por Manuel Vázquez
El bar La Alhambra, frente a la plaza central de Pilar fue, hasta su cierre definitivo en la década de 1990, el lugar de reunión al que acudían individuos del más variado pelaje.
Funcionarios municipales, políticos opositores, jugadores empedernidos, empleados bancarios, artistas de mayor o menor talento, ociosos rentistas, comerciantes que leían gratuitamente el diario gastando sólo el importe de un café, y cuanto bicho caminaba por la zona iba a parar al bullicioso salón de mesas rengas y sillas inseguras.
Detrás de la barra, sobre la que reinaba una enorme máquina de café express; el espejo mostraba un esquemático dibujo de la fuente de los leones en el más famoso patio del palacio morisco de La Alhambra, en Granada, el último reino musulmán de la península ibérica que cayó bajo el poder de los reyes católicos en el año 1492.
Además de la conversación variada que muchas veces saltaba de mesa en mesa, los parroquianos concurrían también al bar atraídos por la calidad del café, de cuyas bondades las damas podían disfrutar solo el aroma al pasar por la vereda, porque La Alhambra era un ámbito netamente masculino.
No había letrero alguno que lo advirtiese ni reglamento que lo determinase, pero las mujeres tenían tácitamente vedado su ingreso al local. Solo muy de vez en vez los contertulios bajaban el tono de sus discusiones sobre fútbol o política y evitaban sus redondas palabrotas cuando alguna señora conocida y estimada, en compañía de un varón, se animaba a franquear el umbral para degustar un cortado.
Lógico es suponer que en ese ambiente de ocio y distención las bromas estaban a la orden del día, y no pocas veces se compitió para ver quién inventaba la más arriesgada y desopilante.
Cuentan que la víctima de una de ellas fue un conocido comerciante centroeuropeo radicado en Pilar desde hacía décadas. El hombre tenía por costumbre pasar a tomar un café cada vez que realizaba trámites en el Banco de la Provincia, ubicado a pocos metros del bar.
Si no necesitaba hacerlos, llegaba paseando a un perro grande, movedizo y caprichoso al que constantemente debía llamar al orden.
Llegado a La Alhambra, el comerciante, ya bastante mayor, ataba la correa del can a la pata de la silla en que se sentaba y, mientras aguardaba su café, se entretenía leyendo el diario por más de media hora.
Aquella tarde, la muchachada del bar decidió valerse del animalito para jugar una broma sin medir las consecuencias que esta podía acarrear.
Convirtiendo pensamiento en acción, los graciosos encendieron y arrojaron en el salón una batería de petardos justo cuando el comerciante endulzaba su café con dos pancitos de azúcar.
El pobre perro, aterrado por las explosiones que sonaban a pocos metros de su cabeza, salió lanzado como un bólido hacia la puerta de calle y, en su impulso, llevó tras él, aferrada a la correa, la pata de la silla que soportaba las delgadas asentaderas de la víctima humana.
Cuentan que, tras un instante de suspensión que los físicos atribuirían a la inercia, la silla y el hombre se estrellaron contra el piso mientras el enloquecido ovejero huía sin rumbo por la plaza 12 de Octubre golpeando a los transeúntes con el pedazo de madera que chicoteaba tras su cola y aumentaba su pavor.
Los bromistas, asustados también por la inesperada caída, corrieron a socorrer al comerciante balbuceando disculpas, pero se llevaron una gran sorpresa al ver que, mientras se ponía de pie riendo y sacudiendo sus pantalones, dijo en su dificultoso castellano: “Este perro de miércoles de asusta por una miserable explosión. Se ve que no estuvo en los bombardeos de la guerra, como estuve yo”.
Tras aceptar un nuevo café con que lo convidaron los muchachos a manera de desagravio, el poseedor de tan buen humor salió en busca de su perro que, aún aterrado, se había refugiado en el zaguán de la casa del doctor Manzoni, sobre la calle San Martín. n
*Con este relato cerramos las entregas de este año haciendo votos para que, en el 2013, volvamos a encontrarnos en estas páginas amigas. Manuel Vázquez.
