por Celeste Lafourcade
Durante mucho tiempo doña Rosa recordaría la noche en la que no pudo escuchar el radioteatro de Audón López. Antes de que cayera el sol, una reunión improvisada enrareció el aire en la casa familiar de los Ferrarazzo. Explicaciones pendientes, lealtades rotas y una actitud honorable marcaron la trayectoria de aquel encuentro entre los dos protagonistas de uno de los episodios más míticos que diera la historia de la política local. Había pasado ya un tiempo prudencial desde el hecho que convulsionó a todo el pueblo. Dos o tres meses fueron necesarios para calmar las aguas, aunque la victoria electoral del peronismo fue lo que verdaderamente allanó el camino de su regreso. Urgido por la importancia del recado o atormentado por la culpa, se apersonó en la casa de quien lo había desenmascarado. Pero no hubo espacio para los reproches, al contrario. La vieja amistad bien valía el favor de la advertencia: “Doña Rosa, dígale a Jorge que trate de cuidarse mucho o irse de acá”.
La historia se sitúa, presumiblemente, en 1946. Por su corta edad en ese momento o bien porque el relato llegó a sus oídos a través de familiares, las fuentes consultadas no recuerdan con exactitud el año. Sin embargo, por las referencias ofrecidas, el episodio se ubicaría en las elecciones presidenciales que enfrentaron a Juan Domingo Perón con la fórmula Tamborini-Mosca de la Unión Cívica Radical.
Si eran pocos los vecinos que habitaban Pilar por ese entonces, tanto menos lo eran los que militaban en política. En la UCR un puñado de referentes cuya descendencia, en muchos casos, continúa hoy vinculada al partido, se repartían por ese entonces la ardua tarea proselitista de ir casa por casa entregando los sobres con la boleta radical.
El grueso del trabajo, posible gracias al aporte de Andrés López que ponía a disposición los coches de su casa fúnebre, recaía en los vecinos más populares, como don Masía, don Finochietto y don Ismael Ferrarotti. Pero por ese entonces una información empezó a inquietar al seno de partido: la curiosidad de los vecinos que abrieron los sobres antes de tiempo no fue tan grande como la sorpresa al ver adentro una boleta del PJ.
La fortuna amasada en los últimos años ya había despertado los rumores sobre su acercamiento al peronismo, de quien –se decía- estaba recibiendo una importante mano para varios de sus negocios. Alguien estaba jugando para el enemigo y todas las miradas apuntaban a Ferrarotti.
El gran día
El plan para desenmascararlo había comenzado a gestarse días antes de las elecciones. De algún modo era necesario identificar el voto de la sospecha y el cambio de lapicera para la rúbrica del sobre resultó la opción más disimulada, aunque hay quienes reviven esta historia mencionando un garabato en lugar de firma o un doblez en la solapa. Sin embargo, no hay discrepancias en cuanto a la identidad del encargado de concretarlo. El plan fue ejecutado por Jorge Ferrarazzo, que moriría sin admitirlo.
En el momento del escrutinio, no fue tan grande la sorpresa como sí lo fue la desazón al comprobar que, efectivamente, dentro del sobre señalado se asomaba una irrefutable boleta con la fórmula presidencial Perón-Quijano.
El revuelo que se armó al descubrirse la deslealtad es lo que adoptó con el correr de las versiones carácter de mito. Testigo directo de lo sucedido, César Ferrarazzo, hermano menor de Jorge, todavía niño por aquellos años, recuerdo que “fue terrible lo que se armó, lo buscaron por todos lados”, aunque no dio crédito a lo que luego se terminaría contando sobre esa noche.
La leyenda popular asegura que la jornada finalizó con una horda embravecida de militantes radicales que, enceguecidos por la traición, fueron a buscarlo a su casa ubicada sobre la calle Belgrano a metros de la plaza 12 de Octubre. Y de un Ferrarotti escapando por la puerta trasera mientras era perseguido, a los tiros, por sus ex correligionarios.
El regreso
Los vericuetos de la política hicieron posible que el hombre más buscado de ese momento regresara tres meses después. Y fue la visita al propio Ferrarazzo una de las primeras diligencias que encaró al llegar a su tierra natal.
“Ferrarotti siempre fue un caballero y después de lo que pasó, a mi hermano lo pusieron en la lista roja del peronismo y él vino a avisarle a mi mamá para que se cuidara”, contó César. Sin embargo, la contestación de Jorge fue contundente: “no tengo por qué tener miedo, porque no hice nada malo”. Es que, según el portavoz de esta historia, Jorge nunca, ni siquiera entre sus allegados, admitió haber sido el responsable del voto marcado.
Que Ferrarazzo haya salido airoso de la anécdota tiene para César una explicación posible: “yo estimo que Ferrarotti habrá interferido en algo”. Y sumando datos para reforzar su teoría, recordó que “era un hombre poderoso, si alguno caía preso, él hablaba con el comisario y lo liberaban”.
Quizás por esa condición, o por su fama de caballero que no perdió ni siquiera por su traspié, la historia cuenta que hasta sus últimos días siguió manteniendo buena relación con sus ex compañeros de la UCR. “La única mala actitud con sus amigos fue que los defraudó, pero nunca quedó rencor”, aseguró César, para agregar que “más de una vez le ofreció algún puesto político a mi hermano, pero él nunca aceptó”.
Ferrarotti jamás intentó volver a su partido de origen, del que fue dado de baja inmediatamente. Muy por el contrario, llegó a ser candidato a senador para el PJ e incluso hay quienes lo recuerdan repartiendo dádivas antes de las elecciones siguientes, donde también se impuso el peronismo.
