Antonio Espasa tiene 67 años es pilarense y es el churrero más antiguo de Villa Gesell, ciudad que lo enamoró en 1979. Desde entonces, no faltó ni una sola temporada a su cita con la venta ambulante, con el mar y con las familias que fueron creciendo con él.
Lo suyo es mucho más que un oficio, es una pasión que lo lleva a caminar entre 20 y 30 kilómetros diarios, porque como bien explica: “los churros hay que venderlos todos”.
Y 48 veranos pateando la arena con su canasta a cuestas son suficiente aval para que la suya sea palabra santa y para que su análisis sobre la actualidad costera sea mucho más preciso, objetivo y agudo que cualquier estadística que circule por allí.
En una charla con El Diario, calificó la temporada actual como “floja, hay entre un 10 y un 20% menos de gente que el año pasado”, aunque aclaró que “hay que tener en cuenta en realidad que todas las últimas temporadas han sido flojas”.
“Yo recuerdo -amplió- antes de la pandemia y ahí para atrás, temporadas en que la segunda quincena de enero, que es donde explotaba Villa Gesell, encontrabas gente durmiendo en los autos a la noche porque no encontraba alojamiento. Inclusive en años donde el municipio pedía a los vecinos que habilitaran sectores de su casa para poder albergar a la cantidad de turistas que venían”.
“Ahora -en cambio- podés venir en la segunda de enero sin reservas y a las dos horas estar instalado y conseguir alojamiento”.
La duración de las vacaciones también es un reflejo de una época de vacas flacas: “¿Un mes? Olvidate, ¿quince días? Olvidate. Generalmente es por una semana y sobre todo los fines de semana, donde sí viene mucha gente”, afirma.
De todas formas, se mostró optimista de cara a lo que queda del verano: “tenemos expectativas para el mes de febrero. Los cuatro días de carnaval seguramente vamos a rebalsar de turistas. Y después viene la carrera de motos que es muy importante”.
El último bastión
Con una meticulosidad extrema lleva anotadas las ventas diarias de estos 48 años y aunque mantiene en reserva la cantidad de docenas que comercializa cada día, reveló que el consumo repuntó respecto del año pasado, tras dos veranos de caída consecutiva.
“El año pasado vendí un 9% menos que el anterior, que ya había vendido un 10% menos que en 2023, ahora creció un 5% comparado con 2025”.
Vaivenes mediante, tal parece que en épocas de recortes y bolsillos castigados, el churro es el último bastión del veraneante argentino, un gusto al que, por ahora, no está dispuesto a renunciar por completo.
“En términos generales, la gente hace un pequeño esfuerzo, digamos, y se da los pequeños lujos, porque gastar una docena de churros no hace la diferencia, por ahí sí otras cosas”, señaló Antonio, para agregar que “no he tenido gente que se queje del precio”, que hoy se ubica en los $14 mil pesos.
Historia de un amor
Sobre sus comienzos en la venta ambulante costera, Antonio recuerda que “un par de años me dediqué a la venta de gaseosas y luego ya directamente al churro. He trabajado para varias churrerías en todos estos años, en todas he estado siempre por arriba de una década, siempre tratando de estar en los lugares donde haya la mejor onda, el mejor de los respetos y la mejor de las calidades, y desde hace 18 años estoy en “La 104””.
Se trata de una de las churrerías más tradicionales de Villa Gesell, con 25 años de trayectoria, y allí llega todas las mañanas, puntualmente a las 7:30, para recoger las docenas que venderá, primero por el barrio, para acompañar los primeros mates del día, y luego en la playa.
La rutina, que respeta de forma religiosa y sin descanso, arranca antes de la Navidad y culmina los primeros días de marzo. Atrás quedaron los años en los que la temporada se iniciaba a principios de diciembre y se extendía hasta la Semana Santa.
De la misma manera, cambió el perfil de una ciudad que supo ser la meca de los jóvenes y que “después del crimen de Fernando Báez Sosa (asesinado por una patota de rugbiers en la puerta de un boliche en 2020) dejaron de venir”, explica Antonio.
Hoy es el lugar elegido sobre todo por familias, muchas de las cuales el pilarense vio crecer a la par suya. “Yo vengo atendiendo a tres generaciones, entonces se forma un vínculo de gente que ya ahora es mayor, inclusive son padres y me compraban sus papás cuando ellos eran chicos”, asegura y agrega: “si algún turista por algún motivo no tuviera el dinero suficiente, yo dejo fiado, le digo páguenme al otro día o cuando ustedes puedan. En ese sentido no tengo inconveniente”.
Mientras se autodefine como un “enamorado de Villa Gesell”, ciudad a la que califica como “lo más grande que hay, hermosa, cada día está mejor, más linda”, asegura que con cierta nostalgia anticipada que ya vislumbra su retiro.
“Yo digo, bueno, ya tengo 48 temporadas y casi 68 de edad. Cuando tenga las 50 temporadas y los 70 años me retiraré. Pero mientras tanto, firme como siempre”, concluyó el pilarense que ya es una institución en la ciudad balnearia.
Regreso y Mundial
A su regreso de la costa y con las expectativas de un año mundialista, Antonio volverá a Pilar Centro con el merchandising celeste y blanco. “Me verán en la esquina de Ruta 8 y 25 con todos los productos de Argentina campeón”, adelantó.