Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires en 1871. Por Juan Manuel Blanes (óleo sobre tela). Museo Nacional de Artes Visuales, Montevideo Uruguay.
por Daniel Castro [email protected]
En distintos momentos ha ocurrido el surgimiento de pestes por diversos motivos, hoy nos ocuparemos de datos que existen desde la década de 1870, un recuerdo que sirva como homenaje a aquellos que perdieron la vida y también a aquellos que intentaron salvar la de los demás.
La definición de peste en el diccionario dice: “Enfermedad contagiosa y grave que causa gran mortandad en los hombres o en los animales”.
En Todo es Historia, junio de 1973, León Benaros, pagina 30, dice: “Desde los primeros tiempos de nuestra ciudad –dice un cronista de Buenos Aires- hubo lo que llamaban ‘pestes’ sin precisarse el carácter de las mismas, por lo cual es de suponer que se trataba, en la mayoría de los casos, de enfermedades comunes que por temporadas ocasionaban mas defunciones que de ordinario…”
La más grande y terrible de las pandemias que soportó la ciudad fue la fiebre amarilla de 1871, cuyo primer caso se constató el 23 de enero, en una señorita que vivía Bartolomé Mitre al 1400 y pico. Tuvo una duración de casi cinco meses y causó alrededor de trece mil seiscientas victimas. El 10 de abril se registró el número más alto de defunciones, pues pasaron del millar.
El cementerio del Sud, donde se enterraban las victimas de la peste, se llenó de cadáveres, por lo que hubo que habilitar el primero de la Chacarita, donde hoy está el parque Los Andes; estaba prohibido inhumar en otro cementerio que no fuera éste, y las exhumaciones no se podían efectuar antes de los cinco años. Familias que tenían su bóveda en la Recoleta no pudieron llevar allí a sus muertos, pues la orden se cumplió con rigor.
Mientas la peste hacía estragos en la población, se produjeron escenas memorables; las escuelas, oficinas publicas, templos, teatros, etc. fueron clausurados. Las autoridades, en su mayoría, huyeron al campo; el gobierno decretó un prolongado feriado, que terminó el 14 de mayo. El Congreso Nacional y la Legislatura provincial, que entonces tenía su sede en la ciudad, iniciaron sus periodos con más de dos meses de atraso. Sarmiento, entonces presidente de la Nación, dio un alto ejemplo, asistiendo diariamente a su despacho desde su residencia en Floresta, hoy Velez Sarsfield.
Enterrados vivos
En los cementerios no se conseguía dar sepultura a todos los cadáveres, que llegaban continuamente en grandes cantidades. Un día del mes de abril eran seiscientos los muertos que permanecían insepultos.
Los enterradores pagaban también su tributo al flagelo, por lo que fue necesario, en algunas ocasiones, recurrir a las fuerzas policiales para que cooperaran en la tarea de enterrar muertos. El terror a la propagación de la peste y la gran cantidad de defunciones a proceder con apuro, habiéndose producido casos de enterrados vivos, cosa que ocurrió, entre otros, a una mujer francesa de vida alegre y que, advertido a tiempo, pudo ser salvada.
Todo es Historia, marzo 1995, Pagina 77, alusían a la ciudad de Buenos Aires se decía: Con respecto a la higiene que imperaba en la ciudad, Guillermo Rawson había trazado –hacia 1871- un panorama desalentador. Criticaba el uso de la basura –desechos de las casas, materias vegetales y animales- para rellenar y nivelar algunas calles, que fermentaba, “escapaban por las capas porosas de la superficie, y que mezclándose con el aire que iba a ser respirado por los habitantes, constituía una fuente inagotable de veneno para la atmósfera”.
El Monitor de la Campaña, en su edición del 30 de octubre de 1871, publica una resolución para que no se envíen cadáveres a los cementerios de la ciudad, fechado el 27 de setiembre firmado por el Presidente de la Municipalidad de Buenos Aires (hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires) Miguel Esteves Sagui y el Secretario Mariano Obarrio dirigida al Gobernador Emilio Castro y Ministro de Gobierno Antonio E. Malaver. Para que lo envíen a Juez de Paz y Presidente de la Municipalidad “con el objeto de manifestarle la necesidad que haga de hacer saber a los Municipios de Campaña la inconveniencia de expedir licencias para transportar cadáveres a los Cementerios de esta Ciudad. El Consejo Municipal resolvió que no se permitiera inhumar en estos ningún cadáver venido de la campaña, y como frecuentemente acontece que son traídos a este objeto, lo que da lugar a serios inconvenientes pues que se ven obligados a llevarlos al destino de su procedencia, habría conveniencia en que aquellas conozcan esta disposición, para que en adelante no expidan las licencias referidas.”
Casos
Ese periódico habla de defunciones donde dice: “Las habidas en la semana anterior, según los registros de la Parroquia, da un detalle de nombres y apellidos y el motivo del fallecimiento anotando 6 muertos por viruela”.
Francisco Javier Muñiz nació en San Isidro (provincia de Buenos Aires) el 21 de diciembre de 1795. Estudió filosofía, latín, física, matemática y medicina. Durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871, fue uno de los médicos voluntarios para ayudar a las victimas, pero terminó por ser él mismo una de ellas. Murió en abril de 1871 en Buenos Aires, victima de la enfermedad.
Hemos analizado en pocos años del siglo XIX el avance de las enfermedades como la fiebre amarilla y la viruela, pero también existen registros por la mortandad de Tétanos neonatal o mal de los siete días (la puerta de entrada del mal es casi siempre la cicatriz del cordón umbilical) según el Censo Estadístico del 1er semestre de 1855 la muertes fueron de 14 personas, siendo la principal causa de muerte en esa época en Pilar, pero eso ya es otra historia.
Monumento erigido en 1873 a los caídos por la fiebre amarilla de 1871, en el centro del Parque Ameghino, barrio de Parque Patricios, Buenos Aires. (Obra de Manuel Ferrari).