El femicidio que conmociona a Pilar

por Andrea J. Carpaneto.


por Andrea J. Carpaneto


La triste noticia del femicidio de Laura Sirera, de 34 años en Pilar, conmovió a toda la comunidad. Estuve varias semanas pensando sobre cuál era el modo más adecuado de abordarlo. Como en los demás casos de femicidios sobre los que ya he escrito, cuidar la información me sigue pareciendo un hecho fundamental. Más aún cuando hay niños/as que fueron  víctimas de la violencia intrafamiliar, como testigos de la misma. 
En primer lugar, la difusión de los detalles del femicidio revictimizan a los hijos/as. Ellos/as, perdieron ambos  padres. No necesitan conocer más detalles. Esto requiere del mayor cuidado en la difusión. De grandes, esos niños/as podrán conocer los hechos, cuando estén preparados emocionalmente para ello. 
En segundo lugar, la violencia intrafamiliar se da en el secreto del hogar. La complejidad de esta temática, crea confusas opiniones en la sociedad. La mujer que se encuentra en esta situación no tiene recursos para salir. Ninguna mujer se queda por comodidad. 
La violencia intrafamiliar sucede en todas las clases sociales, cualquiera sea su nivel educativo. La mujer que la padece no habla de su sufrimiento, el cual soporta durante años. Tal vez si el varón presenta un perfil que muestra algo de su ejercicio de la violencia, el entorno pueda notarlo. 
Pero hay perfiles de varones violentos que no se ven. Ellos son las aparentes parejas perfectas, padres cariñosos, buenos compañeros de trabajo, pueden hasta ser muy amables y/o comprensivos y hasta solidarios con otros/as que sufren. Pero al interior del hogar las cosas pueden ser muy distintas. 
Un varón que llega a cometer un femicidio en el ámbito doméstico, no lo hace por un momento de furia, ni sucede por el tan mentado diagnóstico de “emoción violenta” (tipología de dudosa existencia). Ese varón viene amenazando a su pareja hace mucho tiempo. Solo que la condición de ser una mujer con formación académica, puede hacer que la avergüence y, así, callar las amenazas  recibidas. Sucede con frecuencia: muchas mujeres tienen vergüenza de reconocer que, a pesar, de tener conocimientos en la temática de género, también pueden ser víctimas de esa misma violencia. El silencio es un efecto de los prejuicios de nuestra sociedad. Una cultura patriarcal que marca el paso en todos los ámbitos privados y públicos sobre el accionar de las mujeres. 
Los prejuicios  aíslan y desprotegen a las mujeres.
Vivimos en una sociedad donde falta muchísimo por deconstruir. Muchas mujeres callan las violencias recibidas por sentir frustración al no poder salir de la situación y ser juzgadas por su entorno.
El caso más reciente de femicidio, ocurido en Olavarría, nos obliga a reflexionar. Valentina, de 19 años, era, a su vez, hija de una víctima de femicidio. Después de sufrir por el asesinato de su madre, se vio atrapada en la misma situación. Ella misma fue asesinada por su pareja. 
El patriarcado enseña a las mujeres a callar, a soportar todo tipo de dolores (psíquicos y físicos), nos ensena a ser sumisas y a guardar silencio de los maltratos recibidos. 
La Ley Micaela, o Ley de Capacitación Obligatoria en Género, para todas las personas que integran los tres poderes del Estado (N 27499) establece la capacitación obligatoria en la temática de género y violencia contra las mujeres, que debe realizarse en todas las reparticiones públicas. Esta ley, sin embargo, aún no se implementa en todas las áreas. 
El único instrumento que poseemos para cambiar esta realidad sobre las mujeres es la prevención. Tenemos la obligación de cambiar la cultura patriarcal. El hecho de ser mujer no debe ser un peligro para su propia integridad física. Avancemos en concientizar, visibilizar, decontruir los modelos violentos, para una sociedad con equidad entre los diferentes géneros que conviven en ella.

Psicóloga U.B.A.
andreajcarpaneto@gmail.com


 

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