Mitos y leyendas: Sor Calvario

por Manuel Vázquez
sábado, 5 de noviembre de 2011 · 00:00

 

 

Walt Disney jamás fue “congelado” en espera de que la ciencia descubriese la panacea para el mal que causó su muerte. Sin embargo, gran parte de la población mundial toma este mito urbano como una verdad revelada. Así, muchos pilarenses consideran cierta la historia de una religiosa que, aparentemente, nunca existió.

Cuentan que no llegó a nuestro Pilar desde su Extremadura natal, sino desde Bolivia. Allí había sido enviada, junto a otras monjas, apenas finalizada  la guerra civil que dividió a España en los dos bandos que continuarán irreconciliables si no median actos de justicia reivindicatorios de legalidad.

Aún joven, la monjita vegetaba en el claustro de un sombrío convento de la ciudad de La Paz cuando llegó la solicitud para que algunas hermanas se hiciesen cargo de un colegio en la Argentina. El colegio, decía la nota del Arzobispado, se encontraba muy cerca de Buenos Aires, en el pueblo de Pilar.

“¡Buenos Aires!”, suspiró la monja. La capital Argentina era considerada entonces muy semejante a cualquier ciudad  importante del Viejo Mundo, y era también la Meca para los artistas españoles. El teatro Avenida, El Tronío y otros “colmaos” vecinos a la Avenida de Mayo eran escenarios donde florecían la danza, la música y el cante hispanos.

Sor Calvario (María Luisa Argüelles Melo en la pila bautismal) amaba con pasión la música y en su adolescencia  integró un grupo de aficionados que montaba zarzuelas y operetas. Se había lucido como triple ligera y allí, cantando el papel de Doña Francisquita, conoció a un auténtico Fernando quien, aunque no era Soler como el de la zarzuela, también era joven, guapo y de familia acaudalada.

Se enamoró perdidamente la chiquilina y amparada por su único hermano, a punto de ordenarse sacerdote, inició una romántica relación epistolar, ya que Fernando no visitaba la casa de sus padres, en Cáceres, más que para las vacaciones de verano.

Pero el romance quedaría trunco. El hermano seminarista murió sin llegar a consagrarse. La madre, ferviente devota, había prometido entregar un hijo a la iglesia y por eso rogó a María Luisa que suplantase al muchacho fallecido. La niña, sin fuerzas para resistirse a la voluntad materna y creyendo cumplir con la voluntad de Dios, aceptó tomar los hábitos.

Sin embargo, no fue triste su noviciado. Aprendió a acomodar sus gustos a la vida conventual y así pudo proseguir dedicándose a la música y al canto, cambiando el piano por el órgano, y las mazurcas y pasacalles por las canciones sacras.

“Yo estoy dispuesta para marchar a la Argentina, reverenda madre”, dijo sor Calvario a su superiora.

Dos meses después, como una bandada de grises palomas asustadas, las monjas descendían en Retiro del tren que las había traído desde la lejana Bolivia.

Muy pocos vecinos presenciaron el ingreso de las religiosas en el edificio que les habían asignado; de allí que, al haber algunas voluntariamente recluidas en la clausura, en el pueblo nunca se supo con seguridad cuántas hermanas habían llegado aquel día.

Dicen que cuando miró por primera vez la plaza de Pilar, sor Calvario se decepcionó. Ella esperaba las luces de una avenida desbordante de salas de espectáculos, pero se encontró con un pueblucho achaparrado, con sólo dos calles pavimentadas y lámparas moribundas en las esquinas. Para colmo, el caserón donde funcionaría el colegio y el convento, era horrible. El húmedo edificio tenía un patio interno, pero carecía de las típicas galerías del claustro monástico. Tampoco había celdas individuales para dormir y debieron improvisarlas colgando cortinas separadoras en un enorme salón helado en invierno y sofocante en verano.

Las primeras alumnas pertenecían a las familias más acomodadas del pueblo. Visitándolas, la monja escapaba por unos momentos de la austeridad monacal. Con evidente satisfacción volvió a pisar alfombras, a comer confituras y a beber chocolate caliente como en su hogar paterno.

-Sor Calvario- la reconvino un día la superiora –, no creo que sea propio de su condición disfrutar placeres que ninguna de sus hermanas comparte.

Bajó la cabeza la monjita, pero ni por un momento pasó por su mente dejar de gozarlos; simplemente decidió que algunas de sus compañeras también lo hiciesen.

Primero con un poco de timidez y más tarde con total naturalidad, sor Calvario comenzó a limosnear. “¿Podría llevarle yo unas de estas masas a mis hermanas?”. “¿No sería usted tan amable de darme media librita de chocolate para hacérselo con leche a una hermana que está débil y viejecita?”. “¡Ay, qué feliz sería la reverenda madre si pudiese probar este licor tan rico!”. ¿Y quién iba a negarse a una monja que a cambio de tan poca cosa prometía rezar por el restablecimiento de un familiar enfermo, por la suerte en los negocios, por el futuro de los hijos y hasta por el descanso eterno del alma?

Se inició con masas y chocolates, pero pronto comenzó a pedir dinero para mantener y ampliar el colegio. Al principio entregaba a la superiora todo lo que le daban. Luego, creyéndolo justo, empezó a quedarse con parte de la “recaudación”.

Sor Calvario guardaba sus billetes en una bolsita que llevaba bajo el hábito. Cuando la cantidad ya fue abultada, la escondió en el interior de su almohada de lana. Al fin, la monjita, en secreto, decidió abrir una caja de ahorro en el Banco de la Provincia. Para hacerlo debió recurrir a mucha astucia, ya que ninguna religiosa podía salir sola de la clausura. Cuando iba a la iglesia de Pilar la acompañaba siempre una hermana ingenua y aniñada a quien dejaba rezando mientras ella, pretextando ir al baño, se llegaba hasta el Banco para hacer sus depósitos semanales.

Estaba faltando al canónico voto de pobreza, pero no había ley argentina que le prohibiese tener dinero propio.

Al cabo de varios años, los ahorros de la monja se habían convertido en una respetable fortuna, y entonces llegó una carta anunciando que su madre, viuda desde hacía unos años, había fallecido en España. La monja sintió que ya era libre.

Al mes de recibida la noticia, Sor Calvario retiró del Banco su pequeña fortuna, sacó del escondite el traje sastre que venía cosiendo a escondidas, se calzó las medias de seda compradas so pretexto de hacer un regalo, dejó sobre su cama el hábito gris y, tras pintarse por primera vez los labios, abandonó para siempre el colegio y el pueblo. Dicen que se llevó como único recuerdo el cordón blanco de la orden franciscana.

Sin embargo, allegados a la orden monacal, negaron desde aquella época que sor Calvario hubiese existido, afirmando  que su historia era sólo el invento de mentes calenturientas y mal intencionadas.

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