El viaje de seis hermanos para rendirle homenaje a su padre
por Alejandro Benedetti
Fueron muchos más de 14 mil kilómetros. Es que el largo periplo implicó conocer algunas de las más hermosas ciudades de la vieja Europa, y en realidad todo se contabilizó con saldo más que positivo, sobre todo, por la gran carga afectiva.
Solo de ese modo la misión emprendida por los seis hermanos Milutinovic se cumplió; lograron esparcir las cenizas de su padre en las tierras que lo vieron nacer, allá en Austria.
Marlene, Clara, Luis, Trudy, Pablo y Rosmary sabían que su padre, aquel recordado en Pilar como gran mecánico y mejor docente, Luis Milutinovic, había adoptado como patria a en 1926, pero que también su más profunda nostalgia -la de la primera infancia- estaba en Graz, a unos de Viena.
Dio clases por décadas en el Instituto Carlos Pellegrini, y por lapsos similares, fue el jefe de mantenimiento de la desaparecida Fábrica Militar de Pilar. Integró aquellas generaciones de un Pilar en el que casi todos se conocían, e incipiente de lo que es hoy.
Falleció hace unos 10 años, y sus restos enterrados. Sin embargo hace un año fue exhumado, cremado y sus cenizas volaron con una brisa del verano austríaco hasta un bosque donde, seguramente, alguna vez fue llevado en brazos por su padre o abuelo.
“Todo empezó en 2004 cuando nuestro primo Alois, de Austria, visitó a una tía de Posadas; nos invitó a su casa, nos preguntó mucho por papá y fuimos armando el viaje que iniciamos el 31 de mayo”, relata Luis Milutinovic (h).
Al cabo de 48 horas los seis hermanos llegaron al moderno aeropuerto de Dusseldorf (Alemania) alquilaron un automóvil y algunas horas más tarde ingresaban a la pulcra Graz, cerca de Viena. “Y entonces ocurrió algo muy extraño porque sin hablar su lengua y sin saber cómo llegar a su casa entramos a una boutique a preguntar por nuestro primo, y resultó que la dueña era su esposa”, acota Luis sopesando cuánto influye el subconsciente ante el inmediato deseo.
Desde la historia surgieron nuevos parientes que se disputaban a los hermanos para invitarlos a almorzar, pasear o cenar. Hubo largos recorridos en automóvil que nunca fueron interrumpidos por las fuertes crecientes de los principales ríos sajones y eslavos. En el verano europeo, los hermanos Milutinovic se fascinaron con la cautivadora Venecia, se conmovieron con París vista desde la mayor altura de , o visitaron las principales capitales imperiales como Viena, Budapest y Praga.
No obstante sabían cuál era su cometido principal: con las cenizas de su padre darle más armonía a los pinos y ardillas de un bosquecito de su Graz natal. “Nos fuimos los seis hasta el lugar que por siempre le quedó en el recuerdo a papá, abrimos el cofre, cada uno tomó un puñado de cenizas y al mismo tiempo la fuimos liberando sobre ese increíble verde del bosque”, recuerda Luis con nacientes lágrimas.
Lágrimas que tampoco les faltaron a sus hermanos en ese momento de refugiarse en abrazos, sonrisas y profundos silencios. Los grandes giros de la vida a veces tienen sentido: aquel inmigrante llegó a luego de una devastadora Primera Guerra Mundial, se enamoró de una linda hija de rumanos, se casaron, compraron una casa “frente al tanque de agua”, sobre calle Pedro Lagrave de la ciudad de Pilar, tuvieron seis hijos, él trabajaba 10 horas por día para darles lo mejor que podía y, lograr su gran objetivo: hacerlos personas de bien. En todos los quehaceres hizo del respeto y la cortesía su norte; su recuerdo está vigente en tantos pilarenses -de todo el distrito- “porque era educado y cortés a más no poder”, recordó la docente Josefina Pepita Vidal Muñoz de cuando Luis Milutinovic enseñaba a tantos alumnos que cursaban estudios técnicos en el Pellegrini.
Los seis hermanos retornaron hace pocos días. Fotos, filmaciones, alegrías, anécdotas y souvenirs, fueron acomodados en sus memorias y en sus respectivas viviendas. Casi a diario las fotos, en particular, son miradas con mucha nostalgia. “Pero el recuerdo de papá ahora se redimensionó porque caminamos las mismas veredas de Pilar que él caminó tantos años, pero hace poco pisamos sus lugares de la infancia y conocimos tantos parientes suyos y nuestros, además sabemos que el olvido es la única muerte, y hay Milutinovic para rato pues siempre recordarán a ese inmigrante; nuestro padre”, deslizó Luis con una emoción que prontamente le ganó al breve intento de disimularla.