El día martes tuve la suerte de escuchar, junto con más de trescientos docentes de esta localidad en la última jornada de los 25 años de Suteba, a un excelente orador, un docente jubilado, director de una escuela en uno de los barrios más empobrecidos o villas, como comúnmente se llama, Daniel Cabeda, él comenzó el relato contando una anécdota que en estos momentos viene al caso.
Llega a su dirección un muchacho con un pase para terminar el secundario, le pregunta si tiene vacante, le contesta que sí y le solicita la documentación correspondiente. El director la mira, estaban correctos y le ofrece esa vacante; el muchacho entonces le pregunta si vio bien el pase, el director lo mira y tenía el sello de un penal, él era un ex presidiario que había hecho los dos primeros años en la cárcel ya que estaba cumpliendo una condena por asesinato. Entonces le contesta que toda la documentación estaba en orden.
El muchacho emocionado le cuenta que había recorrido ya todas las escuelas y que cuando veían el sello del pase inmediatamente le decían que no podían anotarlo. El muchacho se recibió con muy buenas notas y sigue estudiando.
¿Qué hubiera pasado si también era rechazado? Los docentes somos un eslabón en la vida de nuestros alumnos, la cadena comienza a formarse desde su casa, ese es el primer eslabón, sigue su entorno y cada uno de los años que concurre a la escuela. Si estos provienen de una pobreza estructural, que es aquella que está dada cuando sus padres son pobres, sus abuelos, los abuelos de sus padres y varias generaciones que la anteceden viven en la extrema pobreza, utilizando la violencia y los vicios como medios de subsistencia, pobreza estructural que por cierto fue impuesta por la política económica neoliberal de 1976 y fue recrudecida en la década del 90, es lógico y hasta casi esperado que la reacción no sea la más propicia ante la imposición de un docente.
Esto no significa que yo no haya apoyado el paro del día jueves y que no repudie éste y cualquier otro acto de violencia, sólo estoy significando acá, que la condena social a esa madre y a ese alumno por esa acción es válida pero por otro lado es desde la escuela y desde nosotros, no importa en qué parte de la cadena estemos, que tenemos que pararnos frente a él y demostrarle que existe otra forma de convivencia que no es la del insulto, los gritos, los castigos, el sacudón, el maltrato.
Esa forma la conoce y sabe qué reacción debe tener para defenderse, es la que usan sus padres, hermanos mayores, vecinos, la que no conoce es la de despertarle interés a otra persona, el respeto, el mimo al alma cuando uno le pregunta cómo se encuentra, porque está tan callado, si se siente bien o qué necesita para sentirse bien.
Lo más probable que las primeras veces ni siquiera nos respondan, nos miren mal, nos insulten por lo bajo ¿Pero por qué no aplicar en este caso la estrategia que utilizan las maestras cuando enseñan a leer o las tablas de multiplicar? Repiten, repiten, repiten…
Con esto no digo que sea el caso del director de Pergamino, porque no lo conozco, pero sí lo estoy diciendo desde la experiencia, la antigüedad de trabajar en comunidades que podríamos decir “difíciles”, desfavorables, donde la violencia verbal y física está a la orden del día.
Dice Cabeda que vamos a llegar al resultado esperado cuando establezcamos un vínculo de afecto con el alumno. En definitiva nuestro trabajo se trata de eso, de los vínculos, los docentes entablamos un vínculo afectivo con nuestros alumnos, son un poco nuestros hijos paridos por otros, si ese vínculo no se establece lo más probable es que no lleguemos a ese resultado esperado, que nuestra tarea quede inconclusa.
Si alguna vez hiciéramos una estadística de cuánto modifica la vida de una persona su paso por la escuela ahí entonces quizás nos daríamos cuenta de la importancia de nuestro trabajo, el significado que tiene esta institución que contiene durante doce años o más a los que pasan por ella. Cabeda, un excelente docente especializado en docencia comunitaria, nos llevó a la reflexión sin saber lo que ocurriría al otro día.
Realmente espero que desde la voz de Baradel que solicitó a las autoridades escolares que se implementen planes para erradicar y prevenir la violencia, se tomen en cuenta las interrelaciones de los alumnos-docente. Docentes-alumnos, directivos-docentes. Docentes-directivos, inspectores-docentes o directivos, docentes-padres, padres-docentes, porque es violencia cuando uno falta sistemáticamente a clase dejando al alumno sólo demostrándole que no le importa, es violencia la soberbia o el maltrato del directivo hacia un docente o alumno desde su rol de autoridad, es violencia que el alumno insulte o golpee al docente, es violencia que un docente le diga a un padre que su hijo es un bueno para nada, es violencia que ante un hecho de maltrato de un directivo hacia un docente o alumno el inspector no tome las medidas correspondientes avalando el hecho con la inacción y es violencia el abuso de autoridad desde todos los espacios de poder dentro y fuera de la escuela.
Me sumo a la reflexión del Secretario General de Suteba de Pilar, Hugo Cánepa que le dijo a este diario que este paro debería servir para solicitar a las autoridades locales, provinciales y nacionales más cargos para gabinetes psicológicos-pedagógicos en las escuelas para tratar los graves problemas de violencia que existen.
Los docentes estamos formados para establecer la interrelación entre los vínculos, aplicar estrategias, enseñar conocimientos específicos ya sean actitudinales o procedimentales, por eso debemos estar dentro de las aulas, modificar desde nuestra intervención la vida, el futuro de nuestro alumnos, es más trabajo, se están notando pequeños cambios desde lo curricular, desde los recursos pero para modificar lo de la violencia vamos a tener que poner mucho empeño desde nosotros para que de a poquito podamos ir notando los cambios y aprender hacer una autocrítica para ser también mejores nosotros.
Dice Eduardo Galeano: “Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.” n
