por Alejandro Lafourcade
Suplemento La Juntada: Locos por el sábado
a.lafourcade@pilaradiario
Si vos sos futbolero lo vas a entender: pocas cosas se comparan con el hecho de cambiarse, salir a la cancha y disfrutar de un partido con amigos, por los puntos, en algún torneo amateur o solo por pura diversión.
Eso sí, algunos en su pasión baten récords, como el grupo de vecinos pilarenses que juegan religiosamente cada sábado desde hace nada menos que ¡27 años!
Así es, sus partidos se organizan desde el ya lejano 1986. Cuando Diego Maradona hacía delirar a los argentinos en el Mundial de México y el Plan Austral pretendía frenar a la inflación, cuando Sumo era lo más revolucionario del rock nacional y “Esperando la carroza” era una película recién estrenada, ellos ya se juntaban a jugar.
“Yo tenía 16 años cuando empezamos y ahora tengo , comenta Fernán Roncoroni. Está lloviznando en el complejo pero a nadie le importa: juegan al fútbol y hablan de su pasión como si el cielo estuviera despejado.
El hombre indica que “hubo cambios en el plantel, pero hay todavía una decena de jugadores que perduran del grupo fundador, mientras aguanten las bisagras”. Algunos de ellos son Quique y Jorge Gómez, Eduardo Dentoni, Fernando Moreno, Gustavo Stieben, Sergio Loraschi y Gustavo Lagomarsino, por ejemplo.
Generaciones
El escenario fue cambiando con el paso de los años, desde aquel comienzo en la ciudad deportiva del Club Atlético, o bien la cancha del club Chevallier, donde más tiempo jugaron.
Eduardo Dentoni asegura que “más allá de lo que significa el fútbol para todos nosotros, lo más importante es continuar con esta camaradería. Como grupo homogéneo hemos mantenido las reglas durante años y al que le toca le toca: hasta tenemos un tribunal de disciplina que imparte sanciones. Y el que no funciona adentro del sistema…”.
El mantenerse en el tiempo provocó además que buena parte de esta pequeña comunidad futbolera se renovara, incluyendo el alejamiento de un grupo que en la actualidad está jugando otro campeonato, pero que también formó parte de esto durante casi 20 años.
El recambio generacional vio a chicos que hoy son adultos, o que incluso ya van a jugar junto a sus hijos. “A Matías Loraschi –recuerda Eduardo- lo poníamos muy chico a jugar con una camiseta que tenía mitad color de un equipo y mitad de otro, lo poníamos en el medio y jugaba para los dos… También hay chicos que hoy juegan y que cuando empezamos ni siquiera habían nacido”. Junto a él, Quique Gómez no duda en afirmar que “el nuestro, junto con el grupo de los médicos que se juntaban en el Verbo Divino, son los más viejos de los que están organizados para jugar al fútbol”.
Asimismo, más de una vez se anotaron para jugar campeonatos y han salimos campeones en varios de ellos, como un torneo de El Gráfico –definido en la cancha de Comunicaciones, ganando un viaje a Cataratas- o los del club Chevallier contra equipos que jugaban regionales.
Locos por el sábado
En cuanto al nivel de tolerancia para ausentarse a un partido, Roncoroni explica que “el tipo que falta se pierde los 4 puntos que se suman como máximo en un sábado”.
Y afirma que en 27 años “jugamos todos los sábados, aunque llueva. Si no se puede en la cancha de siempre, vamos a donde nos dejen jugar con el barro hasta el cuello…”.
Inevitablemente, a lo largo del tiempo pasaron casamientos, bautismos, nacimientos y demás circunstancias. Como en el caso de Fernán, “que me casé un sábado a la noche pero a la tarde vine a jugar al fútbol igual”. El anecdotario incluye gente que volvió de vacaciones antes para no perderse el partido, o bien algunos casos de nacimientos de hijos justo un sábado a la tarde: al flamante padre “se lo perdona, pero igual pierde los puntos…”.
Fernán destaca que en cada partido “tratamos de tener siempre la mejor indumentaria, las mejores pelotas, jugando en las mejores canchas, con árbitro y jueces de línea. Es un gusto que nos damos, nos sale muy caro, pero lo hacemos con gusto, porque cuando estamos acá nos sentimos jugadores de fútbol por un rato”.
A su lado, como hace tanto tiempo, Eduardo expresa: “Tengo 57 años y, cuando piso el césped, agradezco a Dios porque me dejó jugar al fútbol un partido más”.
Una sociedad organizada
Para que todo funcione como un reloj durante casi tres décadas es necesaria la aplicación de un plan que se cumpla a rajatabla, y los amigos así lo entendieron desde un principio.
En cuanto a la competencia, para evitar la improvisación se hacen series al mejor de cinco partidos. “Vamos rotando según el número que te toca en la camiseta, así se van armando series lo más competitivas posibles para que salgan buenos partidos”, comenta Roncoroni.
En este sentido, se miden parámetros como asistencia o puntualidad en el pago, y eso hace sumar puntos que luego se traducen en el número de la camiseta: mientras más bajo, “más titular”, por decirlo de alguna manera. Así, portar las casacas 8, 9, 10 y 11 no tiene que ver con habilidad o virtudes ofensivas, sino con la posición en el ranking. Son ellos los que cambian con el 13, 14, 15 y 16.
Además, al final de cada año se hace una fiesta despedida con entrega de cuatro premios challenger que rotan: Mejor Jugador, Mejor Compañero, Jugador Más Valioso y Goleador. “Le tratamos de poner organización para todo funcione”, explican. Vaya si funcionó…