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Tribuna del lector: Pobreza y asistencialismo

29 de julio de 2012 - 00:00

 

por Ramiro Giganti*

 

“Ellos son pobres, yo soy más o menos” decía un chico de la Villa 31bis ante el asombro de jóvenes militantes de clase media. Esto ocurrió hace ya más de 10 años, en la primavera del 2001, un par de meses antes que el presidente huyera en helicóptero dejando un desastre económico y 30 muertos en sus últimos 2 días. El chico decía eso mirando una foto de otro chico en medio de un basural. Yo era uno de esos jóvenes militantes de clase media con ciertas dificultades para entender que significaba ese comentario, o la necesidad de saber que hay quienes están peor, algo que sí es más frecuente en la clase media. De allí que “ayudar a los pobres” aparece como una acción hacia la nada: sacarse de encima ropa que no le sirve o donar esos libros o papeles que ocupan espacio en la casa, o los 5 pesitos de CARITAS como para decir que somos buenos. O mudamos nuestra basura o compramos el derecho a ser buenas personas, o al menos aparentarlo.

En aquellos días del 2001, junté libros para un proyecto de biblioteca popular, así como útiles escolares para un apoyo escolar que ya estaba en funcionamiento… y entre los libros que me donaron encontré uno cuyo titulo era… ¡Aprenda equitación! ¿Tenía que agradecer esa donación que además de incrementar el peso de lo que llevábamos no servía absolutamente para nada?  O sea, además de aceptar sobras ¿el pobre tiene que agradecer? De eso, de comprar el derecho a hablar de pobreza, del asistencialismo, y de quienes niegan la pobreza, entre muchas otras vergüenzas de capitalismo cuya desigualdad da pie al asistencialismo y clientelismo político, se trata esta nota.

Los domingos 24/6 y 1/7 el programa de mayor audiencia de ese día estuvo dedicado a la pobreza. Por su trascendencia, por la triste realidad, y también por la obsecuente negación de quienes apoyan incondicionalmente al gobierno (también desde sus medios), todo parece indicar que este debate da para largo: se va a hablar mucho de pobreza. Y me atrevo a apostar que se van a decir muchas estupideces al respecto (de hecho ya está pasando).

Cuando se habla de pobreza se suele hablar de hambre. El “lugar común” es un comedor. Los chicos van, comen, al día siguiente vuelven a tener hambre, y vuelven a ir, y mientras el comedor tenga, seguirán yendo hasta que algún día, por algún gesto de crueldad, haya desabastecimiento.

Ahí los medios harán negocio mostrando lo peor: el hambre en un país productor de alimentos. De una tercera salida, que sería que esos chicos además de comer, tengan posibilidades de educarse, de divertirse, de aprender oficios, y ya más grandes, de tener un trabajo digno, por qué no en cooperativas o emprendimientos propios que les permitan emanciparse de este infierno, se habla muy poco.  Por otra parte, la respuesta de los defensores del gobierno fue “esos chicos hoy cobran la asignación universal”.

 

Mi amiga Nelly Benitez escribió en su libro “Guardianes de Mugica, Diamantes en el barro” la necesidad de que los comedores desaparezcan, o en todo caso se transformen en escuelas, centros culturales, o talleres de formación y empleo. Pero ¿Qué pretende Nelly? ¿Qué los chicos se mueran de hambre? No. Parece ridículo salir a explicar que no, pero sorpresivamente muchos no entienden algo que parece tan claro. Lo que pretendemos, tanto Nelly, como yo, como muchos otros (aunque a pesar de muchos sigamos siendo minoría) es que quienes van a un comedor, en algún futuro dejen de tener la necesidad de ir.

Pero para eso se necesita mucha planificación, trabajo a largo plazo, y un pequeño gran detalle: prepararnos para vivir sin pobreza. Lo que entre otras cosas significa terminar con el negocio de la pobreza. Y agrego algo todavía más alarmante para muchos: que los pobres tengan lo mismo que quienes nunca lo fueron.

“Ayudar a los pobres” es un negocio que solo funciona si hay pobres. Un negocio del que viven millones de ONGs, con el que los gobiernos se perpetúan en el poder, y que a numerosos empresarios les sirve para pagar menos impuestos, o levantar su imagen (fundamental para el Marketing y la comercialización de sus productos).

Tanto gobiernos como partidos políticos hegemónicos, pero también empresas, fundaciones, parroquias, periodistas, investigadores, y muchos otros, hacen negocio con la pobreza ajena. De esta manera aparece otra modalidad y lucro en base a la pobreza.

Además de la explotación tradicional a la clase trabajadora, el pobre además de vender su fuerza de trabajo le brinda otras oportunidades de lucro a los sectores pudientes. Hacer campaña política, o poner a personas necesitadas a bailar en un programa de televisión para que el golpe bajo dé rating y aumenten las ganancias. Hay muchos que lucran con la pobreza, pero en este sistema son “exitosos” y encima se presentan como solidarios.

Los trabajadores que luchan por su salario, se presentan como violentos o desagradecidos, los desocupados como vagos… y todos ellos como “perdedores”.

El pobre sí o sí debe ser sumiso y agradecido. Tanto al gobierno como a quienes les donan lo que sobra. Debe agradecerle al gobierno la asignación universal, o las netbooks, aunque tenga necesidades insatisfechas y carezca de oportunidades para poder salir adelante.

El asistencialismo existe en varios lugares y la lógica de la “caridad” es uno de sus principales flagelos. Porque es asimétrica pone a quien da por encima de quien recibe. Entonces, lo que se logra es perpetuar la sumisión. Como dice Eduardo Galeano: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo.”

 

*Militante Social.

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