Mitos y leyendas: Apuesta con final trágico

por Manuel Vázquez

25 de septiembre de 2010 - 00:00

 

 

Conversando sobre los “mitos urbanos”, una de las alumnas de cuarto año refirió ante la clase, como verídica, una historia repetida y ubicada en cada pueblo de la provincia. Me vi en la obligación de hacerle notar esta particularidad del archi conocido relato, pero la muchacha me aseguró que el abuelo de su madre había sido testigo de los hechos narrados y que, según afirmaba, habían acontecido en Pilar.

Picado por la curiosidad y, como conocía la familia, me comuniqué con ellos para solicitar una entrevista con don Raúl*, de lúcidos 96 años.

“Por aquel entonces casi no había iluminación en las calles de Pilar. Sólo algunos artefactos con lámparas de bajo voltaje colgaban de los cables que cruzaban las esquinas. Los que salían de noche tenían que llevar linternas para no meter un pie en una zanja de agua estancada o hundirse hasta las rodillas en los barriales que se formaban después de cada lluvia”, me contó don Raúl mientras se deleitaba con la ginebra que yo le había llevado como regalo y de la cual su biznieta sólo le permitiría beber media copita.

“Aquel invierno había hecho un frío terrible -continuó mi relator-.  Los pilarenses, hasta los más “calaveras”, abandonábamos temprano los boliches para refugiarnos en nuestras casas, calentadas con braseros o con las cocinas a leña o a gas de kerosene. 

Con mi barra dejamos el salón helado del Club Atlético después de unos partidos de mus y nos fuimos puteando contra el frío hasta la esquina del almacén de Ramassa, en Ituzaingó y Lorenzo López.

El Petiso Aldonate, que tenía las orejas destrozadas por los sabañones y se frotaba constantemente las manos para entrar en calor, dijo: - Más frío deben tener los fiambres en Lorenzo López al fondo -refiriéndose al cementerio, que está sólo a unas cinco o seis cuadras de donde estaba el almacén pero que, en aquellos años, parecía el otro lado del mundo.

-Estaría lindo para darse una vuelta por el cementerio, ¿no?- preguntó Pérez, que siempre se la pasaba haciendo bromas. -Vamos de una corrida y nos sacamos el frío. De paso les metemos flor de julepe a los que viven en esa calle. ¿Se imaginan el cagazo que se van a pegar cuando escuchen un tropel que pasa a todo lo que da para el lado  del cementerio?

Decirlo y ponerlo en práctica fue sólo uno. Los siete, aunque ya teníamos más de dieciocho años, a la voz de tres, salimos corriendo y gritando como locos. Pasamos frente a la iglesia, que parecía un enorme monstruo hundido en la niebla y seguimos a todo correr por las veredas desparejas, de ladrillos, que a veces se convertían en un simple camino de tierra apisonada.

Llegamos al portón cerrado del cementerio sin aliento y riéndonos a carcajadas mientras pensábamos en el espanto que habría causado nuestra carrera desenfrenada a las vecinas que, sorprendidas en mitad del sueño, se habrían despertado haciéndose cruces y muertas de miedo.

-¿Se animan a entrar? -preguntó Néstor, mientras encendía un cigarrillo Saratoga. Era el único que, como ya trabajaba con sueldo fijo, podía permitirse el lujo de fumar “de los buenos”.

-Yo, ni aunque me paguen- me acuerdo que respondió el Vasquito. -Vine con ustedes porque no quería ir tan temprano a casa a encerrarme con mi vieja y mis hermanas, pero no me gusta ni medio esto de venir a joder a los muertos.

-No seas cagón, Vasco- le dijo Néstor. - Y, si querés, con tus hermanas me encierro yo.

El Vasquito le largó una trompada que, de no haberla esquivado, le arrancaba la cabeza. No había día en que el pobre Vasco no se agarrase a piñas con alguno por haberlo cargado con las hermanas que, a decir verdad, estaban para comérselas. Sobre todo la Irma que, según me dijeron, anda por los ochenta y pico y los hijos la metieron en el hogar de ancianos del Negro Domenech.

Pérez paró la pelea diciéndole a Néstor que no lo cargase al Vasquito porque él tampoco se animaba a entrar solo al cementerio y, como Néstor no se bancaba que lo desafiasen, en seguida dijo que iba a entrar si había una apuesta que valiese la pena.

