Mitos y leyendas: Un Tenorio domado

por Manuel Vázquez  
sábado, 15 de octubre de 2011 · 00:00

 

 

Gerardo Montero (me reservo su nombre verdadero) era un próspero comerciante que formó parte de cuanta comisión directiva de club, sociedad de fomento, cámara, cooperadora, cooperativa y entidad semejante se formase en Pilar. No vaya a creer el lector que tan fanática participación correspondía a un desmedido apoyo por las que, posteriormente, se denominaron ONG; no señor. La intervención de Montero se debía a la necesidad de buscar excusas para salir de su casa porque don Gerardo era un auténtico mujeriego, como lo definía su suegra a quien quisiese oírla.

Se había casado hacía más de cuarenta años con la rubia y timorata Angélica, hija única de un matrimonio de chacareros de sólida fortuna y, ya ante el altar, cuando el sacerdote lo instó a prometer fidelidad conyugal, Gerardo cruzó disimuladamente los dedos a sabiendas de que faltaría al juramento.

Durante la luna de miel en Córdoba, mientras la pobre Angélica guardaba cama por un resfrío que le había producido el aire fresco de las sierras, su marido no dudó en entablar relaciones con la germana dueña de la posada en que se alojaban y también con una juvenil mucamita de ascendencia comechingona.

Vueltos del viaje, los amoríos de Montero se sucedieron sin solución de continuidad, convirtiéndolo en un candidato ideal para el diván de un psicólogo ya que, en una gruesa libreta con tapas de cuero oculta en su escritorio, registraba puntillosamente cada una de las conquistas incluyendo, además de los datos filiatorios de la dama, la duración del romance y la profesión u ocupación de la misma. El pilarense don Juan se vanagloriaba ante sus amigos por no hacer jamás distingos sociales en sus aventuras de alcoba y, para demostrarlo, hacía propios y recitaba los únicos versos del Tenorio que se había aprendido: “Yo las cabañas bajé, / yo a los palacios subí / y en todas partes dejé / buena memoria de mí.”

Ni la  llegada de los hijos logró mitigar el apetito extramatrimonial de Montero quien, para escapar del control que en balde intentaba ejercer la cada vez más gorda doña Angélica, comenzó a militar en la infinidad de organizaciones sociales por cuyas reuniones sólo pasaba como puente a su destino definitivo en alguna cama furtiva.

Una de sus raras ocurrencias (tal vez para mitigar algún resquicio de culpa) fue obsequiar a su mujer el mismo regalo que hacía a sus circunstanciales amantes y así, si bien doña Angélica se sintió gratamente sorprendida con joyas de Cormery y fragancias de perfumería Caravana, en otras oportunidades no supo explicarse por qué su marido se le aparecía con jeans imposibles de calzarse, zapatos en los que jamás entrarían sus juanetes o un solo pasaje a  sitios ideales para los amores prohibidos.

Pasaron los años, llegaron los nietos y en don Gerardo Montero no disminuyó un ápice el afán de conquista. Su sólida posición económica le permitió seguir gozando los favores de ciertas damiselas para quienes un coche de primera gama borra los achaques del propietario y una billetera abultada lo “hace hermoso aunque sea fiero”, como dice Francisco de Quevedo en uno de sus inmortales poemas.

Montero ya había pasado largamente los sesenta, pero al menos una vez por semana salía “de cacería” en su coche 0 km. y rara vez volvía sin haber capturado alguna presa, aunque los escopetazos le hubiesen costado su buen dinero.

En una de esas excursiones cinegéticas, nuestro don Juan conoció a una morena escultural que cenaba sola en el restaurante “El Globo”. Según su galante costumbre, solicitó permiso para hacerse cargo de la adición y sentarse a su mesa para compartir un café. Autorizado que fue, inició la charla seductora que siempre le había dado excelentes resultados pero, en medio de la perorata, la morena no pudo disimular un bostezo. Desconcertado, Gerardo decidió atacar por otro frente e invitarla a dar un paseo con la intención de deslumbrarla con el formidable coche estacionado enfrente, en el Automóvil Club. La dama pretextando que ya era muy tarde, desechó la invitación y se retiró en su propio automóvil.

A la semana, Montero volvió a encontrar a la despampanante mujer en el mismo restaurante y nuevamente fue recibido en su mesa,  pero esta vez había decidido que su edad y posición económica ya le permitían recurrir a una estrategia extrema para lograr su objetivo. Sacó la chequera y, mientras quitaba el capuchón de la pluma fuente le dijo: “Decime una cantidad. La que quieras”. Como única respuesta, recibió una gélida mirada despectiva y la invitación a abandonar la mesa. De nada valieron sus intentos de disculpas.

Pasaron los días y, tras preguntar por ella inútilmente en el restaurante, Montero se la pasó recorriendo la ciudad averiguando si alguien conocía a la escultural morocha de la que se había prendado.

 Jamás le había sucedido algo así. Se levantaba pensando en ella, perdió el apetito, descuidaba los negocios y por las noches no lograba conciliar el sueño, acostado al lado de la voluminosa doña Angélica que roncaba como una marrana.

Al fin después, de un mes, don Gerardo encontró a la causante de su desasosiego cenando en “El Globo”. Le suplicó perdón y obtuvo autorización para volver a sentarse a la mesa. Conmovido, habló hasta por los codos. Recordó su infancia como boyero, su adolescencia barriendo un taller mecánico y lavando con querosene las piezas de los automóviles, sus primeros pasos como comerciante y sus éxitos económicos. Confesó el fracaso de su matrimonio, el cariño por sus hijos, la ternura que en él despertaban sus nietos y al fin confesó también que, por primera vez, estaba realmente enamorado.

La morena, recibió la declaración de amor con una sonrisa y acarició la mano envejecida que temblaba sobre el mantel. Tras la cena, permitió que Gerardo la acompañase hasta su coche y allí, antes de subir al vehículo, le ofreció sus labios entreabiertos pero rechazó con suavidad sus ansiosas caricias.

Después de esa noche Montero se creyó a punto de tocar el cielo con las manos. Se reunió con su abogado para consultarle cómo llegar a un divorcio sin perjudicar económicamente ni a su mujer ni a sus hijos, y visitó una agencia de viajes interesándose por un extenso crucero por el Caribe que pensaba hacer con su amada.

Esa sería la primera vez que cenarían juntos y la morocha propuso que fuese en un discreto restaurante de Benavides. Cuando él llegó, con un ramo de rosas preparado especialmente en la florería Norly, ella ya lo aguardaba bebiendo vino blanco y recibió sonriente el tímido beso en los labios.

- Quiero que estés siempre conmigo. Voy a hablar con mi mujer, con mis hijos y nos vamos a ir juntos…

- Esperá, Gerardo. No vayas tan rápido. Casi no sabés nada de mí.

- No me hace falta -murmuró mientras cubría con besos la mano enjoyada. - Vos sos la mujer que yo busqué siempre, la mujer que necesito.

- Posiblemente yo sea lo que vos necesitás, Gerardo. Pero yo no soy mujer – dijo la hermosa morena mientras ponía sobre la mesa un documento de identidad en cuya fotografía aparecía con el pelo corto y sin maquillaje bajo el nombre de Enrique Pablo Serra.

Montero no abandonó a doña Angélica ni se embarcó en el crucero, pero inició una larga relación con la única “mujer” a la que le fue fiel en su vida.

Comentarios