Después de un feriado puente, me desperté aquel martes renegando y con fiaca, escuchando el Aurora de la escuela de la vecindad. Mientras me dirigía al baño, rezongué: “Tengo que ir a trabajar y no me quedan más días para pedir otra licencia. El trabajo es un verdadero castigo”.
Subí al auto y me dirigí a la ciudad donde quedaba mi oficina. Empezó a lloviznar y, como si fuera poco, el semáforo se puso rojo. De repente, vi algo que se acercaba a las ventanillas de cada auto. Era un joven montado en un pequeño carrito de madera. No tenía piernas y le faltaba un brazo. Sin embargo, con su mano izquierda lograba conducir el pequeño carrito y, con maestría, hacía malabares con un conjunto de pelotas.
La gente bajaba los vidrios y le daba unas monedas al acróbata especial. En su pechera llevaba un letrero: “Gracias por ayudarme a sostener a mi hermano paralítico”. Con su mano izquierda me señaló a su hermano, sentado en una silla de ruedas colocada frente a un atril, que sostenía un lienzo y movía magistralmente con su boca un pincel pintando un hermoso paisaje. Sobre el respaldo de su silla estaba la frase que decía: “Gracias Señor por los dones que nos das. Contigo no nos falta nada”.
Al ver cómo los dos trabajaban como podían para ganar el pan con dignidad, se derrumbó mi falso ego. Me iluminé y comprendí que tengo un cuerpo con todos sus miembros sanos. Tengo trabajo mientras que centenares no lo tienen, aunque lo deseen. Otros viven las incertidumbres de la continuidad laboral y varios quedan despedidos semanalmente.
Tener un trabajo es una bendición. Trabajar no es sufrir, sino servir a los demás que, a su vez, me dan el pan, la dignidad, etc. Decidí ser maduro y no quejarme jamás de mi condición. También bendecir la mesa para agradecer a Dios por el pan, por la salud y por todo.
Todos los seres vivientes trabajan para ganar su sustento. No querer trabajar pero sí cobrar, es antinatural. Vivir significa trabajar para mejorar lo que puedas y gozar de ello.
La Biblia dice que Dios mismo trabajaba, en la Creación (Génesis 1, 1-30). Jesús lo afirma: “Mi Padre siempre trabaja, Yo también…” (Juan 5, 17). Por eso el trabajo es santificante.