Nadie andaba con mucha plata, pero entre todos hicimos un pozo que tentó a Néstor; aunque en aquella época, veinte guitas ya eran una fortuna.

El Francés, que desde chico quería poner reglas para todo, propuso que para ganar la apuesta, Néstor tenía que llegar hasta el osario, en el medio del cementerio y que, para que todos supiésemos que había cumplido, debía clavar junto al monumento que había allí una navaja que siempre llevaba y que, según decía, su abuelo la había comprado en África cuando estuvo enganchado en la Legión Extranjera. A la mañana siguiente, propuso el Francés, ni bien abriesen el cementerio, iríamos a ver si estaba la navaja clavada en la tierra, junto a la loza que tapaba el pozo donde arrojaban los huesos de los muertos que nadie reclamaba.

Néstor se mostró conforme, nos dimos las manos dejando firme la apuesta y, con la navaja del Francés en la mano, saltó el tapial que da hacia la calle Lorenzo López.

Nosotros, muertos de frío y zapateando contra el piso para que no se nos congelasen los pies, lo esperamos más de una hora fumando los cigarrillos Brasil que había comprado el Vasquito. 

-Néstor se rajó- sentenció el Francés. -Se asustó y saltó por el tapial que da sobre Zeballos. Mejor nos vamos, que él ya debe estar metido en la cama.

Más por frío que por estar de acuerdo, aceptamos la propuesta del Francés y cada cual se fue para su casa.

A la mañana siguiente, como habíamos acordado, nos encontramos en la puerta del cementerio antes de la llegada del Tuerto Tomás, que era el cuidador.

Le contamos al Tuerto lo de la apuesta y se ofreció para acompañarnos hasta el osario para actuar como testigo de la arrugada de Néstor al comprobar que la navaja no estaba en el sitio convenido.

Había niebla cuando avanzamos entre las bóvedas, pero igual, unos quince metros antes de llegar al osario, alcanzamos a ver el cuerpo de Néstor bajo el sobretodo marrón sobre el que se había depositado una capa de escarcha. Estaba boca abajo y los dedos, inmóviles y endurecidos por el frío, parecían continuar arañando la tierra helada, como si quisiese escapar del sitio en el que  la hoja de la navaja atravesaba el faldón del abrigo y se hundía en el suelo.

Nos costó comprender que estaba muerto y que, como nos indicó el Tuerto, teníamos que dar aviso a la familia y a la policía.

-El pibe se murió de un ataque. Le falló el bobo- nos informó el comisario después de hablar con el doctor Reyes, quien tuvo a su cargo redactar el certificado de defunción por encontrarse ausente el médico de la policía.

Una hora después y tras habernos interrogado por enésima vez, el comisario Arévalo nos dio su versión de lo sucedido: Parece que Néstor tenía una debilidad cardiaca que ni él mismo conocía. La noche de la tragedia, cuando en la oscuridad absoluta se agachó para clavar en la tierra la navaja del Francés, no se dio cuenta de que estaba perforando su propio sobretodo. Al levantarse, sintió que le tironeaban desde abajo. Vaya a saber qué pasó por la cabeza del pobre Néstor, pero, según el comisario, se aterrorizó. Pensó que algo de ultratumba lo quería arrastrar hacia el infierno o vaya a saber a qué lugar en el centro de la tierra y allí fue que le dio el síncope.

Durante mucho tiempo nos sentimos culpables por la muerte de Néstor. Pensábamos que, de no haber hecho la apuesta, él seguiría entre nosotros; pero un día que fui al consultorio al doctor Reyes por un corte que me hice en el trabajo, él, que era muy canchero, me dijo: -Mirá, pibe, yo sé que ustedes creen que su amigo murió por el susto que se pegó en el cementerio pero, si te sirve de algo, te puedo asegurar que el pobre hubiese fallecido igual en muy poco tiempo. Su afección era incurable y el corazón iba a fallarle en cualquier momento.

Esa misma tarde, cuando me junté con los muchachos en La Marta, les conté lo que me había dicho el médico. No sé si era verdad, pero desde entonces pareció que nos sacábamos una gran culpa de encima”.

La nieta de don Raúl que, como su hija, también fue mi alumna hace unos cuantos años, entró con unas medicinas para el abuelo y yo, al notarlo cansado, me despedí prometiendo volver a visitarlo.

*La familia me permitió entrevistar a don Raúl tras hacerme prometer que no utilizaría en este relato su verdadero nombre ni los apellidos de quienes intervinieron en la historia.

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