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Opinión: Hombres de verde

por Alejandro Lafourcade
a.lafourcade@pilaradiario.com
5 de septiembre de 2013 - 00:00

Parados en las esquinas, recorriendo las calles, en una geografía extraña para ellos: fueron depositados en diferentes puntos del Conurbano para combatir la inseguridad, al menos hasta las elecciones, no sea cosa de que un hecho fatal reste un par de puntos en octubre. Son los gendarmes, 50 de ellos ya asentados en Pilar.

Sin ser el caso de quien aquí escribe, sí es necesario reconocer que una gran cantidad de gente se siente reconfortada, aliviada, segura al fin y al cabo, viéndose rodeada de militares. Ocurre que, a una buena porción de la sociedad argentina, los militares les encantan.

Es común escuchar hoy, a casi 30 años de la vuelta de la democracia, frases como “que vuelvan los militares”, “acá tiene que haber botas”, “se quedaron cortos con los desaparecidos” y tantas otras. Hay más nostálgicos de la dictadura de los que uno imagina.

La presencia de gendarmes en las calles efectivamente hace sentir más seguras a algunas personas, pero hay que ser justos: no todos los que se sienten seguros con la presencia de los gendarmes hacen apología de la dictadura. Afirmar eso sería reduccionista y directamente falso. No obstante, incluso en defensores de la democracia se escucha decir a varios ser “soldado de”, siguiendo a “la jefa/el jefe”, o nostálgicos de “mi general”. Las cadenas de mando y el idioma castrense les puede, qué va a ser.

Pero ahí nomás están aquellas personas cómodas y aliviadas por caminar entre militares. A lo mejor tenía razón la periodista italiana Oriana Fallaci, cuando en 1983 le espetó a Bernardo Neustadt que los argentinos pudieron soportar un régimen como el del Proceso debido a que, muy en su interior (o no tanto) sienten cierto gusto por el autoritarismo.

Lo que es una certeza es que las cifras del delito no bajarán por el solo hecho de saturar las calles de hombres de verde. La inseguridad es producto de un cóctel de exclusión, miseria y adicciones; combinación que ciega y provoca violencia.

Precisamente, estas condiciones sociales comenzaron a gestarse gracias a las políticas aplicadas durante el período 1976-1983, continuadas luego durante la mayoría de los 30 años siguientes. Porque de su responsabilidad no se salva ni la “década ganada”.

A pesar del comprobado fracaso de políticas de este tipo, una gran parte de la población sigue creyendo que la delincuencia se combate con leyes más duras y una mayor cantidad de policías (o gendarmes) en las calles.

Una vez más, se apeló a decisiones demagógicas y efectistas, cediendo a la tentación de buscar la solución atacando a las consecuencias en lugar de ocuparse de las causas. En lugar de prevención, garrote. Como si el aumento del castigo fuera suficiente para terminar con el problema que más desvela a la sociedad.

Si no se hace hincapié en las causas, las soluciones quedarán cada vez más lejos. No hay que pedir más policías, sino menos delincuentes. El día que se mejore en serio la educación pública, verán cómo no hará falta sacar a los gendarmes a las calles.

 

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