El último bohemio
por Victor Koprivsek
Pocos conocen su verdadero nombre, para todos es el “Gran Tío Dick” de Presidente Derqui.
Cientos de historias lo tienen como protagonista y otras miles como testigo directo. Su guitarra, sentenciosa y popular, supo acompañar a vecinas y vecinos que se arrimaron a la ronda bohemia que, a lo largo de sus 61 años de vida, supo forjar en casi todas las esquinas del barrio para celebrar el folclore y las raíces.
Derquino de corazón, “El Tío Dick” es uno de los referentes de la cultura más destacados de la zona. El domingo pasado festejó su cumpleaños en familia y con amigos, a partir del mediodía el folclore nostálgico de quienes llegaron de las provincias a buscar en la gran Buenos Aires progreso y esperanza, se dio cita en el bufé del Club Unión de Derqui.
Y cuando el sol pintaba de rosado el crepúsculo y la tarde en fuga marcaba el final de la partida, la sorpresa llenó de alegría el corazón de los presentes, es que sin aviso llegó humilde y silencioso Cuti Carabajal, un grande entre los grandes, para entonar unas canciones y como regalo a otro grande.
Padre de dos hijas, Ariana y Marina, una Traductora de Inglés y la otra cantante de reggae y Profesora de Literatura. Y casado con la Tía Mary compartiendo aventuras y emociones desde hace más de 35 años, Délfor Velárdez (así figura en el D.N.I.) ha cumplido con los objetivos más importantes del hombre: buen padre, tío, amigo y ahora… abuelo. Es que León, su primer nieto, llenó de babas la cocina.
El “Tío” hizo la Primaria en la Escuela Nº 11, como todos los nacidos en el pueblo allá por la década de cincuenta. Y el privilegio de la Secundaria, en el Instituto Caseros.
“Mi hermano era un genio, la maestra lo llamó a mi padre para decirle que por favor lo haga seguir estudiando, y nuestro papá dijo: -los varones tienen que trabajar y las mujeres cuidar a sus hijos”, dice la hermana de Delfor, Hilda Velárdez.
Integrante clave de “El Bodegón”, espacio cultural que funcionó algunos años en la cancha de bochas del Club Unión, y forjador de jóvenes talentos que después de sus palabras se volcaron de lleno a la defensa de la cultura como trinchera de cambio, Dick es quizás el último bohemio genuino con los códigos intactos.
Naipes, burros, tangos, chacareras, bodegones, amigo de personajes, trasnochador, taxista, bebedor de Coca Cola (su gran vicio), lector incansable, se sabe que junto a él, todo puede pasar, desde toparse con poetas ensimismados, bailar en patios perdidos, degustar locros y empanadas exquisitas cocinados por mujeres con delantal, ir de serenata por las calles de los barrios más perdidos, hasta recorrer distancias descomunales por el capricho de un pálpito.
Nada de lo que se diga en esta nota alcanza para definir el carácter sobrenatural de este vecino, cuya fama trasciende las fronteras del tiempo y los días.
El “Tío Dick” ya es un mito. Estuvo en la Feria del Libro de Buenos Aires con la misma naturalidad con que lo hizo en la esquina de Iparraguirre y Toro. Muchos fuimos acunados por su musa, el tango quejumbroso de Discépolo y las zambas impecables de Yupanqui.
La sombra de este hombre alimenta el fuego sagrado de la prosa recalcitrante de los zanjones, es capaz de tocar la guitarra dormido, con tal de acompañar en una canción a quien lo necesite, sin importar la hora o el lugar.
“Cantar alivia, poder expresarse ayuda al alma, todos tendrían que cantar y dejarse llevar por la música ancestral de nuestra tierra”, supo decir en más de una ocasión.
Vaya pues esta columna como humilde homenaje para quien encendió en el barrio, una antorcha de respeto a la cultura. Luz de dignidad que muchos aprendimos a defender.