Mitos y leyndas de Pilar: El secreto de la vagabunda
por Manuel Vázquez
Durante el día avanzaba lentamente, cuadra por cuadra y siempre mirando el piso, cargando dos enormes bolsas de dudoso contenido. Vestía varias capas de ropas mugrientas y hechas jirones. Cubría su cabeza y parte del rostro con un enorme pañuelo. Cerca de ella el hedor era insoportable.
Jamás respondía cuando le hablaban, al punto que la considerábamos sorda.
No aceptaba limosnas y por eso se tejió una historia que la relacionaba con una supuesta cuenta bancaria en otra ciudad, de la que sacaría fondos para su subsistencia. La imaginación popular le adjudicaba también un pasado de riquezas y un hijo menor fallecido por su culpa como causa de su demencia.
Cuando llegaba la noche, se acomodaba a dormir en el vano de la puerta de la Cooperativa de Tamberos –Independencia y Rivadavia- y se cubría con sus trapos. Si llovía, tapaba todo el conjunto con un gran pedazo de hule descolorido.
Aquel día de agosto había sido especialmente frío y al anochecer la temperatura había descendido por debajo de cero. Algunas vecinas se acercaron a “la vieja” para convencerla de refugiarse en la cochera de don Emilio, sobre la calle Independencia, donde ya habían dispuesto un brasero; pero ella se negó terminantemente aferrándose a sus pertenencias.
Las mujeres se dirigieron entonces a la comisaría para peticionar que la obligasen a ponerse a resguardo en el hogar de ancianos o en el hospital y así lo hicieron los agentes que, soportando sus puñetazos y puntapiés, la cargaron en una Estanciera y la condujeron al nosocomio.
La jefa de enfermeras se negó a aceptarla en el dormitorio común si antes no la bañaban y, junto a dos de sus subordinadas y otras tantas mucamas, emprendió la difícil tarea de desnudar a la vagabunda.
Ante la desesperada resistencia, fue necesario cortar con tijeras y arrancar la mayoría de las prendas mugrientas para poder llegar a lo que debería haber sido la ropa interior.
La sorpresa de las mujeres fue tremenda cuando, entre el vapor del agua caliente con antiséptico que despedía la bañera, lograron rasgar la última prenda íntima y se encontraron con inocultables órganos sexuales masculinos.
Bañado, afeitado y con el pelo corto, el anciano volvió a enfundar al día siguiente las prendas que habían quedado tiradas en una cochera del hospital y se alejó de la ciudad caminando por la banquina de la ruta 28, sin que nunca más se supiese de él.