La radio a galena
En los primeros años de la radiofonía, poseer un buen receptor de radio era toda una cuestión tecnológica y pocas familias podían permitirse comprarlo dado su alto precio. Las bondades del silicio todavía eran ignoradas por los físicos y aún las mayorías de los aparatos eran valvulares, alimentados con pesadas baterías o con la escasa electricidad que se distribuía en las ciudades. Por ello, los ingeniosos tenían a mano una radio muy simple, que no necesitaba pilas y que aprovechaba las propiedades rectificadoras del mineral de galena, compuesto de azufre y plomo, de color gris y muy brillante. Para confeccionar el aparato se utilizaba material reciclable no contaminante, por lo que la energía era absolutamente limpia.
Este receptor sin baterías y alimentado con este mineral, pese a su simplicidad, permitía escuchar las emisoras más potentes.
Nuestros pueblos también las utilizaron y según nos comentó un precursor en la Villa Toro, Don Mario Mengoni, se obtenían muy buenos resultados y le permitía escuchar a él y a toda su familia los partidos de fútbol, las noticias y los ansiados radioteatros de entonces. Su experiencia con la radio a galena estuvo marcada por las décadas del treinta y del cuarenta. En un primer momento, colocó la antena desde la punta misma de un alto molino y años después, desde dos altos postes, a una altura superior a los seis metros. Desde ella, tiraba un cable hacia tres bobinas (desde la más grande a la más chica) y desde éstas, una conexión a la “piedra” de galena. Según la “pinchara” con el auricular, escuchaba tal o cual emisora.