Mitos y leyendas: La bruja

por Manuel Vázquez  
sábado, 8 de octubre de 2011 · 00:00

 

 

En la villa que algunos aún llamaban Guardia del Pilar y otros Luján abajo, se levantaba un rancho de adobes cuyos dueños, Isabel y Mariano Morales, blanqueaban con cal dos o tres veces en el año. Por no tener hijos, el matrimonio recibió el ofensivo mote de “Amulados”.

Isabel poseía una exótica belleza, fruto de la mezcla de sangres: árabe, de sus tres abuelos andaluces, y mocoví, de su abuela materna.

Mariano era un aragonés alto, enjuto y duro para el trabajo. No gastaba muchas palabras y se lo sabía diestro en el manejo de la navaja que llevaba a la cintura. Más de uno, por insinuar tan sólo un requiebro a la mestiza, había obtenido un rojo barbijo abierto por el acero toledano.

Soportaba el matrimonio con poca resignación la falta de descendencia y no escatimaban esfuerzos por buscarla noche tras noche a la luz del candil que, apoyado en el piso de tierra apisonada, proyectaba la sombra de sus cuerpos hermosos en las compactas totoras del techo.

El trabajo sin descanso en el campo que poseían por donde hoy está el barrio Agustoni, los llevó a convertirse en unos de los más ricos vecinos de aquel antiquísimo Pilar.

Una india casi centenaria llegó un día hasta el rancho de Los Amulados. Venía desde lejos y dijo ser parienta de la dueña de casa. La alojaron en el galpón de los cueros pero comían juntos en torno al fogón de toscas. Una noche, la india les ofreció sus servicios de curandera para lograr que tuviesen un hijo. Mariano, estricto en su educación católica, no aceptó la oferta; pero su mujer, desesperada por ser madre, se sometió a escondidas a los ritos que la vieja le propuso.

Ya hacía unos días que la india había desaparecido sin dejar rastros cuando nació la criatura que borró al matrimonio el triste sobrenombre de Amulados. Durante los meses de embarazo, la pretendida parienta inició a Isabel en la práctica de ciertas ceremonias no tardó en aparecer y de la familia creciese convenientemente. La novel madre, obsesionada con el cuidado de la criatura, siguió a pie juntillas las complicadas liturgias precolombinas que incluían ensalmos, quema de hierbas y hasta el sacrificio de animales pequeños.

Los vecinos sabían de estas prácticas y las consideraban heréticas. Mariano era de la misma opinión, pero no sabía cómo hacer que Isabel las abandonase.

Un verano, las langostas lanzaron su ataque sobre los campos de la zona. Los insectos estaban aún en la etapa de “saltonas” y esto permitió a Mariano salvar su huerta fabricando una trinchera de tablas que frenó el apetito voraz de la plaga. Pero ese oasis de verdura en medio de las quintas asoladas despertó la envidia de algunos que adjudicaron a supuestos maleficios de Isabel la pérdida de sus propias hortalizas.

El mote de “bruja” no tardó en aparecer y el obtuso sacerdote que muy de vez en vez llegaba para decir misa, disgustado con las prácticas supersticiosas de la mestiza, no hizo nada para evitarlo.

Una mañana de enero, Isabel lavaba ropa a orillas del río. Su hijo y otro niño jugaban sumergiéndose en las aguas aparentemente mansas cuando un remolino atrapó a ambos muchachos. Desde la orilla, a gritos, Isabel supo infundir calma en su pequeño que, sin asustarse, logró escapar del remanso. El otro niño desapareció bajo el agua barrosa.

Amanda Trelles había observado la escena desde lo alto de la barranca, pero cuando la relató en la pulpería la envidia hacia la fortuna de los Morales hizo que cambiase su versión. No contó que la madre desesperada tranquilizaba a su hijo para que alcanzase la orilla, sino que, conjurando a los espíritus de las profundidades, les cambió la vida de su niño por la del otro infortunado muchacho cuyo cuerpo apareció casi cuatro kilómetros río abajo.

Una semana más tarde, cuando Isabel llevaba el almuerzo a su marido, dos embozados la sorprendieron y le dieron muerte cercenándole la garganta. Luego le atravesaron el pecho con una cruz de madera. La enterraron lejos de la villa y constantemente arrancaban la cruz de palo que señalaba la tumba.

Mariano reclamó justicia ante las autoridades, pero algunos vecinos le hicieron saber que si el Santo Oficio comenzaba a investigar la muerte de su mujer, no saldría bien parado quien se había unido a una bruja ni el niño que había nacido de tal unión.

Los Morales, padre e hijo, abandonaron la Guardia del Pilar una mañana de abril. Esa misma noche, una creciente repentina del río Luján destruyó más de la mitad del poblado y cinco vecinos se ahogaron en las aguas arremolinadas.

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