“¿Y ahora dónde compro las milanesas a la napolitana?” Es la pregunta que más escucha por estas horas Pablo Villanueva, a medida que sus clientes se van enterando de la noticia: el cierre de la histórica rotisería Tandil, luego de 33 años de trabajo ininterrumpidos.
Fue a principios de diciembre cuando la cortina del local de la calle Víctor Vergani al 900, en el centro de Pilar, bajó de forma definitiva y con ella, los platos que durante décadas acompañaron a los pilarenses cortos de tiempo o no muy dados a la cocina.
“Es un negocio con horarios muy sacrificados, estábamos un poco cansados con mi mujer y decidimos cambiar de rubro”, contó Villanueva en una charla con El Diario. El hombre de 38 años tomó la posta en el año 2010, convirtiéndose en la tercera generación detrás del mostrador del negocio que inició su abuelo, Antonio Fitipaldi en 1973.
Oriundo del pequeño pueblo de Bonifacio, partido de Guaminí, el fundador desarrolló sus dotes en la cocina en su paso por el servicio militar. Aquella experiencia le dio el espaldarazo para abrir el local de comida para llevar junto a su mujer, Hilda Taroni.
El negocio permaneció abierto hasta principio de la década de 1980 y fue en 1986 cuando la hija de ambos, Alicia, junto a su marido Darío Villanueva, oriundo de la ciudad de Tandil, reabrieron las puertas, bautizando el negocio con el nombre que llevó hasta la actualidad.
En cuanto al secreto de la permanencia, Pablo asegura que la clave –además de la calidad de la mercadería- está en “ser cordial, atender bien a la gente y también ser un poco psicólogo, la gente muchas veces nos contaba sus problemas”.

