Mitos y leyendas: La magia y la política

por Manuel Vázquez

14 de mayo de 2011 - 00:00

 

 A decir verdad, la gestión del intendente de aquel entonces, al que llamaremos don Remigio, dejaba mucho que desear y por eso los distintos partidos confiaban en quitarle el cargo en las siguientes elecciones.

La oposición tenía voluntad de poder, pero no era fácil enfrentar “al aparato”, como comúnmente se llama a los recursos con que cuenta el oficialismo. Estos consisten en propaganda en los medios de prensa pagada, claro está,  con fondos públicos; empleados municipales que, por no perder su puesto, salían a pintar paredones y a pegar afiches en forma gratuita y desinteresada; colaboración “voluntaria” de toda la industria y el comercio que tuviese habilitaciones cuestionables… Los recursos siempre fueron muchos.

Era prácticamente imposible empardar en fondos disponibles a quien ocupaba el sillón de Lorenzo López; porque así se metaforiza en Pilar el cargo de intendente, aunque el tal Lorenzo López no fue intendente, sino alcalde y no hay documento que afirme que haya tenido sillón y, si lo tuvo, jamás lo dejó en la municipalidad para que sus sucesores asienten las nalgas.

Los opositores de don Remigio, deseosos de ocupar el puesto en el que vegetaba aquel primer lord desaprensivo y holgazán, recurrieron a la imaginación para suplir la falta de dinero. Unos copiaron a los famosos “hombres sangüiches” y contrataron a algunos desocupados que, por unas pocas monedas, salían a la calle emparedados entre dos rígidos carteles con propaganda proselitista. Otros, ante la imposibilidad de pintar las paredes ya ocupadas por el oficialismo, escribieron sus consignas en los cordones de las veredas, aunque las borrasen con sus pasos los primeros transeúntes del día. No faltaron los que, bocina en mano, se paraban en las esquinas a juntar adeptos denostando la gestión del intendente que, inquieto ante tal despliegue de ingenio, contemplaba los operativos proselitistas desde su ventana del primer piso del palacio municipal.

- No se haga problema, don Remigio -  cuentan que le dijo Adolfo N…, uno de sus más recientes colaboradores – Esta elección la ganamos caminando; pero, si usted quiere asegurarse, podemos visitar a La Vinchuca, una adivina que vive atrás del colegio de curas.

El primer mandatario, descreído más por ignorancia que por convicción, rechazó de plano la propuesta; pero a medida que se acercaban los comicios y sentía que el piso se movía bajo sus pies, cambió de idea.

Una fría mañana de agosto, emponchado hasta los ojos para abrigarse y, de paso, ocultar su identidad, el sr. intendente y su flamante consejero esotérico se apearon de un taxi frente al rancho de la criolla pitonisa.

Cuentan que La Vinchuca tenía una edad indefinida que podría ubicarse entre los sesenta y los cien años. Alta y esbelta como un junco, mostraba sin embargo el rostro surcado por profundas arrugas que sólo desaparecían en los prominentes pómulos aborígenes. Adivinaba el futuro, cocinaba los mejores locros y humitas de su Jujuy natal, curaba el empacho, la culebrilla, el mal de ojos y ejercía ciertas prácticas medicinales censuradas por la ley y la moral de la época.

Después de hacer sentar al intendente sobre la cama destartalada, único mueble que campeaba en el antro tenebroso, la mujer comenzó a mirarle fijamente la palma de la mano izquierda, trazando sobre ella misteriosos signos.

-Veo que vos querés mantenerte en el lugar donde estás- le dijo aplicando el voseo con que trataba a todos. – Pero hay algunos que te quieren sacar de allí a empujones, si pudiesen.

El funcionario, impresionado por el ambiente mágico del rancho repleto de plantas y animales disecados, amén de bolas de cristal, velas de todos los tamaños y una legión de imágenes de santos católicos y deidades precolombinas; rogó a la adivina que siguiera hablando.

-Los que te quieren sacar de tu lugar son fuertes porque están protegidos por la magia negra- dijo la mujer, y escupió sobre el piso de tierra ante la repulsión de don Remigio y el marcado asombro de Adolfo N...

-¿Y yo podría hacer algo para evitar que… me saquen?- aventuró el cada vez más espantado intendente.

-Depende de lo que esté dispuesto a poner. Si es mucho lo que tenés para ganar, también debe ser mucho lo que se invierta. Tus enemigos han entregado una ponchada de plata para que usen materiales de primera en los preparados que les han hecho contra vos.

