Tribuna del lector

¿Y...dónde estamos los adultos?

Por Alejandra Libenson. Psicóloga psicopedagoga. Especialista en educación, crianza sin violencia y nuevas parentalidades.
jueves, 23 de enero de 2020 · 00:00


Por Alejandra Libenson (*)

Es sabido que ha ocurrido la muerte de un joven llamado Fernando. El relato público dice que inicialmente hubo señales de que algo no estaba bien, dentro del lugar bailable. Pese a que se supone que había adultos monitoreando lo que sucedía entre dos grupos de jóvenes, la respuesta fue la de expulsar con fuerza física a la calle la situación, lo que llamaríamos el “problema” y desentenderse.
Fuera del boliche, más tarde, en un ataque descarnado mataron a Fernando. Un golpe en la cabeza con una fuerza descomunal, provocó su muerte producto de una gran alevosía. Al tratarse de un delito, quienes hayan sido materialmente los autores, deberán asumir las consecuencias. ¿Pero quiénes somos los responsables primarios? Nosotros, los adultos como sociedad. ¿Se podría haber evitado? Surgen muchas preguntas.
Lo cierto es que para que se llegue a una situación tan grave, algo se nos perdió en el camino. La mirada, el acompañamiento, la comunicación, el cómo transmitimos y educamos en valores en el interior de las familias.
Ya desde los primeros aprendizajes se arman las matrices para los futuros comportamientos fuera de casa. Son el antídoto para tanto descontrol. Las instituciones, los padres, madres y cuidadores, les debemos a los niños-niñas y adolescentes el derecho a ser protegidos, desde un lugar de autoridad confiable, como transmisores de derechos y responsabilidades.
Y no se trata de ejercer poder bajo amenazas de premios y castigos, sino de darles herramientas para que luego puedan manejarse solos en la vida, conociendo sus propios límites y pudiendo decir: ¡Hasta aquí llego!
Así, se van armando las normas y los límites en el interior de las familias, la tolerancia a la frustración, y el poder medir las consecuencias de los actos propios.
Sin esta construcción del no, se replican ciertos modelos de impunidad, de masculinidad entendida como el ejercicio de poder y de sometimiento.
Creo que también falló el ejercicio por parte del Estado de su rol de protector, y garante de que se cumplan ciertas normas y prohibiciones. Sin estos diques y soportes de prevención y protección, los dejamos totalmente expuestos y desamparados. Vemos niños devenidos en adolescentes, sometidos también al gran grado de alcohol que circula indiscriminadamente, levantando ciertas barreras que hacen que el impulso no se detenga y se magnifique el nivel de agresión en grupos con líderes negativos que ya previamente poseen cierta violencia.

*Psicóloga psicopedagoga. Especialista en educación, crianza sin violencia y nuevas parentalidades.
 

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