14 de febrero de 1966. Bodas de Oro del matrimonio compuesto por Paulina Scotto y Braulio Zugasti (junto a sus hijos en el festejo del aniversario). De izq. a der.: Dora Irene Torota (señora de Gabriele), Eleonora Catalina Cata (señora de Aguilar), Esther Lina Ñata (señora de Escofet), mamá Paula, Matías Raúl (único hijo varón), papá Braulio, Gladis Norma Pocha (señora de Levy) Zunilda Eda Chola (señora de Taverna) y Derma Aurelia China.
Toda sociedad en su cotidiano devenir va expresando sus costumbres, formas y hábitos más arraigados en los procederes de su gente. Nuestro querido Pilar, mi Pilar de entonces, de aquel pueblo que le ganaba a lo rural ese toque de desarrollo para ser urbano, disfrutaba sin igual, de reuniones sociales que se esperaban, planeaban y festejaban de una manera sorprendente.
Por ejemplo, los casamientos gestados en nuestra parroquia, convocaban no sólo a los novios y a sus familias y familiares, sino también a todos los vecinos que se vestían con sus mejores pilchas para vivir la emoción de la nueva pareja que diría sí frente al altar de Nuestra Patrona, la Virgen del Pilar; y hasta llevaban arroz para arrojar en el atrio aunque no estaban invitados al convite.
Abnegadas modistas, hábiles choferes del auto nupcial, una fiesta llena de manjares caseros hasta la característica torta de novios, y una joven y vecina pareja de nuestro pueblo, darían el total de la belleza de aquella noche soñada, típica de un cuento de hadas entre una princesa y un príncipe.
Pero mis sociales pilarenses tienen otras fiestas como los bautismos de nuestros retoños, cuando mamás y papás elegían a los padrinos, y un pequeño ángel vestido de blanco se ofrecía a la pila bautismal para una vida de amor, y así, junto a las comuniones de nuestros jovencitos niños en aquellos 12 de octubre, llenaban de alegría mi cielo pilarense y de estampitas las canastitas buscando algún dinero de quien la recibiera.
Además divertidas fiestas de “bodas” de 25 y 50 años, para aquellos matrimonios fundadores de mi pueblo, que les darían la oportunidad a los hijos de festejarles a sus padres, este momento increíble de su historia de amor, casi siempre rodeados de nietos.
Por último, recuerdo las fiestas de aquellas instituciones pilarenses, clubes, escuelas, centros, donde jamás faltaron los de miga y una copa de sidra para un brindis que regalaba sonrisas, construía lazos y daba continuidad a la amistad entre nosotros, los pilarenses de ayer, de hoy y de siempre…
