Todo el pueblo conocía a Juan, el mendigo de la plaza, entre la parroquia y la municipalidad desde hacía años. Él era muy amable. Cuando alguien le echaba una moneda a su platito, revestido con una tela marrón gastada, le agradecía con una sonrisa, con aquellos dientes manchados de mate.
También era el reportero de la ciudad. “¿Usted se enteró…?” Así siempre comenzaba su saludo.
En una madrugada todos se enteraron de que Juan había fallecido. Todos acudieron al velorio para darle el último adiós. Se vislumbraba aún su sonrisa en medido de su barba.
Para sorpresa de todos apareció otro mendigo en el mismo sitio luego de una semana. Era igual a Juan, se llamaba Lucas y, como si fuera poco, tenía el mismo platito: era su hijo. Repetía las costumbres de su padre y así la gente se encariñaba con él. Pasaron los años y un día Lucas falleció. ¡Luego apareció Ariel con el mismo platito!
Un verano un español había ido a pasear. Al echar una moneda al platito de Ariel quedó boquiabierto, ya que como estudiante de la carrera de orfebrería ya sabía distinguir los tímpanos de cada metal. ¿¡Cómo podía ser eso!? Le pidió gentilmente el permiso para ver su platito. Al sacar la tela maloliente, vio un platito de oro de inmenso valor. Todos los que estaban allí también quedaron asombrados.
Juan lo había recibido del párroco Manolo cuando éste dejó la parroquia por ser muy anciano. Entonces le había dicho:
- Juan, con esto podrás comenzar algo nuevo, sin la necesidad de mendigar.
Él ni siquiera había sacado la tela. Luego lo heredó Lucas y finalmente Ariel.
Pienso que muchas veces heredamos costumbres, sean religiosas o patrióticas, y las pasamos de una generación a otra sin preguntar ni analizar.
Cuando hago bautismos y misas de primeras comuniones, me quedo con la impresión de que es como aquel platito de oro envuelto en una tela. Me quedo con la intriga al ver las corridas entre las fotos y las fiestas, ¿Realmente saben la grandeza de los sacramentos? La Biblia dice que la luz vino al mundo pero la gente prefirió las tinieblas (Juan 1,11).
Oh Dios abre nuestra mente para valorar todo lo que nos regalaste: el trabajo, la familia, la salud, un país libre, la Biblia, los sacramentos… innumerables platitos de oro. Gracias y Amén.

