La generación dorada de la Avenida

Hace 20 años, Sportivo Pilar conocía la gloria máxima de su historia. Se coronaba campeón de la Liga Nacional B en la temporada 1993 y ascendía al Torneo Nacional de Ascenso (TNA).

7 de julio de 2013 - 00:00

  

 

Dos décadas pasaron del día más glorioso de la historia deportiva del Club Sportivo Pilar. La generación dorada de la Avenida Márquez tocó el cielo con las manos con un equipo de básquet que todavía es el máximo orgullo de la institución.

El Rojo se coronó campeón de la Liga Nacional B de 1993 y consiguió el ascenso al Torneo Nacional de Ascenso (TNA) por primera y única vez.

En la segunda división del básquet argentino militó luego dos temporadas, pero ya será parte de otra historia.

A mediados de 1993, el proyecto que se inició con el arribo de Oscar Marín a La Caldera y un plantel de gladiadores rompía con todos los pronósticos para llegar a su momento de gloria.

Y si habrá sido grande ese equipo, que ascendió dos veces al TNA en un año. Porque tras la conquista del Provincial de Buenos Aires de 1991, se consagró campeón de la Liga Nacional C de 1992, lo que debía depositarlo en el TNA.

Sin embargo, por cuestiones burocráticas de la organización, se decidió realizar un nuevo certamen intermedio al que denominaron Liga B.

Allí fue Sportivo, con el agregado de figuras como el extranjero Melvin Daniels, a buscar otra vez lo más alto.

 

La gloria

La coronación llegaría en una serie al mejor de 5 encuentros con Universidad Nacional de Tucumán, con formato 2-2-1.

El Rojo tenía ventaja deportiva y se quedó con dos triunfos por goleadas en La Caldera. Se imaginaba que la llave se podría sentenciar sencillo en la revancha, aunque fuera de visitante.

Fueron dos derrotas, con grescas como lamentablemente era frecuente en aquellas épocas de la incipiente Liga Nacional. Porque además de jugar al básquet había que ser guapo en esos viajes. No había televisión para denunciar nada. Todo se resolvía en un cuarto con los árbitros.

Volaron sillas, trompadas y todo lo imaginable. Tuvieron que volver a Pilar tras la batalla de Tucumán.

En la Avenida, para el quinto punto, las tribunas explotaban. Quedó gente fuera del gimnasio, que era un hervidero en las tribunas, plateas y los balcones con gente amontonada como nunca más se registró.

Fue victoria de Sportivo en el quinto punto ante un conjunto tucumano que por los incidentes vividos la semana anterior, vino directamente cambiado en el micro, casi no hizo entrada en calor y se fue lo más rápido posible de La Caldera.

Ahí se desató el festejo eterno de un equipo que tenía emblemas como Alejandro Nardini en la conducción cerebral y Ernesto Currat como figura por su capacidad física (rebotes, defensa y volcadas eran su sello).

Aníbal Saettone con sus tiros a distancia, Alfred Starling y toda su jerarquía como nacionalizado o Daniels siendo el extranjero completaban el quinteto inicial.

De atrás venía la polenta de Marcelo D’Andrea en el juego interior y los juveniles de la cantera que se hacían grandes adentro de la cancha.

Martín Figueredo y Martín Ortíz eran los de mayor presencia, pero también asomaba Hugo Saldeña, para unirse a los hermanos (Luciano y Leandro) Masieri, que venían de Pergamino a iniciar su camino en la Liga Nacional y luego en Europa.

Para el postre quedó la final con Mendoza de Regatas. Ya con los dos equipos ascendidos, se decidió hacer un único partido para definir el título y la licitación la ganó Sportivo. El juego también, en otra noche para la historia en la Avenida Márquez.

 

 

El plantel histórico
Ese equipo que llegó al TNA tenía como fichas mayores a Alejandro Nardini, Alfred Starling, Héctor Bebe Zeballos, Gregorio Martínez, Ernesto Gofy Currat, Marcelo D’Andrea, Aníbal Saettone, Alejandro Corvalán, Hernán Laginestra, junto a juveniles como los hermanos Masieri, Marcelo López, Martín Figueredo, Martín Ortíz, Hugo Saldeña, Leonardo Rey, Ariel Vilche o Martín Pérez Bodria.

El cuerpo técnico lo integraban Oscar Marín con Carlos Fredy Garaboa y Marcelo Asturiano como asistentes.

Los delegados eran Dante Saldeña, Miguel Bala Negri, Mariel Calvo, Carlos Dino De los Santos y Edgard Chelo Cordobés. Y Miguel Caruso como médico. El presidente del club era Guillermo Gallego Díaz, acompañado de dirigentes claves como Lucio Senópoli y Omar Asturiano.

 

 

Opinión
Pilar era una fiesta

 

por Maxi Domenech (*)

 

La década de 1990 fue pródiga en actuaciones rutilantes de exponentes locales en diferentes disciplinas. Pero de todas ellas, la campaña que llevó a Sportivo de la competencia del básquet local al Torneo Nacional de Ascenso (TNA) fue de las que, personalmente, más recuerdo.

Entre otras cosas, porque fue de las primeras actividades que me tocó cubrir en mi rol de periodista y también, por qué negarlo, debido al encanto que en aquel entonces generaba afrontar una competencia de este tipo. Aquellas largas, larguísimas salidas en colectivo eran comparables a viajes de leyenda. Y no fue hace mucho, eh.

Sportivo andaba con ganas de más en aquellos años y después de un puñado de campañas que no colmaron las expectativas, los dirigentes trajeron a Oscar Marín para hacerse cargo del banco de suplentes. Fue la piedra basal del equipo que hizo historia. Y no solo por los resultados, sino también porque de allí en adelante cambió la filosofía del básquet rojo.

Y de la mano del DT arribaron varios jugadores, entre ellos uno que se metió rápidamente en el corazón del hincha: Alejandro Nardini. Poliya se calzó la 5 y fue figura en todos los partidos que disputó. Era el líder del equipo, dentro y fuera de la cancha. Y eso que había otros referentes de peso como Alfred Starling, Mel Daniels o Ernesto Currat.

Los pibes de la olvidada cantera también hicieron su aporte. Nombres como los de Ariel Vilche, Hugo Saldeña y Leonardo Rey figuraron en la mayoría de las convocatorias aunque los que más protagonismo alcanzaron fueron Marcelo Teate D’Andrea, Martín Plumero Figueredo y Martín Ortíz. El primero puro corazón para fajarse con pivotes que lo superaban en talla, el segundo puro talento y coraje desde la base y el tercero se ganó sus minutos a fuerza de capacidad táctica y despliegue físico.

Como olvidar los viajes. Cada destino nuevo. Cada partido en casa. Como no recordar aquella serie por el ascenso ante la Universidad de Tucumán. Fueron palizas en La Caldera e insospechadas derrotas en el norte, adonde se viajó en avión y casi sin ropa porque todos descontaban un rápido triunfo. Por eso la consagración se demoró algunos días y se dio en la avenida ante un estadio colmado. No estuvo mal.

El paso final, el del título y la estrella se dio ante el otro ascendido, Mendoza de Regatas. Otro poderoso que hocicó en La Caldera. Fue, quizás, el momento de mayor gloria del básquet rojo.  Y si, por ese entonces, el básquet de Pilar era una fiesta.

 

(*) Siguió la campaña de Sportivo para Panorama Deportivo (TeleRed). 

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