Mitos y leyendas de Pilar: “Tocáselas que son de goma...”
Estaba donde se inicia el camino de tierra a Luján, de espaldas a la feria de Irigoin y donde hoy está el estadio de Fénix. Ni bien pasabas el cruce del San Martín con el Urquiza, se abría en diagonal el camino de tierra dejando el pavimento a un costado. Zona por aquel tiempo semi rural con casas dispersas que alternaban el campo con el poblado, con zanjas profundas que en días de lluvia canalizan el agua hacia las vías.
Ubicado sobre una barda, con vereda alta, tenía una vidriera limpia que miraba al sur con la inscripción “Tango Bar” y una entrada con puerta de dos hojas de cedro y picaporte de bronce, con vidrios biselados y las iniciales fileteadas del dueño. Tenía una ventanola en su parte superior, luciendo vidrios ingleses repartidos y una cadenita que pendía y de la cual había que tirar para abrirla. La casa tenía su prestancia y arquitectónicamente demostraba la belleza de otro tiempo más pujante.
Aquella era una noche de invierno crudo, y los vidrios se empañaban con frecuencia, tornándose necesario hacer un círculo con la mano sobre el cristal para poder ver hacia afuera, siendo el único aire puro el que se filtraba por la ventanola o, al abrir algún concurrente la puerta para acceder al local, que por cierto no era muy amplio y no tenía demasiadas mesas, sólo las necesarias para no estrangular la pista de baile, que era el motivo convocante de aquellas noches del “Tango Bar”.
Solían concurrir entre otros habitués una pareja, en la cual la mujer -de origen brasileño- danzaba con voluptuosidad despertando los deseos impuros de quienes observaban. De estatura más bien mediana, lucía vestidos con colores fuertes, y sus labios gruesos y su pelo enmotado delataban su estirpe. Las sandalias doradas que lucía con las uñas de los pies pintados de un rojo pasión nublaban el entendimiento de cualquier mortal, por la hipnosis que su brillo producía al hacer el ocho hacia atrás, engarzando su brazo izquierdo en el omóplato del compañero, levantando los dedos de la mano como un anticipo de lujuria al que añadía un anillo de piedra refulgente.
Su atributo físico más exultante eran sus lolas, que lucían erguidas y tersas, y presagiaban la dureza al tacto masculino, como un deseo postergado de cada noche por quienes envidiaban la suerte de su compañero, que si bien no era bien parecido, se complementaba como danzarín con su pareja.
La velada estaba ya avanzada y el número de asistentes parecía no aumentar, salvo algún que otro despistado que entraba sabiendo que las postrimerías indicaban la finalización del baile. El salón lucía un piso de pinotea al que le habían pasado vela para facilitar el desplazamiento de los bailarines. La única llave de encendido de la luz estaba junto a la puerta de entrada.
La suma del alcohol y la exhuberancia de aquellos pechos, que acicateaba en cada giro la intención impulsado por el deseo erótico, fueron de a poco taladrando la idea y pergeñando la travesura. En cada giro me decían “tocáselas y vas a ver que son de goma, son rellenas o no son de ella”. Esta idea fue aumentando y la libido fue en ascenso, cada vez que pasaba delante mío el “tocalas que son de goma” me perseguía estrellando mis sienes, y una puja interna entre que las toco o no las toco, pero el deseo de realizar la experiencia sumado a las copas de ginebra que ya llevaba, más la excitación que la empresa me provocaba terminó por decidirme.
Y fue así como el Negro y Rabin combinaron la estrategia a seguir, y poniéndose uno al lado de la llave de luz junto a la puerta, no sin antes haber anoticiado al Vasco de la maniobra a realizar (quien estaba cerrando “un negocio” con una rubia, cosa que más tarde me reprochó) concreté mi plan, y preparado para ello, cuando tuve a la pareja frente a mí estiré mi mano derecha abarcando placenteramente la fuente del deseo, al tiempo que se apagó la luz y ganamos la puerta cruzando el terraplén del San Martín para perdernos en el barrio San Jorge.
La brasileña vociferaba maldiciones y males inminentes para mi humanidad, habiendo el hombre intentado salir en persecución, pero el avance de los perros que dormían en la vereda lo hizo desistir ante la posibilidad de una mordedura.
Me llegaron noticias que el tipo me andaba buscando, y que realizó diligencias barriales para ubicarme, empezando por el dueño del boliche. Todas ellas, por suerte, fracasaron. Cuando a veces lo cruzaba a la distancia, el centro del corazón me percutía, pensando que podría verme. Durante el exilio llegué a pensar distintos argumentos disuasivos de sus ansias de fajarme si me llegaba a encontrar, desde huir y refugiarme en un negocio donde permanecería como potencial cliente, no sin antes advertir que dicha jugada estaba destinada al fracaso, pues podía esperarme a que saliera y entonces cobrarse el agravio. Por lo tanto la deseché. Otra, que el alcohol me había hecho perder el dominio de mí mismo y que no recordaba haber cometido dicha tropelía, y menos contra una dama.
Era un tipo de gran porte, por lo que la pelea frontal no me favorecía, y físicamente no podría soportarla. Hasta llegué a pensar en tomar clases de boxeo en Atlético con Escudero, para poder purgar con éxito el destierro, que por otro lado ya me resultaba insoportable, y enfrentarlo al tipo negando por supuesto el hecho que me endilgaba, y hasta sentirme ofendido reaccionando a los gritos para impresionarlo.
Lo cierto es que el acontecimiento me había otorgado cierta celebridad por lo audaz y riesgoso, y en “La Querencia” en rueda se me pedía que contara “la hazaña”, muchas veces confirmada por algún testigo de aquella noche, que nunca supe si realmente lo fue o le contaron. Durante algunos días conservé en mi mano la sensación placentera de haber acariciado esa anatomía, comprobando que no eran de goma, como mis ideólogos sostenían para incentivar la aventura, sino que eran originales de fábrica. La negra estaba bien dotada.
Una madrugada, en la estación de servicio de las cinco esquinas, cuando estaba inflando los neumáticos de mi Falcon, arriba a la playa a echar nafta el ofendido: advirtiendo mi presencia se me arrima, y apoyando con tonicidad y firmeza su brazo derecho sobre mi hombro izquierdo, imposibilitando erguirme pues me hallaba en cuclillas controlando la presión de los neumáticos, pensé que me había llegado la hora.
Pero todo lo contrario. “Usted estuvo bien aquella noche”, me dijo, y ante mi estupor me felicitó por la hazaña. Era una mala mujer. A esa altura, y por lo que expresó, sin duda era ya un novio despechado que sangraba por la herida, dado que la brasileña lo había dejado por otro, y sus ansias de venganza se trocaron por el odio hacia la mujer que lo abandonó.
“Mire que hacerme eso a mí, que tanto la ayudé y que vivía sólo para ella, pero ya Dios se va a encargar. Usted va a ver lo que le digo. Espere un poco, nomás”. Y ahí mismo festejamos el encuentro tomando una ginebra en el bar anexo a la estación de servicio, que él se empeñó en pagar desechando una reivindicación de aquel hecho, pues ya el honor del hombre se había diluido por la actitud ingrata de la mujer, y entraron a sucederse las confidencias con la complicidad que genera la noche, confidencias entre los hombres en las que a veces resulta difícil distinguir si las mismas son penurias reales de algún amor frustrado, o relatos fabulados con dejos románticos de virilidad, por lo que el distingo es un enigma a resolver.