Mitos y leyendas de Pilar: Los Picapiedras

por Manuel Vázquez

23 de octubre de 2010 - 00:00

 

Cuando la avenida Tomás Márquez no era boulevard y sus anchísimas veredas de césped estaban rodeadas por viejas casas, hoy en su mayoría demolidas, el denominado “Barrio de la Estación” parecía quedar mucho más lejos del centro de Pilar.

Fue entonces cuando, en un día de invierno, en que el sol apenas entibiaba y el viento helado creaba silbidos en las despojadas ramas de las acacias, que aparecieron ellos caminando cansinamente, cargando sobre sus espaldas las sillas a medio reparar y los atados de juncos y mimbres secos.

Eran cuatro y, según cuentan, oriundos de la ciudad de La Plata, donde tenían parientes adinerados con quienes, vaya a saber por qué causa, habían roto relaciones. Vivían muy modestamente dedicados al casi desaparecido oficio de esterilleros o empajadores de asientos.

El padre, que por aquel entonces pasaba largamente la cincuentena, caminaba encorvado bajo el peso de varias sillas de madera que trepaban en inestable torre sobre sus hombros. Pocas veces hablaba y, cuando lo hacía, se expresaba en un rudo dialecto del sur de Italia.

Quien se comunicaba con el resto del mundo era la madre; atragantándose con gangosa cacofonía. Ella era quien se ocupaba de ofrecer los servicios del sillero, tomaba los trabajos y discutía el precio. Tendría la misma edad que su marido, pero aún se mantenía erguida sobre sus delgadísimas piernas eternamente enfundadas en medias de lana que llegaban casi hasta las escuálidas rodillas y que no alcanzaban a cubrir las polleras cortonas que alguien le habría regalado por pasadas de moda. Un pañuelo enroscado y actuando como vincha retenía parte de su cabellera crespa y encanecida.

El hijo varón tendría a la sazón poco más de doce años. Torpe en sus movimientos, con rostro caballuno y mirada de engañadora mansedumbre bobina, respondía con certeros cascotazos e insultos redondos como cantos rodados a los muchachos que festejaban el paso de la familia con burlas de pésimo gusto.

La nena, que aparentaba la misma edad que el hermano  y parecía casi un retrato de su progenitora, también era gangosa; pero yo no podría afirmar si tenía algún defecto en su aparato fónico o había copiado desde chica la  enrevesada pronunciación materna. 

No se sabe quién los bautizó “Los Picapiedras”, en inocultable alusión a los dibujos animados tan de moda en esa época; pero lo cierto es que no guardaban ningún parecido con los personajes televisivos.

Caminaban en grupo, pero sólo los padres cargaban los bultos. A veces, posiblemente a causa de alguna reyerta doméstica, se separaban; entonces la madre marchaba  a la vanguardia, acompañada por el hijo varón, mientras que el padre y la niña los seguían a unos veinte metros, soportando el pobre hombre la interminable jerigonza de reproches que su mujer le lanzaba a voz en cuello.

Algunos me dijeron que recordaban haber visto a los chicos con guardapolvos blancos, pero no sabrían decir a qué escuela asistían ni tampoco podrían señalar con certeza dónde se domiciliaban. Los más memoriosos creen que ocupaban una casucha en la zona de Villa Verde, barrio del que provenían cada mañana y al que retornaban al caer la tarde.

Un día, así como llegaron, desaparecieron o tomaron distintos rumbos.

Supe hace poco que los padres y la hija ya fallecieron; pero quedó en la memoria de muchos pilarenses la imagen de esa familia que, pese a las adversidades, a la pérdida de un mítico pasado dorado y a las burlas, marchaba unida por las calles de nuestra ciudad, protegiéndose mutuamente y contestando con pedradas al mote de “Picapiedras”. 

 

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