Por aquel entonces, el pueblo de Pilar se circunscribía a las pocas manzanas que rodeaban la plaza. Las calles eran de tierra y llegar hasta la estación del Ferrocarril San Martín suponía casi una hazaña si el trayecto se hacía en días de lluvia; máxime si la travesía se acometía de noche, cuando sólo algunas lámparas moribundas mal iluminaban las esquinas.
Muy de vez en vez, algún circo pobre levantaba su carpa remendada en las inmediaciones del pueblo y los pilarenses, deseosos de que algo rompiese la monotonía, concurrían al lugar desde que los primeros carromatos y las jaulas, con tan famélicas como viejísimas fieras, comenzaban a establecerse en el terreno que el Municipio les había asignado.
A principio de los años veinte, el circo “Magnífico” había instalado su parafernalia en la esquina de las actuales calles Tucumán y Víctor Vergani, donde hoy abre sus puertas una ferretería. La pequeña carpa, pese a las cirugías estéticas aplicadas por improvisados talabarteros, no lograba disimular su vejez, como tampoco lo hacía la pintura aplicada en varias capas sobre las casillas rodantes en que se alojaba la familia propietaria del circo.
El padre, cuya pierna ortopédica lo había alejado definitivamente del trapecio, oficiaba de administrador y maestro de ceremonias. La madre, bastante más joven que su marido, tenía a su cargo la venta de entradas y un número de ecuyere sobre un vetusto caballo percherón. El abuelo materno y un primo casi tan viejo como él, se las ingeniaban para obtener la risa del público dándose ruidosas bofetadas y poderosos puntapiés en una rutina de payasos. Los numerosos hijos del matrimonio actuaban como equilibristas, malabaristas, bailarines y hasta se animaban a representar un refrito de “Romeo y Julieta” que se desarrollaba en ambiente campero; amén de armar la carpa, acomodar las sillas, barrer y echar aserrín sobre el piso, alimentar a las fieras y recorrer el pueblo haciendo publicidad.
El esposo de la hija mayor, un italiano apuesto que la familia incorporó al circo en su paso por Bahía Blanca, oficiaba como domador de fieras y, silla en mano, se desvivía cada noche por despertar a fuerza de gritos y estruendosos latigazos sobre el piso a los dos adormecidos leones casi esqueléticos que, por falta de buenos dientes, debían alimentaban con verduras y papillas.
El número fuerte del “Magnífico” estaba constituido por un enorme oso pardo que, sujeto con una cadena, danzaba erguido sobre sus dos patas en el centro de la pista, al son de melodías húngaras ejecutadas con un violín por el domador quien, para este caso, salía al picadero disfrazado de gitano.
Para el acto del oso y el violinista, mientras el maestro de ceremonias recitaba un texto invitando al público a ubicarse mentalmente en un campamento gitano de Hungría, sus hijos iban bajando la intensidad de las lámparas de querosén hasta dejar la pista casi en penumbras. Allí, en medio del silencio expectante de la concurrencia, surgían las primeras notas del violín y, como aparecido de la nada, el enorme oso erguía su monumental y amenazante figura haciendo que los niños se apretasen contra sus padres, tan temerosos como ellos, y que las tímidas novias de entonces escondiesen sus rostros horrorizados entre las solapas de sus acompañantes masculinos.
Durante el día, nadie podía ver al oso porque, a causa de su ferocidad, lo mantenían encerrado en un furgón sin ventanas. Esta era en realidad la versión de los dueños del circo, pero lo cierto es que el oso nunca existió.
Cada noche, cuando la carpa quedaba en penumbras y comenzaba a sonar el violín, dos de los muchachos, montado uno sobre los hombros del otro, ingresaban a la pista con un disfraz de oso confeccionado con pieles de perros, gatos y cuanto animal se cruzó por delante de la familia circense. Dos grandes botones de vidrio rojizo insertados en las cuencas oculares de la máscara resaltaban el temible aspecto sanguinario de la supuesta bestia.
Durante una de las funciones ofrecidas en Pilar en una gélida noche de agosto, la platea estaba casi vacía. No era fácil desafiar el rigor del invierno bajo unas lonas llenas de agujeros y sin ningún tipo de calefacción; pero el jefe de la troupe no quería que la escasez de público afectase la calidad del espectáculo. “Cuando hay poca gente, hay que esforzase más para arrancar el aplauso”, acostumbraba aconsejar a su familia, y tal vez fue ésta la razón por la que uno de sus hijos fue víctima de la tragedia.
Sonó el húngaro violín e irguió su enorme cuerpo el oso de ficción sin provocar la más mínima manifestación de pavor en la platea desierta. Los muchachos, siguiendo la indicación paterna, se salieron de la rutina y, buscando la emoción de la poca concurrencia, fingieron desprenderse de la cadena y enfilar la bestia amenazante sobre el primer palco, ocupado por don Américo Iturralde, vasco acriollado dedicado al tambo, y su señora esposa.
Gritó la mujer espantada y el hombre, al ver que el animal se les venía encima, sacó el enorme facón que llevaba atravesado a la rastra y, sin dudarlo, lo hundió hasta la empuñadura en el vientre de la falsa fiera.
Un alarido aterrador brotó del interior del oso que se desplomó desarmado sobre la pista mientras hacia él corrían todos los miembros de la familia y el violín se paralizaba en un destemplado si bemol.
Nada pudo hacerse. Casi inmediatamente, el joven cirquero murió entre los desconsolados brazos de su madre al tiempo que el padre trataba de sacarle el disfraz que aún lo unía a su hermano.
La Justicia determinó que fue un accidente totalmente involuntario. Los vecinos así lo entendieron, y hasta la familia del “Magnífico” negó cualquier responsabilidad de Américo Iturralde en la muerte de su hijo; pero el vasco nunca pudo sacar de su memoria la imagen del adolescente surgiendo del vientre del animal con el facón clavado entre sus costillas.
Tal vez por eso, cuando el proceso judicial culminó, el vasco abandonó Pilar. Algunos aseguran que volvió a San Sebastián, pero otros afirman que, tras vender su tambo y entregar parte de lo obtenido a la familia del circo Magnífico, se instaló con su mujer en un pequeño pueblo de Córdoba, donde nunca más vistió ropas de paisano ni calzó facón a la cintura.
