Premian al cura que le cambió la cara al barrio Monterrey
por Alejandro Benedetti
Nació en Treviso, región del Véneto, Italia. Tiene 78 años de edad, y 60 integrando la Orden de los Salesianos. Desembarcó en Buenos Aires y, antes de llegar a Presidente Derqui, estuvo 12 años en la villa La Cava, de San Isidro.
Su arribo el barrio Monterrey Norte fue en 1987, cuando era tierra casi virgen, a diferencia del barrio Monterrey Sur que contaba con numerosas casaquintas. Lentamente empezó a trabajar en dos frentes, el edilicio y el social. Pasaron 25 años y el extrovertido sacerdote Dino Baldán prácticamente transformó la zona donde fue destinado.
La semana pasada el Concejo Deliberante lo declaró “Ciudadano Ilustre del Partido del Pilar”. Dino aceptó gustoso la distinción y en su breve discurso subrayó: “Daré mi vida por hacer el bien con los que me ayuden con el barrio Monterrey”.
Cuando se habla de transformación todos saben que primero completó el edificio de la Capilla Nuestra Señora de Caacupé. El nombre se debe a que se encontró con una importante colonia de inmigrantes paraguayos que asistían a las misas de su predecesor, el padre Vicente.
Luego levantó un amplio galpón de material para dictar cursos con salida laboral para los muchos jóvenes sin profesión ni trabajo. “Pero el gobernador (Eduardo) Duhalde no me autorizó los subsidios para solventar a los profesores, y todo se frustró”, recuerda el salesiano al tiempo que cuenta el nuevo destino de la construcción: garage, depósito de alimentos y guardería de ropa destinada a las ferias americanas para obtener recursos. Eso sólo sería el principio de la notable expansión porque con los años terminó de mejorar la estructura de la hoy coqueta capilla. Más tarde levantó otra amplia dependencia para fundar Los Exploradores de Don Bosco. Allí se reúnen desde hace 14 años unos 150 chicos y adolescentes que buscan una formación muy ajena a la de la calle. “Había muchos pibes en banda, los padres sin trabajo por la crisis económica y ellos encontraron algo bien distinto que los contenía y los formaba”, recuerda Baldán con el cuadro de la distinción que le otorgaron los concejales.
Gimnasio
En tanto, a los Exploradores hay que sumarle otros 150 chicos que se forman en el mismo salón para la Primera Comunión. No obstante, el religioso entonces consideró que faltaba algo clave: un amplio gimnasio. Se construyó en sólo dos años y se utiliza para la práctica de deportes, ferias, bingos, conciertos, y encuentros de padres.
Pero aún le quedaban ganas de seguir edificando en función del barrio y por eso levantó, frente al gimnasio, un edificio con ocho aulas y un primer piso “para los que quieren hacer algo bueno para el barrio y no tienen dónde reunirse”.
Entre las actividades está Alcohólicos Anónimos y varias mujeres que proyectan acciones solidarias. “En 1987 me encontré con un Monterrey sencillo, y hoy a uno con grandes bondades y grandes vicios”, fundamentó el cura sobre la importancia de un lugar para muchos necesitados de una palabra de alivio y una referencia social. Y eso también se refleja en los Exploradores que reciben la enseñanza de códigos, ética y solidaridad desde muy temprano.
Una obra con alegrías y tristezas
Pasar un cuarto de siglo casi en soledad no es fácil. Por eso su mayor alegría fue cuando Magdalena Martínez de Estévez llegó a su capilla para ayudarlo. La había conocido trabajando en La Cava. Allá, esa mujer con tanto sentido común, fue su mano derecha por 12 años, y cuando fue destinado a Derqui sintió la amarga soledad. Magdalena perdió a su marido y no dudó en venirse a Monterrey para retomar el trabajo solidario con Dino Baldán.
“Ella me hizo el aguante siempre, tanto en mis varias operaciones de la vista, como en la capilla o en el arduo trabajo social, esa fue mi mayor alegría aquí”, dice el sacerdote mientras mira una fotografía de quien lo acompañó hasta hace escasos meses porque Magdalena falleció dejándole el más grato recuerdo.
Grandes tristezas; Por ejemplo cuando en todos estos años fue visitado cuatro veces por inspectores de la Congregación Salesiana, y nunca tomaron en cuenta sus pedidos “para hacer una gran obra salesiana y no dejar todo en manos de un hombre solo y sin recursos económicos, pero pese a eso debo decir que nuestra parroquia funciona muy bien”. Y su último dolor también lo sufrió hace tres meses cuando la encargada del comedor comunitario “María Auxiliadora” falleció inesperadamente por una grave enfermedad. “Ella era el alma del comedor porque, aparte de la comida para más de 150 personas que hacía todos los días, armó una huerta donde enseñó a muchos a trabajar la tierra y cosechar sus frutos”, dijo el salesiano Dino Baldán ensimismado en sus tantos recuerdos.