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La ciudad mariana que no fue

Pilar pudo ser la capital nacional de la fe, pero ¿qué pasó en el medio?

En 1630 la Virgen María decidió detenerse en una estancia de Zelaya. Cuarenta años después, la imagen fue adquirida a 200 pesos por Ana de Matos, quien la trasladó para siempre a Luján.
Por Redacción Pilar a Diario 5 de diciembre de 2021 - 00:03

por Celeste Lafourcade
c.lafourcade@pilaradiario.com

A veces no son las grandes acciones sino las pequeñas decisiones las que definen el destino de una historia. Como si de una moneda arrojada al aire se tratara, en ocasiones los recorridos se tejen en torno a cuestiones más vinculadas con el azar que con la planificación.

¿Qué hubiera sido de Pilar si aquella Virgen custodiada por el negro Manuel nunca hubiera sido movida del lugar donde decidió no continuar su viaje en carreta, es decir, la localidad de Zelaya?

Si navegamos en el universo de lo posible, no resulta absurdo preguntarse si Pilar, como la ciudad mariana que no fue, podría ser hoy el distrito cabecera de la fe popular. Y en escenario, si hubiera contado con una basílica de las características de las de nuestro partido vecino que movilizara a miles de fieles, una industria turística cimentada sobre la religión o una peregrinación multitudinaria una vez al año.

Fue en 1671, cuando una mujer, Doña Ana de Matos, movida por su devoción  –y visionaria como nadie- cambió el rumbo de los acontecimientos, adquiriendo la imagen de terracota con vestiduras pintadas de azul y blanco que desde hacía  40 años se veneraba en una rústica capilla de barro de la estancia de los Rosendo, ubicada a orillas del Río Luján, en la actual Zelaya.

La historia de la Virgen de Luján se remonta al 1630 cuando por encargo de un poderoso habitante de Córdoba del Tucumán, Antonio Farías de Sáa, arribaron desde Brasil al puerto de Buenos Aires, dos imágenes de María que debían ser entregadas en su hacienda de Sumampa.

La misma carreta transportaba, además, mercaderías y esclavos africanos que iban a ser vendidos en Potosí. La mencionada estancia, propiedad de Bernabé González Filiano, dedicado al tráfico de esclavos, y a su mujer  Francisca Trigueros, viuda de Rosendo, fue uno de los sitios en los que el transporte se detuvo para hacer noche.

El “milagro de la Virgen de Luján”, cuenta que al día siguiente todos los bueyes retomaron su marcha, excepto los que llevaban a Nuestra Señora de la Limpia Concepción. No fue hasta que se retiró del interior de la carreta el cajón que la contenía, que los animales continuaron su camino. El pequeño Manuel, un esclavo de 8 años oriundo de Cabo Verde que viajaba en uno de los carros, fue designado para cuidarla.

El boca en boca no tardó en hacer crecer el alcance del milagro ocurrido en estas tierras con la Virgen, que en poco tiempo empezó a ser llamada como Nuestra Señora de la Concepción del Río Luján. Dada la peregrinación de los fieles que llegaban a rendirle culto, se construyó una ermita en su honor.

Mudanza
Durante 30 años, la Virgen fue venerada en la rústica capilla de barro, siempre bajo los cuidados de Manuel, ocupado en la fabricación de velas, y a quien se le atribuyen milagros de sanación mediante la utilización del cebo de las candelas.

Entre las fieles más devotas de la Virgen se encontraba Ana de Matos, quien le ofreció al padre Oramás –apoderado del dueño de la estancia y fastidiado con la constante presencia de devotos en el lugar-, trasladar la imagen a su propiedad, ubicada del otro lado del Río Luján. El clérigo aceptó la propuesta a cambio de 200 pesos.

Viuda de su primer y único marido, Marcos de Sequeira, Doña Ana fue una mujer cautivante, de brillantes dotes para los negocios, que supo administrar y hacer crecer el patrimonio heredado de su difunto esposo. Durante años, mantuvo un apasionado romance con Tomás de Rojas y Acevedo, un joven rico una década menor que ella, con quien tuvo tres hijos, pero al que nunca le aceptó sus reiterados pedidos de mano.

Cuenta la historia que una vez trasladada, la Virgen desapareció varias veces de forma misteriosa de su nuevo sitio para volver a la hacienda de Zelaya, hasta que el negro Manuel fue enviado junto a ella para continuar con sus cuidados. Desde entonces, nunca más regresó a las tierras de los Rosendo.

Durante los primeros años, la imagen fue colocada en un altar dentro de la casa de Matos. Tiempo más tarde y como muestra de su fidelidad, la mujer mandó a construir un santuario donde luego se levantaría la actual Basílica de Luján. Allí fueron enterrados los restos de Manuel.

Además, Doña Ana donó las tierras de sus alrededores para que se levantaran construcciones para el refugio de los peregrinos y dispuso un cuarto de legua para el mantenimiento del templo.

Fue así como comenzó a crecer a 30 kilómetros de Pilar, sitio original donde la Virgen eligió quedarse, la advocación popular de la fe más grande de nuestro país.

Mientras que en nuestro distrito, en el espacio conocido como “El Lugar el Milagro”, una reconstrucción de la precaria capilla de barro donde se la honró por primera vez, sigue convocando fieles, al mismo tiempo que nos recuerda aquello que pudo ser y no fue. 

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