Algo que tenemos que saber sobre el barbijo

Después de 11 meses de su irrupción, el barbijo se convirtió, en un ícono cultural. Nos recuerda que es una de las pocas formas de evitar que el coronavirus se propague y nos introduce en un tiempo en que la mirada es lo que queremos resaltar. 
viernes, 12 de febrero de 2021 · 20:13

Si hubiese que hacer un dibujo o escribir una sola palabra que resuma el cambio inmenso que generó la irrupción del coronavirus en el mundo, muchos apelarían al barbijo. En Argentina y también en Pilar, se impuso por normativa y la población debió incorporarlo a la vida diaria. Lejos de tratarse meramente de una protección sanitaria, se integró a la indumentaria –grandes firmas internacionales crearon el suyo propio–, convirtiéndose en una pieza de identificación – a pesar de la evidente resistencia que genera su uso– que habla también (paradójicamente) de una crisis económica agudizada por la pandemia en los cientos de personas que se lanzaron a fabricarlos y venderlos, sobre todo en la calle de forma ambulante, de la misma manera que otros comercializan medias o biromes.

En muchos casos se convirtió en una pieza de comunicación ya sea de gustos musicales, culturales en general, de cuadros de fútbol que quizás son los más populares. Y más allá de esos mensajes más específicos hay otros elementos de comunicación que son más indescifrables que tiene que ver con la atención que una persona le pone a ese barbijo respecto a la combinación de texturas o colores respecto de la imagen en general.

El barbijo instaló modas, looks y estilos de vida. Es el accesorio que termina de completar la combinación de nuestro estilo y de lo que queremos mostrar. Vimos diseñadores y artistas confeccionar los barbijos más exóticos y extravagantes y a los profesionales de la salud con los más simples y seguros. Es como si el barbijo que usamos determina de alguna manera nuestro grado de compromiso con esta enfermedad o simplemente como podemos afrontar “la incertidumbre” que genera vivir una pandemia.

Su incorporación como parte de la indumentaria no tiene comparación histórica. No hay otra pieza que pueda dar cuenta ni de la velocidad en la que se incorporó y ni de la extensión a la que llegó. Recordemos, a modo de ejemplo, una transmisión cultural curiosa: las famosas máscaras con forma de pájaros que usaban los médicos durante la peste negra y que en ese espacio del pico se ponían hierbas aromáticas que de alguna manera neutralizaban los olores pestilentes de los cuerpos pudriéndose, es algo que uno después puede encontrar vigente en los carnavales de Venecia.

Sin embargo, a pesar de su uso masivo, promovido por la imposición de los Estados, se puede advertir en la ciudad una distensión. No me atrevo a asegurar que todos lo tenemos incorporado, aunque en nuestro perchero sobren los barbijos. Hay una resistencia que intenta rescatar aquel rostro de libertad.

 

Las calles volvieron a llenarse de caminantes. Con protocolo, chicos, adolescentes y adultos que no son población de riesgo retomaron la rutina. Sin embargo, los rostros que se ven no son completos. Los barbijos limitan las expresiones y causan un efecto psicológico llamado “síndrome de la cara vacía”.

El rostro tapado comienza a afectar la interacción social. Llevar la cara tapada nos oculta una parte importante de los signos que nos ayudan a distinguir las emociones que siente la persona que nos habla Sin gestos, sin sonrisas, las conversaciones se complican.

El síndrome provoca una sensación de extrañeza y vulnerabilidad ante una nueva imagen social. Sucede con el barbijo puesto y cuando no se lleva también. Incluso, es el propio cerebro el que recuerda que hay que ponerse un tapabocas. La persona se siente expuesta o, como el término indica, con la “cara vacía”. Es más frecuente en el grupo social de los “cumplidores”, aquellas personas que, como su nombre indica, cumplen con las medidas indicadas. Se identifica con el conjunto de síntomas mentales y emocionales que nos ocasiona el dejar de tener puesto el barbijo, debido a la sensación de vulnerabilidad a la enfermedad que podemos sentir y, por otro lado, nos genera malestar el ver a otras personas sin tapabocas.

Hace algo más de dos décadas, se descubrió que en nuestro cerebro existen unas neuronas, llamadas “neuronas espejo” que son responsables de la capacidad que tienen las personas de ser empáticas, ya que permiten percibir el estado de ánimo que tiene el par que se tiene enfrente, si está cansado, alegre o triste.

El ser humano se rige con seis emociones básicas: alegría, miedo, ira, tristeza, asco y sorpresa. Su codificación facial es específica y universal, todo el mundo expresa estas seis emociones básicas de igual manera. Con el tapabocas, se pierde parte de la transmisión de estas emociones, por lo que es importante transmitir verbalmente lo que sentimos para comunicarnos con los demás.

Por esto, este es el tiempo en que la mirada se convierte en todo lo que queremos resaltar. La mirada es nuestra mejor arma de seducción, de comunicación y expresión. Me gusta imaginarme el momento en que extrañemos no usar barbijo. Mientras tanto me seduce pensar que nuestros ojos son protagonistas.

Comentarios