Nadie iba a pensar que una perdida localidad de una poco menos perdida ciudad como Pilar iba a modificar su paz a causa del fenómeno místico-pseudo religioso que encarnó Tibor Gordon por más de tres décadas. En 1954, Manzone era un puñado de casas, calles de polvo y campo, mucho campo. De un día para el otro, miles de personas empezaron a descender en la vieja estación del ferrocarril Urquiza, dos kilómetros antes de llegar a Pilar. Los dolientes, los enfermos, los hambrientos de esperanza recurrían de a miles. Y entonces, el “hermano Tibor” se fundía entre ellos regalando consuelo, cuidándose siempre de no incursionar en el temido “ejercicio ilegal de la medicina”.
Justamente el 6 de julio pasado se cumplieron 30 años de la muerte de Tibor Gordon Goldemberg, el hombre que encarnó aquel fenómeno de fe en nuestra ciudad. Desembarcó en la Argentina en 1944 cuando tenía 26 años y un físico imponente. A poco de llegar, comenzó a ganarse la vida con espectáculos de fuerza. Acostado en el suelo y tensando los abdominales, dejaba pasar un camión sobre su cuerpo, doblaba barras de hierro de dos pulgadas, rompía una guía telefónica como si se tratara de una hoja o inmovilizaba un avión en tierra, sujetándolo de la cola. Estas eran algunas de las rutinas que prodigaba en distintos escenarios deportivos, a mediados de 1940. Johnny Weissmuller había sido su ídolo de la niñez. La gente lo bautizó “El Tarzán argentino”.
Tibor fue un ídolo indiscutido, tanto cuando arrastraba a decenas de hombres con una soga como cuando, con fe auténtica, creía que podía devolver la salud a los enfermos de diversos males.
Luego de 10 años de batallar en el espectáculo, Tibor fundó, cerca de la vieja estación de Manzone, su entidad: Arco Iris SRL, obra benéfica “para ayudar a los demás y para que los demás se ayuden entre sí”, según su lema. Hasta allí comenzaron a fluir todos los días más de mil personas, cifra que se duplicaba el fin de semana. Llegaban de Pilar, de Capital, del interior y también de Uruguay, Paraguay y Chile, todas atraídas por la fama y la elocuencia del “hermano mayor”. Comenzó a gestarse una leyenda de milagros que cimentó el prestigio de la institución y su animador.
Pero su fama de manosanta comenzó a gestarse antes de arribar a Manzone; también sus problemas con la policía.
En octubre de 1948, personal de la Comisaría 35 de Capital, intrigada por las largas filas de autos que cada noche se estacionaban frente al centro espiritual “Hermandad de las fuerzas vitales” -en la calle García del Río 3488- se encontraron con el hasta hace poco forzudo, convertido en el “hermano Gordon”. Siete veces estuvo preso entre 1955 y 1959.
Según la prensa de la época -en su mayoría escéptica y burlona -, Tibor “con solo tocar una mejilla o pronunciar palabras inteligibles -que para unos era sánscrito y para otros hebreo-, curaba toda clase de males”. Fue detenido y procesado estableciéndose que con la fuerza misteriosa de los espíritus que invocaba ganaba mucho dinero. Jamás pudieron probarle nada.
“Yo no receto cosas, no ando con sapos ni brebajes raros. Cuando una persona anda mal físicamente, la mando al médico. Y si está mal espiritualmente, hago que vaya a la iglesia”, explicaba.
El predio Arco Iris tenía un quincho. En él, las mujeres agitaban las espigas de trigo, símbolo de la entidad, respondiendo al saludo de tres dedos en alto (pulgar, índice y mayor) del maestro. Vestido con bombachas, rastra amonedada y su poncho con los colores del arco iris, durante una hora y media inflamaba los corazones. “Lo que más me importa es que la gente tenga algo que defender. Pero no sale de mí lo que estoy haciendo, sólo soy el vocero de un movimiento y emoción”, decía.
En el predio funcionaba un comedor para los necesitados, una proveeduría, se vendían lotes, se habían constituido cuatro consorcios para edificar casas, se vendían recuerdos y fotos del “hermano Tibor”. Arco Iris tenía su propio periódico “Fortaleza de Fe”. Gordon ya había dirigido una revista que llevaba su nombre. En ella, se elogiaban el naturismo, la vida selvática y la fuerza del editor.
En 15 años de prédica se calculaba que Tibor ya había logrado nuclear a más de 500 mil fieles. Su esposa Eva y sus hijos, Gary y Eduardo comandaban las finanzas. Su fortuna personal crecía. Las instalaciones de Arco iris se iban perfeccionando. Muchas veces se habló de cifras inmensas invertidas por Gordon en la compra de caballos de carrera, autos, aviones y propiedades. Nunca lo desmintió, así como nunca aseguró haber curado a alguien: sólo ponía su corazón y su fuerza espiritual “para lograr el alivio de muchos males, sin esperar recompensa”.
Tibor murió en 1985, víctima de un ataque de hipertensión arterial. Falleció atendiendo a sus files. Sintió un fuerte dolor de cabeza y salió del quincho para tomar un poco de aire. Pero nunca más volvió. Primero lo llevaron al hospital de Pilar y de ahí lo trasladaron al Italiano, donde finalmente falleció. Sus restos fueron inhumados en el cementerio de Pilar, ante un numeroso grupo de mujeres llorosas. Su tumba está permanentemente adornada con flores frescas. Su recuerdo perdura, a pesar de que hace 30 años que ya no obra milagros.


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