Mitos y leyendas: Leyenda de la cruz de Pilar

por Manuel Vázquez
sábado, 29 de octubre de 2011 · 00:00

 

La cruz fue construida en el año 1871 con tirantes de ejes de carreta.

 

 

 Bajo el título “Movimientos y Fundaciones, Libro II°”, las amarillentas hojas encuadernadas registran, con prolija y casi desvaída caligrafía, gran parte de la historia de la congregación franciscana en nuestro país. Allí, a fines del siglo XVIII, se asentó el incendio de la iglesia de San Francisco, en la ciudad de Salta, y también se apuntó como un grupo de frailes de la orden, transportando una imagen de Nuestra Señora de las Nieves recién llegada de España, partió desde Buenos Aires con la intención de entronizarla en el templo que se estaba construyendo después del siniestro.

Señala que salieron desde el monasterio de los Recoletos (actual Centro Cultural Recoleta) una madrugada del mes de enero de 1781. Viajaban en tres carretas tiradas por bueyes. Encabezaba la marcha un coche ligero arrastrado por caballos. En él, instalado entre almohadas, intentaba llegar al norte fray Diego Núñez de Ocaña, un anciano a quien se le adjudicaban poderes sanatorios y milagreros. En la orden lo consideraban casi un santo. Decían que sus manos, ocultas siempre bajo el escapulario del hábito pardo, presentaban los estigmas de la crucifixión.

El superior del monasterio porteño había tratado de convencer a fray Diego para que no emprendiese con su salud quebrantada un viaje tan largo y peligroso, cruzando casi todo el virreinato; pero el anciano le suplicó que lo dejase ir a morir en el lejano convento salteño donde había pasado gran parte de su vida. Ante este ruego, acondicionaron la volanta destinada a hacerle más llevadera la interminable travesía.

El calor era insoportable. Ni un solo árbol sombreaba la borrosa rastrillada que seguía la caravana en el lento avance que permitía el paso de los bueyes. Los religiosos, bajo los toldos de las carretas, se habían remangado los hábitos y se echaban aire con pantallas de palma mientras desgranaban las cuentas de sus rosarios. En el coche, zarandeado por los saltos causados por las irregularidades del camino, fray Diego sudaba a mares y un leve silbido escapaba de sus pulmones socavados por la enfermedad.

El horizonte se cubrió de pronto con oscuros nubarrones y los truenos siguieron al fulgor de los relámpagos. La caravana intentaba llegar a la villa del Pilar, a orillas del río Luján, antes de que la tormenta se lanzase sobre ellos, pero no lo lograron.

Primero fue una terrible granizada con bloques helados del tamaño de un puño. Los troperos, recibiendo sobre sus cuerpos los golpes de las piedras, debieron manear a las bestias para evitar que huyesen espantadas. Luego se descargó una espesa lluvia que el viento huracanado empujaba hasta el interior de las carretas.

El mayoral, al comprobar que se habían detenido en un bajo inundable, ordenó continuar la marcha bajo ese torrente de agua que impedía la visión. A poco de andar ya habían perdido la huella y avanzaban a ciegas por el campo encharcado.

Tras una hora de marcha, cuando amainó el aguacero y notaron que pisaban una loma no anegada, se detuvieron. Estaban empapados. La temperatura había descendido rápidamente y, en la volanta, fray Diego temblaba como una hoja, deliraba entre fragmentos de plegarias en latín. Sacaron de los baúles unas mantas secas para abrigarlo y en el mismo carruaje encendieron un brasero con la poca leña que no se había mojado.

Antes del amanecer, el viejo religioso apenas respiraba rodeado por sus hermanos pero recuperó la lucidez al confesarse y recibir los santos óleos. Comulgó y luego, ya preparado para entregar su alma, con un hilo de voz pidió ser sepultado allí  mismo y que señalasen el sitio con una cruz. No deseaba que sus hermanos padeciesen la tortura de conducir un cadaver por leguas y leguas. Solicitó luego que se acercase el mayoral a cargo e la caravana y, levantando apenas su mano sarmentosa, le señaló el rumbo indicándole que, siguiendo en esa dirección, llegarían a la villa del Pilar.

Cuando clareaba, fray Diego Núñez de Ocaña dejó de sufrir. Cumpliendo con su voluntad, tras rezar misa y un responso, los religiosos abrieron una sepultura en el suelo gredoso y depositaron el cadáver envuelto en una casulla dorada que iba destinada a la catedral de Córdoba.

Bajo el piso de las carretas llevaban algunos gruesos tirantes para usarlos como repuestos de ejes o varas durante la travesía. Con dos de ellos construyeron una gran cruz para señalar la tumba y reiniciaron la marcha con las enormes ruedas hundidas en el barro.

Siguiendo la indicación dada por el fallecido fraile, pronto volvieron a encontrar la huella y, a una legua, el poblado del Pilar cuyos moradores trataban de rescatar sus escasos bienes de la inundación provocada por un nuevo desborde del río Luján.

Durante muchos años, cada vez que los franciscanos viajaban hacia el norte, hacían que las carretas se desviasen del apenas dibujado camino real para detenerse e rezar en la tumba de fray Diego. Cuentan que en alguna oportunidad, al notar que la cruz de madera aparecía deteriorada, la reemplazaron por otra nueva.

Cuando los vecinos de la villa lograron mudar el pueblo hacia la loma en que se encontraba la tumba, tomaron a su cargo cuidar la cruz, aunque el cuerpo del fraile ya había sido exhumado y transportado al templo salteño de San Francisco o, según afirman otros, sepultado en la iglesia de Pilar bajo el altar del calvario.

Tiempo después, una cruz de mampostería que aún se conserva, reemplazó a la que reponían los padres franciscanos.

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