Convencido de que a poner dinero nadie iba a ganarle, el mandatario le dijo a La Vinchuca que estaba dispuesto a invertir lo que hiciese falta y allí nomás sacó la chequera y su pluma fuente. Pero la mujer lo detuvo.

-No se pueden usar esos papelitos para comprar lo que necesitamos. Tienen que ser billetes contantes y sonantes -  y largó una cifra con tantos ceros que hizo temblar la pera a su cliente. En vano fue el regateo. La vieja advirtió que si no le confiaban el trabajo, no fuesen después a buscarla cuando el daño ya estuviese hecho y las elecciones se hubiesen perdido.

Aconsejado por su reciente asesor en materia parapsicológica, el primer lord aceptó la cifra y se comprometió a enviar el dinero esa misma tarde con un hombre de su confianza, pero se quedó de una pieza cuando la adivina le indicó otros requerimientos imprescindibles para obtener buen resultado. En primer lugar, debía entregarle una prenda que hubiesen utilizado sus rivales políticos. También debía, durante diez días, tener un hombre parado delante de cada puerta y ventana del edificio municipal para impedir que “penetrasen” las aviesas intenciones de sus oponentes.

Fue el consejero en persona el encargado de llevar a la pitonisa su dinero, y de sobornar con gruesas sumas a mucamas y ordenanzas para que le consiguiesen una corbata o un pañuelo de sus adversarios. También fue él  quien, mediante el pago de suculentas recompensas, logró que varios vagos se apostasen discretamente día y noche tras las puertas y ventanas del palacio comunal.

Ya confiado en la protección mágica, don Remigio se dedicó a descansar mientras la oposición trabajaba.

-Déjenlos pastar no más - decía. –Acá el sillón está asegurado por varios períodos.- y hacía cuentas sobre los años que tendría que seguir sisando en las arcas oficiales para recuperar la inversión que había hecho con la adivina, las mucamas y los guardianes esotéricos.

Llegó al fin el domingo de las elecciones y un sol espléndido alumbró las escuelas pilarenses mientras los vecinos concurrían a votar. El intendente lo hizo temprano, sonriente, aunque extrañado por la ausencia de Adolfo N…  en un día tan importante.

A pesar de no tener indicación expresa de La Vinchuca, el mandatario concurrió al acto comicial con una herradura en un bolsillo y una cabeza de ajo en el otro porque, si bien confiaba ciegamente en su parapsicóloga originaria, no estaba de más ayudarla un poco.

A las seis de la tarde, ya puesto el sol y bajo una espesa niebla que envolvió al pueblo, las escuelas cerraron sus puertas y comenzó el recuento de votos.

En su despacho del municipio, con los pies apoyados contra la estufa de querosene, el intendente recibía a los corre-ve y dile que volaban a informarle el resultado de cada mesa electoral. Primero fue sólo nerviosismo; luego, desasosiego, y una hora más tarde se convirtió en desesperación. La lista que encabezaba era la que menos votos había obtenido en el escrutinio, menos aún que las de los partidos de extrema izquierda y extrema derecha que, en esa oportunidad, no habían constituido entre ellos una alianza electoral.

A las nueve de la noche, asumida su aplastante derrota, el intendente en retirada fue en persona hasta la casa de su principal ladero a informarse sobre su dilatada ausencia, pero encontró la vivienda cerrada a cal y canto. Un vecino comedido le contó que el día anterior, el flamante funcionario había cargado todos sus muebles y había abandonado el pueblo con rumbo desconocido.

Ciego de ira, don Remigio aceleró su Ford hasta el rancho de La Vinchuca, pero lo encontró desierto. Sobre el elástico de la cama abandonada había un sobre a él dirigido. Dentro, en un papel arrugado, la vieja había escrito: “No hay que confiar en los amigos recientes ni en los que nos aplauden cuando estamos arriba. Mi hijo y yo le agradecemos su generosidad”.

El dinero que el destronado intendente entregó a la embaucadora y a su hijo había sido sacado de las arcas municipales, pero don Remigio no estaba dispuesto a reponerlo. Charló entonces con su futuro sucesor y, aunque éste había prometido hacer sonar el escarmiento sobre los desfalcos de la “gestión Remigio”, nada investigó y nada reclamó después de asumir.

Los mal pensados aseguran que actuó así en la esperanza de que, al final de su propio mandato, la misma cortesía demostrase para con él quien lo sucedería en el vetusto sillón de don Lorenzo López.

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