Mitos y leyendas: El sustituto

por Manuel Vázquez
sábado, 1 de octubre de 2011 · 00:00

 

 

Los periódicos locales no registraron el caso, pero don Ernesto Vilche guarda un recorte del diario La Razón donde, brevemente, se daba noticia del suceso.

El hombre, próximo a cumplir ochenta y cuatro años, aceptó reunirse conmigo en la cafetería del Automóvil Club. Allí, además de mostrarme el amarillento recorte que conserva entre las páginas de su Libreta de Enrolamiento, me contó detalladamente la historia que paso a narrar con sus propias palabras.

“Emilia y Elías se mudaron a Pilar cuando se les murió el único hijo de apenas veinticinco años. El pibe trabajaba en un taller mecánico que se incendió y quedó atrapado en la fosa. Sólo sacaron los restos carbonizados.

Los pobres padres, para dejar de ver la casa, los muebles y todas las cosas entre las que lo habían criado, vendieron y compraron una casita aquí, en Villa Morra.

No se vaya a pensar que el barrio era lo que es ahora. Antes había más baldíos que casas y todos tenían gallineros. Algunos hasta tenían chiqueros o criaban vacas para la leche de la familia.

Aunque Emilia y Elías eran bastante mayores que nosotros, nos llevábamos muy bien como vecinos. Mi mujer decía después que ella siempre le había parecido medio loca, pero yo, le digo la verdad, no me di cuenta de nada hasta que llegó la policía esa mañana y se descubrió todo. ¡Se armó un revuelo que ni le cuento!

Hacía ya más de dos meses que había desaparecido el chico de Almeida. Estaba remplazando al muchacho que repartía los diarios en esa zona porque lo habían operado en Buenos Aires. En esa época en Pilar no teníamos ni hospital. Bueno, una mañana el pibe salió como siempre para hacer el reparto pero no volvió al mediodía.

La madre se extrañó bastante, y mucho más cuando a las seis de la tarde aún no había llegado a su casa. Fue hasta el kiosco de diarios y se asustó de veras cuando le dijeron que el pibe tampoco había pasado por allí.

Enseguida comenzaron a buscarlo por todo el pueblo, que por entonces era bastante chico y en dos patas se lo recorría de arriba abajo; pero no dieron con él.

A la mañana siguiente empezó la búsqueda la policía por las chacras y por el río, aunque era muy difícil que alguien se ahogase en pleno mes de julio. Otra cosa era en verano, cuando los que no conocían se metían a nadar cuando  veían el río tranquilo y se ahogaban enredados en los troncos y raíces que había bajo el agua.

La cuestión es que pasaban los días y las semanas y el chico sin aparecer. Algunos comentaban que se había escapado porque el padre era muy exigente en la crianza y ya a los trece años lo había puesto a trabajar haciendo changas; pero yo esa no me la creí porque, en esa época, los que no habíamos nacido en cuna de oro aprendíamos a doblar el lomo desde chicos y ni se nos ocurría protestar o pensar que no era lo justo. También habían traído a un adivino que anduvo recorriendo los alrededores apuntando el piso con una varita de metal para ver si encontraba rastros.

Como tres meses después de la desaparición, dos mujeres que llevaban una imagen de la Virgen de casa en casa para que la tuviese dos o tres días cada familia, se llegaron hasta lo de Emilia y Elías para dejársela. Ella había salido a comprar el pan y el marido se había quedado arreglando el galponcito de atrás.

Parece no escuchó cuando las mujeres golpearon las manos y ellas, sabiendo por los martillazos que había alguien en el fondo, abrieron la verja y entraron con la intención de rodear la casa. Cuando pasaron frente a una de las ventanas laterales vieron al muchacho de Almeida tendido sobre una cama, atados los brazos y las piernas.

Aunque se pegaron un gran susto, no dijeron nada y salieron que se las picaban con Virgen y todo para dar aviso en la comisaría.

Al rato cayó la policía con los Almeida, las mujeres de la denuncia y un montón de vecinos. Entraron volteando la puerta, liberaron al pibe y se llevaron detenidos a Emilia y a Elías, que se salvaron por poco de que no los liquidasen ahí no más con los cascotazos que les tiraban.

A él lo largaron al poco tiempo porque parece que lo único que había hecho fue encubrir a su mujer; pero a Emilia la metieron en un loquero. Resulta que se le había puesto en la cabeza que el chico Almeida era su propio hijo que había vuelto para vivir con ellos otra vez.

El pibe contó que, cuando les llevaba el diario, Emilia lo invitaba a pasar y lo convidaba con torta y café con leche.  El día que lo secuestró, ni se dio cuenta que le había puesto algo en la taza que lo durmió completamente. Cuando se despertó, estaba atado en la cama.  

También dijo que Elías, al verlo, quería soltarlo, pero que su mujer le dijo que si lo desataba era un mal padre y que ella se iba a matar si lo hacía. Contó que, como el pobre hombre sabía que estaba medio mal de la cabeza, le siguió la corriente.

Durante los tres meses que estuvo secuestrado, Emilia  mantuvo al pibe medio dopado pero lo cuidó como si fuese una criatura. Sin desatarlo, le daba de comer, lo bañaba y hasta le leía cuentos para chicos.”

Don Ernesto Vilche no supo qué fue de la vida de Elías después de vender la casa y abandonar Pilar, pero recuerda que Emilia falleció muy viejita, hace unos quince años, en el hospicio San Camilo.

 

 

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