por Manuel Vázquez
Hasta la década de los sesenta, todavía existían en la ciudad de Pilar varios “almacenes de ramos generales” que resistían la aparición de los primeros autoservicios pomposamente llamados “supermercados”.
Instalados en amplios salones, generalmente en las esquinas, los viejos almacenes mostraban sus paredes cubiertas por estanterías de madera que trepaban hasta los altísimos cielorrasos de tejuelas de donde pendían, desnudas, las bombitas eléctricas cuya luminosidad filtraban las “picaduras” de moscas.
En estos exhibidores se amontonaban botellas con bebidas alcohólicas, latas de galletas y de sardinas, panes de jabón para lavar la ropa, frascos de dulce, vajilla de loza y de metal enlozado, utensilios de cocina, tablas de lavar, lámparas a querosene, vasos y compoteras de tosco vidrio coloreado, alpargatas de yute, bombachas de campo, frazadas y sábanas envueltas en papel celofán, palanganas, fuentones, baldes de cinc, escupideras enlozadas, calentadores Porteñito, alcuzas destinadas al encendido de las cocinas a gas de querosene y cuanto artículo pudiese salir de la caja de Pandora.
“El almacén de ramos generales tiene de todo menos limpieza”, sentenciaba un amigo de mi padre refiriéndose a un establecimiento en el que trabajó de chico haciendo el reparto con un triciclo acondicionado con una gran caja de madera para acomodar las canastas repletas de mercaderías.
En alguno de estos establecimientos funcionaba también un despacho de bebidas, con su mostrador forrado de estaño y su pileta para lavar los vasos provista de una alta canilla con “cuello de cisne”. Este sector se encontraba semi-separado del almacén propiamente dicho por un tabique para que, de esta manera, las señoras pudiesen hacer sus compras sin ser molestadas por algún parroquiano algo “mamado”. A la caída del sol, cuando ya las mujeres no salían de sus casas, tres o cuatro mesas reunían a los vecinos en algunas ruedas de truco o de mus mientras gustaban el vermut acompañado por maníes, queso y aceitunas.
Salvo el muchacho que hacía el reparto, el almacén era atendido por el matrimonio propietario. La almacenera rara vez servía copas, dedicándose a la atención de las parroquianas, a quienes ofrecía, telas, artículos de mercería e incluso medias de nailon y delicadas enaguas de seda.
Gran parte de los comestibles se vendían sueltos, y ocupaban los cajones instalados en la parte inferior de las estanterías. Azúcar, yerba, harinas, arroz y fideos guiseros se mostraban tras el frente vidriado de esos cajones de donde eran retirados por los despachantes con grandes cucharas y depositados sobre hojas de papel de estraza que se convertían luego en un singular paquete gracias a una especie de “repulgue” que los almaceneros hacían con dedos rapidísimos.
Los aromas de las especias, de los quesos bajo campanas de vidrio, de los encurtidos expuestos en recipientes de madera, de las ristras de salamines, del aceite de oliva en su gran tambor provisto de robinete; se mezclaba con el olor del querosene y la lavandina que también se vendían sueltos, y con el del fluido Manchester que, mezclado con agua, servía para regar los pisos de ladrillos o de mosaicos calcáreos.
Elemento infaltable en estos recintos de tentaciones gastronómicas eran los gatos. Dormilones, gordos y de pelajes diversos, los felinos eran aliados del propietario en la continua contienda que éste mantenía contra los roedores. Como los gatos, los propietarios rara vez abandonaban el comercio, ya que tenían sus habitaciones en los fondos.
Tanto era el tiempo que pasaban los almaceneros en sus emporios, que no poseían más contacto con el mundo exterior que los comentarios de las vecinas, ignorando los adelantos tecnológicos, científicos y de toda índole que se iban produciendo en el mundo.
Un relato mil veces repetido en nuestro Pilar indicaría esta desinformación general de los almaceneros de la época. Cuentan que en esa oportunidad, un viajante de comercio llegó a uno de estos establecimientos, situado en una calle céntrica, para ofrecer una bebida gaseosa que recién aparecía en nuestro país con la denominación de “7 up”. El almacenero, al escuchar el “Seven ap”, lanzado en macarrónico inglés por el vendedor, preguntó interesado –“¿Y eso qué es? ¿Barniz o pintura?”.
Como siendo chico conocí al almacenero a quien se le adjudica la anécdota, vaya para él nuestro cariñoso recuerdo y nuestro agradecimiento por los caramelos que sacaba de un enorme frasco y me daba como yapa cada vez que mi madre me mandaba a hacer “los mandados”. n