Aunque no está abierto al público, quienes consigan acceder al tanque de agua del centro de Pilar se encontrarán con una estructura hueca similar a un rulero, con tres grandes caños en el centro que se extienden desde el techo hacia el piso y una estrecha escalera caracol bordeando las paredes, con una baranda oxidada y algo endeble.
No apto para quienes sufran de vértigo, las escaleras conducen hasta un entrepiso iluminado por ventanas rectangulares. Allí se inicia el último y más peligroso tramo de la visita: una escalera vertical de hierro de unos 12 metros que lleva hasta el lugar donde está alojado el depósito de agua, ahora vacío.