les ocurriese a los más creativos. “Eran fiestas para filmar” aseguraban los concurrentes, aunque estaba prohibido tomar la más mínima fotografía.
Una semana después de que Tito rompiera su noviazgo con Elio Mario, a quien despidió después de hacérsele insoportable su ordinariez, recibió el habitual llamado invitándolo a participar de “la próxima gran fiesta”. La consigna era ir vestido para una noche flamenca.
Aunque ya había pasado los cincuenta años, Tito decidió disfrazarse de “Carmen”, la gitana cigarrera creada por Merimé e inmortalizada en la ópera de Bizet. Como siempre, él mismo cosió el traje que había diseñado y lo cubrió de volados y lentejuelas. Compró un enorme peinetón de carey y una peluca renegrida cuyo brillo sintético amortiguaría la negra mantilla de encaje incautada en la cómoda de su madre.
La tarde previa a la fiesta, Tito se alojó en un hotel cercano al chalé de San Isidro en que se llevaría a cabo la reunión. Allí, tras una siesta reparadora, se calzó el disfraz contemplándose una y mil veces en el espejo mientras se aplicaba gruesas capas de maquillaje y se pegaba las largas pestañas postizas.
Una vez listo, pasó a buscarlo el discreto remisero que siempre lo conducía en estos casos y, tras unos minutos en que se dio el lujo de mirar con ojos de mujer el mundo que encuadraba la ventanilla del coche, descendió majestuosamente en la puerta del chalé profusamente iluminado.
Adoptando el andar garboso que él creía propio de la cigarrera operística, ingresó al salón donde las guitarras, lanzadas por sevillanas, invitaban al baile. Con estudiado gesto, Tito abrió su abanico y salió a la pista alzando la barbilla y entornando los ojos, pero estos se abrieron de par en par cuando se encontró ante tres circunspectos vecinos de Pilar que, totalmente confundidos, trataban de huir de esa bacanal a la que habían sido invitados con engaños.
-¿Usted es Tito C…?- le preguntó uno de ellos, asombrado ante tanta lentejuela, rouge y delineador.
De la multitud que se sacudía al ritmo de una rumba flamenca, surgió Elio Mario que, ante los ojos desorbitados de los pilarenses, estampó un beso en los labios de la pintarrajeada Carmen al tiempo que le preguntaba si le había gustado “el detalle de haber invitado a sus coterráneos (así los llamó) a esa fiesta de la hispanidad”.
Tito, sin fuerzas para enfrentar a doña Elvira, no volvió a Pilar. Se instaló en un discreto departamento en Almagro donde inició una vida casi de reclusión abandonando fiestas y amantes, dedicándose a adquirir hermosas obras de arte y a leer extensas novelas románticas.
Al morir doña Elvira, casi centenaria, a instancias de su hermana, Tito concurrió al velatorio en Pilar. Impecablemente vestido entró en su casa de toda la vida, donde armaron la capilla ardiente. Lo saludaron con respeto y hasta algunos manifestaron su satisfacción por volverlo a ver después de tantos años.
Depositado el féretro de su madre en la bóveda familiar, Tito retiró de su antiguo dormitorio los objetos preciados que lo habían esperado más de diez años y, esta vez sí, se marchó para siempre.
