Mitos y leyendas: El tren fantasma

por Manuel Vázquez
sábado, 11 de junio de 2011 · 00:00

 

 

A pesar de que nos conocemos desde hace años, al principio Hugo se mostró remiso para hablar. Era lógico. No cualquiera se larga a narrar algo así habiendo sido testigo. Como él mismo me dijo: “Una cosa es escribir, como vos hacés, sobre cosas que te cuentan otros. Allí siempre te queda la posibilidad de que consideren chiflado al que te lo contó; pero otra cosa es tener que decir lo que vos mismo viste y que entonces crean que el que está de la nuca sos vos.”

En definitiva, después de los primeros mates, Hugo se largó a hablar y lo hizo en la forma chispeante, amena y extensa que lo caracteriza.

“La primera vez que lo vi pasar echando putas me sorprendió, pero no llegó a asustarme porque yo entonces no conocía para nada la historia. Eso sí, me dije que era una barbaridad que un expreso pasase por una estación a esa velocidad y sin hacer sonar la bocina por lo menos. Lo comenté con la gente que trabaja allí, en la estación desde hace años, pero no me dieron bolilla. Simplemente se miraron y siguieron en los suyo. Te juro que me llamó la atención, porque allí cualquier motivo es bueno para dejar de laburar y ponerse a hablar al cuete.

Recién cuando lo vi la segunda vez me asusté en serio. Serían las dos de la mañana. Generalmente a esa hora yo no estoy en la estación, pero esa noche había ido no me acuerdo por qué asunto. Estaba conversando con uno de los que barren el andén cuando lo vimos aparecer de golpe en el paso a nivel del camino a Moreno. El tipo que estaba conmigo largó la escoba y se metió de raje en el baño. Yo me quedé duro, mirándolo pasar a toda velocidad. No me quedé porque no tenía miedo, sino porque era tal el cagazo que ni me podía mover, te juro.

Los vagones llevaban las luces encendidas, por eso pude ver a los pasajeros. Te aseguro que esto no me lo soñé, pero aunque el tren iba repidísimo, se veían con toda claridad y con detalles. Viajaban duros en sus asientos, sin moverse para nada. Me sorprendió que muchos hombres tenían sombreros y algunas mujeres también. Todos iban muy bien empilchados y casi todas las minas llevaban tapados de piel y alhajas.

Cuando el tren se alejó para el lado de Open Door, el peón que barría salió del baño pálido como una hoja de papel y me preguntó si yo también lo había visto. Tenía un julepe bárbaro el pobre.

Cuando se tranquilizó un poco me contó que desde hace años la formación pasa por la estación de Pilar siempre a la misma hora, como yendo para Junín, pero que no figura en los horarios y ni siquiera avisan que va a pasar. Las máquinas tampoco la detectan y por eso el tren cruza el paso a nivel con las barreras levantadas, me dijo.

Te imaginás que enseguida me fui a hablar con la gente de la boletería. Todos me contaron más o menos lo mismo, pero un viejo que está allí no sé cuánto tiempo hace, me relató la historia del tren fantasma, como le dicen todos en la estación.

Parece que por el cuarenta y pico había un rápido especial y exclusivo que iba de Retiro a Junín los domingos a la madrugada. Viajaban copetudos que volvían de la Capital después de haber ido al teatro o a los cines y esas cosas. El tren llevaba solamente dos vagones de primera para pasajeros porque lo había hecho incluir en el servicio un diputado conservador que tenía muchas influencias y muchísima plata.

Una noche, nunca se supo quiénes fueron, colocaron un artefacto en los rieles y lo hicieron descarrilar entre Pilar y Manzanares.

Los que se mandaron la jugarreta estaban allí esperando y, ni bien el tren se salió de la vía y volcó, aparecieron para robarle a los heridos y muertos que habían quedado entre los fierros retorcidos. Cargaron con plata, tapados de piel, alhajas, relojes y un montón de cosas que llevaba esa gente.

Bueno, el asunto es que no se salvó nadie, porque parece que remataron a los que habían quedado vivos y después  le prendieron fuego a los vagones. Todo esto se supo por un peón que pasaba a caballo y espió desde lejos, pero no pudo reconocer a ninguno de los malandras.

Dicen que desde ese entonces el tren aparece de vez en cuando a la misma hora en que sucedió la tragedia, y algunos inventaron que no va a dejar de pasar hasta que se descubra a los culpables.

Yo no sé si debe quedar alguno vivo de los que se mandaron el atraco, porque ya deberían tener más de ochenta años. Ahora, digo yo, cuándo se hayan muerto todos ¿seguirá pasando el tren fantasma? – me preguntó Hugo mientras le cambiaba la yerba al mate.

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