Arte en extinción, en sus manos

Es uno de los pocos artistas que siguen manteniendo con vida el fileteado. Desde Manzanares, las líneas redondeadas y los refranes porteños se mezclan con lo gauchesco.
 

1 de marzo de 2015 - 00:00
En el fondo de un taller de paredes de barro y botellas incrustadas, donde todo es rústico, agreste y sustentable, cobra vida el más porteño de los estilos. Lucio Bazar es uno de los pocos fileteadores que siguen perpetuando el oficio que floreció a mediados del siglo XX y que hoy batalla contra la extinción. 
El micromundo de este artista se sitúa en Manzanares, donde llegó hace 20 años con su familia. Allí, las pinceladas curvas que supieron adornar carrocerías de colectivos y cualquier alegoría tanguera, se reflejan en carteles y coloridos objetos que comparten espacio con cuadros y pasacalles, entre otras obras de su autoría. 
Autodidacta, Bazar jura que aprendió el oficio “copiándome de los otros”. Su gusto por el dibujo y la pintura empezó hace tres décadas y el filete apareció como una tendencia natural dentro de esa vocación, influenciado por un padre aficionado al tango y a la cultura porteña.
“Es muy nuestro, si bien proviene del barroco, acá se transformó y se adaptó, por eso siempre me gustó”, reveló el artista en diálogo con El Diario. Fue su trabajo como cartelista el que le permitió canalizarlo con más frecuencia. “Me empecé a dedicar a hacer publicidad y el filete participa mucho de eso”, explicó. 

Campestre
La sustitución paulatina de los colectivos fileteados y el paso del tiempo, hicieron de este arte una rareza hoy asociada más a motivos campestres. “Si bien es un arte bien urbano, como en los colectivos dejó de usarse, se fue trasladando más al campo, a las zonas rurales, a carretas, por ejemplo”, aseguró Bazar, cuyos trabajos con esta técnica en la actualidad están reducidos exclusivamente al ámbito rural.
“Me piden muchos cuadros de caballos –afirmó- y ahí está presente el filete, acompañados por algún dicho, también en carros o tranqueras”. Tan gauchesco resulta el estilo que los pinceles de Bazar están realizados a mano con crines equinas. 
Por sus características y porque solo existe una empresa fabricante en el país, en el mercado los pinceles para filetear cuestan entre 50 y 400 pesos. Por esta razón, el pintor decidió achicar gastos apelando a la creatividad. “Tengo un amigo que tiene caballos, así que me los fabrico yo”, contó.
Entre sus trabajos más destacados, el artista recuerda un enorme cartel realizado para el escenario de una fiesta gaucha. Motivados por la revalorización de lo antiguo, varios negocios incorporaron detalles fileteados a la decoración, algo que también le dio nuevo impulso a su oficio. 
En cuanto a la técnica, el artista aseguró que “si tenés nociones de pintura es sencillo, aunque tiene algunas leyes propias, es cargado, usa colores fuertes, líneas curvas, un dibujo central y decoración alrededor y siempre alguna frase, que es la viveza criolla trasladada a un refrán”. 

Sustentable 
Sus años errantes por el país, le dejaron a Bazar un gusto por el cuidado de la naturaleza y lo orgánico que él traslada a su taller, en el fondo de su casa. Conocedor como pocos de los secretos del barro, eligió para su espacio un tipo de construcción sustentable basada en lodo, donde los rayos de luz no entran a través de ventanas sino atravesando los coloridos vidrios de botellas empotradas en el muro que rodea un rústico hogar a leña donde arden papeles y bocetos. La planta superior, en tanto, está levantada con pallets de madera. Es en este piso donde descansan los bonsái, también producto del antojo del pintor que todo lo observa y todo lo incorpora. 
“Me gusta Manzanares porque puedo hacer estas cosas, trabajar en contacto con la naturaleza”, concluyó.



El horno está para bollos 
Acostumbrado a sortear crisis, el hombre que en el año 2000 canjeaba en los trueques empanadas caseras, reparte su tiempo entre la pintura y la construcción de hornos de barro. 
“Cuando estuve con mi familia viviendo en el Norte, por Salta y Catamarca, trabajaba con alguien que hacía hornos de barro y así aprendí”, recordó. El primer horno fue replicado en el jardín de su casa de Manzanares y sin buscarlo, encontró en las empanadas trocadas la mejor publicidad. “Me preguntaban quién las hacía y cuando les contaba, me empezaban a pedir que les hiciera hornos de barro en la casa, así empecé”. Del mismo modo, agregó que “la gente empezó a viajar más al norte, probaban comida allá cocinada al horno de barro y cuando volvían querían tener uno en su casa”. 
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