por José Luis Gómez
Fiesta en la Reserva
Hace unos meses tuvimos fiesta en la Reserva Natural Municipal de Pilar. Bajo un sol tímido y un cielo azul, a media mañana, envueltos en el frío de un invierno que no cedía su lugar a una primavera ya renacida, que encendía de amarillo a los aromos y llenaba de brío el corazón y la garganta de los zorzales, algunos voluntarios esperábamos a quienes ya venían en camino desde la Fundación Temaikén con animales nativos para liberar. Llegaron con doce aves, dos peludos y un zorro.
La liberación de fauna autóctona en un ecosistema del cual forman parte es un acontecimiento culminante para quienes colaboramos con la preservación de los espacios naturales. También lo es para las personas que cuidan a esos animales durante la cuarentena que deben realizar antes de ser liberados, personal de la Fundación Temaikén en este caso. Asimismo, lo sería seguramente si estuvieran presentes para aquellos que los incautan a quienes trafican con ellos.
Llegaron unos quince jóvenes entre mujeres y varones. El acontecimiento se filmó, se fotografió, y los responsables de ambos lugares se expresaron con palabras de recién llegados y de bienvenida.
La primera etapa correspondió a la suelta de las aves.
Ante la caja de madera dividida en compartimientos que contenían a las aves según las especies, uno de los jóvenes recién llegados de Temaikén más un guardaparques local abrieron la puerta para dejarlas salir paulatinamente. Así salieron dos pepiteros de collar, cuatro jilgueros, una calandria común, dos reinas moras y dos cardenales de copete rojo. Un tercer cardenal permaneció dentro de la caja, seguramente conmocionado por la obscuridad del encierro y los ruidos y movimientos del viaje. Algunas aves partieron hacia el pastizal, amarillo por el rigor del invierno y por una sequía prolongada, hija seguramente del cambio climático; otras volaron hacia el bosquecito de talas y alguna más hacia el río, los tres ecosistemas que constituyen esta Reserva.
Los cardenales, excitados, cantando sin cesar, se posaron en un tala muy cercano, y desde allí nos brindaron un espectáculo privado muy agradable de ver. Tan agitados estaban que sin dejar de cantar ni de volar de rama en rama en el mismo árbol, se provocaban entre ambos con los copetes erguidos, visibles por su color rojo sobre el verde de las hojas perennes del tala. Hasta que de pronto, en el apogeo de la disputa alada que nos mantenía hipnotizados, se enredaron en el aire en un revoltijo de plumas y cantos disonantes para terminar por un momento en el suelo, arriesgando. Mientras tanto el tercer cardenal, superado su aturdimiento, voló hacía el mismo árbol, atraído seguramente por los cantos y el estallido de la lucha. Al momento tuvimos otra presencia, un cuarto cardenal, quizá local o visitante. Ante su llegada, los cuatro abandonaron el tala para dirigirse a otro, solitario, en medio del pastizal y distanciado de nosotros.
Ya libres las aves, pasamos a los dos tanquecitos de guerra, los peludos. Llegados en cajas separadas, fueron liberados en el mismo lugar, aunque en momentos distintos. Ambos tuvieron la misma actitud. Trotando con ligereza, aunque apurados, se desplazaron entre las piernas de sus liberadores para perderse entre las malezas, bajo los árboles.
Dejamos a los tanquecitos en su tarea de conocimiento del lugar y nos alejamos para soltar al zorro, el último pasajero de este viaje entre la prisión y la libertad. Ante la posibilidad del escape, un montón de pelo gris con patas y un hocico alargado, salió al galope de su encierro para continuar con un trote y, ya al paso, casi perdido entre los matorrales se perdió en dirección al río.
Una vez devueltos los animales a su entorno, con el sol en el zenit y el aire debatiéndose entre el frío y la frescura, los presentes humanos apretamos el círculo y uno que otro opinó sobre lo acontecido. Unos trasmitieron su emoción y su optimismo por un futuro planetario hoy incierto; otros, de ambas partes, agradecieron. Aplaudimos y, al mirar hacia el cielo, noté un guiño de complicidad en el firmamento.