“¡Gallego! Dejame pasar, dale, yo ya estaba adentro…”. José María Pauls, el Gallego para todo el mundo, escuchaba esta frase una y mil veces cada fin de semana en la puerta de Cuernavaca, de la que estuvo encargado nada menos que 15 años.
En diálogo con El Diario, rememoró sus vivencias en el boliche emblema de Pilar (y la zona norte), que este año ha cumplido el medio siglo de vida.
Pauls pasó en Cuernavaca toda la década del ’90 y los primeros años de este siglo, pero su relación con el lugar viene desde los inicios: “Yo tenía 17 o 18 años cuando Fredi Llosa creó el lugar, que fue la idea de un grupo de amigos porque en Pilar no había un espacio para juntarnos. Era para gente del pueblo, sin mucho fin comercial, pero el abanico se fue abriendo con amigos de amigos y se convirtió en un boliche, pero lo hacíamos para divertirnos”.
Todo quedaba en familia: “Los barman no habían hecho ningún curso, las chicas del guardarropas y los que pasaban música eran amigos, se fue contagiando ese espíritu y los clientes lo percibían, eso lo transformó en un lugar de encuentro en el que no hacía falta ponerse de acuerdo, yendo a Cuernavaca te ibas a encontrar con gente conocida”.
Códigos
Cuernavaca nunca fue catalogado como un espacio violento. Según el Gallego, “evitábamos por todos los medios las peleas y la presencia de las drogas. Por eso hasta los hijos de nuestros amigos siguieron viniendo”.
Además, siempre se manejó con un código de conducta no escrito, muy sencillo: “Cuando había un inconveniente veíamos quién lo había provocado y tratábamos de ser justos. Luego quedaba suspendido, por ejemplo por tres meses. Hablábamos con él, y si reincidía eran 6 meses o hasta un año… Sus amigos entraban, pero él no pasaba de la puerta, por eso generalmente se arrepentían. Peor que la muerte, es el exilio”. La amnistía dependía de la gravedad de la falta y si mostraba arrepentimiento sincero.
Un mito es que en el boliche no eran muchos los que pagaban su entrada. Pauls lo desmiente, indicando que “no era tan así. Había un criterio, estaban los amigos de toda la vida y sus hijos, y también gente muy linda que sumaba al boliche... A su vez, al que sabíamos que consumía en grande no tenía sentido cobrarle la entrada. Pero eran algunos, los habitué. Cuando se nos complicaba la capacidad, les dábamos prioridad a los de siempre”.
Epílogo
Sobre una de las marcas de fábrica de Cuernavaca, el hombre afirma que “es un boliche muy heterogéneo, pero homogéneo al mismo tiempo. Convive gente de 20 años y de 50 sin problemas. Cada grupo busca su espacio y disfruta de sus pares. Además, nunca hubo sectores VIP”.
Tras tantas noches, una dijo basta. “Dejé porque me acostaba sábados y domingos cerca de las 9, pagás un costo social grande, te perdés cenas con tu familia, eventos... Pero lo viví al 100% con un montón de cosas lindas, mi familia me bancó mucho, aunque en un momento dije hasta acá llegué”.
Eso sí: muchos pueden respirar aliviados, ya que “Cuernavaca es como Las Vegas, todo queda ahí… Ver, oír y callar es el camino del sabio. Si alguna vez publico un libro, será post mortem”.
50
Años cumplió Cuernavaca, un símbolo de la noche pilarense.
“Cuando había un inconveniente veíamos quién lo había provocado y tratábamos de ser justos. Luego quedaba suspendido”.
GALLEGO PAULS.