Desde que comencé a fijar por escrito los mitos y leyendas que los pilarenses vienen trasmitiéndose en forma oral a través de décadas, varios vecinos me han contactado para narrarme historias que muchas veces se mantuvieron ocultas en sus familias. Fue así que don Aníbal me sorprendió con un hecho que le contó su padre hace mucho tiempo, haciéndole prometer que guardaría el secreto igual que lo hicieron varias familias de Pilar durante noventa años.
El tema está relacionado con el edificio de la iglesia parroquial de Pilar, que fue concebido como un típico templo colonial, con un campanario y un frontispicio muy sencillo, pero al que, a principios de la década de 1920, se le adicionó una segunda torre y se le cambió el estilo original del frente por un dudoso neoclásico italiano (que algunos confunden con el barroco) para que no desentonase con el nuevo campanario.
Según mi informante, una tal señora Iturralde, dueña de extensos campos en Salta y Santiago del Estero, adquirió una propiedad de varias hectáreas entre Capilla y Pilar. La mujer había sido amante de un importante político, a quien también había servido como testaferro en el manejo de negocios non santos. Hacia 1917 o 18, ya sesentona, se instaló en su propiedad pilarense convirtiéndose en una señora devota, dispuesta a hacerse perdonar su vida pasada y a ganarse el cielo mediante importantes donaciones a la iglesia.
El cura párroco de aquel entonces, si bien aceptaba sonriente la generosidad de la Iturralde, prefería que la adinerada señora no apareciese por el templo, ya que ni el recatado vestido, ni la espesa mantilla podían ocultar la larga trayectoria que afloraba en sus gestos, en sus grandes risotadas y en un habla prostibularia aparentemente imposible de corregir.
Al año de haberse asentado en Pilar, la señora sufrió una enfermedad que la tuvo varios días al borde de la muerte. Durante uno de los raros momentos en que la fiebre disminuía y recuperaba su lucidez, la agonizante prometió a la Virgen del Pilar que, si salía con vida, haría transformar la simpleza del frente de su iglesia hasta que se pareciese a la de la Trinitá dei Monti, que conocía sólo mediante una ajada postal que su antiguo amante le había enviado mientras visitaba Roma.
Gracias a Dios, o a su eterno oponente, la Iturralde se recuperó y se dispuso a cumplir su promesa a la Virgen. Nunca pensó que para ello iba a tener que vencer la oposición del párroco, quien juzgaba totalmente innecesaria la reforma arquitectónica propuesta y hasta aconsejaba mejores destinos para el dinero que la mujer pensaba invertir en ella.
Temerosa de ser castigada por el cielo si no cumplía su promesa, la ex-cortesana comenzó a visitar a los más calificados vecinos de la zona pidiendo que la ayudasen a convencer al cura. Al fin, después de repartir dádivas y favores de diverso tipo (hasta recomendaciones en las altas esferas políticas, donde su ex amante aún mantenía influencias), logró conformar una comisión que solicitó formalmente al párroco hacerse cargo de la obra mediante la cual se modificaría el frente del templo.
El cura trató de resistir la presión, pero siendo todos los integrantes de la comisión generosos sostenedores del culto, y habiendo entre ellos algunos muy relacionados con el obispado, debió ceder; imponiendo como única condición que el nombre de la señora de Iturralde no figurase ni entre los miembros del organismo ad hoc ni en la lista de aportantes.
Furiosa con el tonsurado, la rica mujer aceptó las condiciones haciendo público que después de cumplir con la Virgen, se ocuparía de escarmentar al cura.
Ante los ojos de los vecinos se inició la construcción de la nueva torre que, aunque tendría similares dimensiones que la ya existente, en nada se parecería al modelo de Piazza España propuesto por la Iturralde quien, antes de estar la obra concluida, volvió a caer muy enferma.
Cuando el párroco fue a darle la extremaunción, la moribunda, tomándole una mano, le dijo con un hilo de voz: “Padre, ándese con cuidado porque yo estaré siempre en la torre nueva” y cerró los ojos para siempre.
Pocos días después del fallecimiento se presentaron los sobrinos y únicos herederos de la difunta, quienes vendieron la propiedad y se llevaron por tren el ataúd con los restos mortales para sepultarlos en Salta.
Antes de su partida, los miembros de la comisión pro reforma del templo se entrevistaron con los muchachos informándoles sobre el proyecto que su tía estaba financiando, pero ellos dijeron no tener nada que ver con las locuras de su parienta y suspendieron de inmediato cualquier nuevo aporte, no sin antes preguntar al párroco si conocía el paradero del famoso collar de brillantes y rubíes que la señora de Iturralde lucía sólo en ocasiones especiales; pero el pobre cura nada sabía de la costosa joya.
Por falta de dinero la obra permaneció unos meses paralizada, hasta que la Comisión organizó una suscripción para concluirla; y así lo hizo, aunque con muchas menos pretensiones que las del proyecto original.
Mientras los trabajos estuvieron frenados, el anciano que oficiaba como sereno en la obra juró haber visto la figura de una mujer, con un enorme sombrero y deslumbrante alhajas, desplazándose sin dificultad, como si flotase, por los andamios abandonados. El cura achacó la visión al marcado gusto por el vino y la ginebra que poseía el sereno, y rogó a los más allegados al templo no dar crédito ni comentar una historia a su juicio disparatada.
Poco antes de la inauguración oficial de la obra, los miembros de la comisión se reunieron a cenar en el comedor de la casa parroquial y, a los postres, fueron sorprendidos por ruidos provenientes de la nueva torre.
Llevando algunas lámparas de querosene (no había instalación eléctrica en esa parte del edificio) el párroco y sus convidados se dirigieron al antiguo bautisterio y desde allí, mediante una escalera de madera similar a la que aún existe en la planta baja de la torre vieja, iniciaron el acenso hacia el lugar desde donde provenían los ruidos.
Apenas habían montado los primeros escalones cuando, en lo alto de la escalera, velada por las tinieblas que no alcanzaban a romper las luces de las lámparas, divisaron la figura de una mujer enlutada, tocada con un sombrero de enormes alas y en cuyo cuello brillaba el gran collar de brillantes y rubíes que la señora de Iturralde lucía en las grandes ocasiones.
Conjurándose en mantener el secreto para no asustar a la feligresía, los miembros de la comisión y el cura decidieron hacer quitar ese primer tramo de la escalera y cegar el acceso a la nueva torre desde la planta baja. Por esa razón, aún hoy, cumple sólo una función decorativa y sólo puede llegarse a ella a través de un pasadizo que, cruzando sobre el coro, la conecta con el antiguo campanario.
