La lista de Mabel, mi mamá

Dicen que la vida puede cambiar de un momento al otro, lo que nadie explica es cómo o por qué.

martes, 20 de noviembre de 2012 · 00:00

Por Mayra Lorenzo*

Veinte años atrás, Mabel Bastías se desempeñaba como docente en distintas escuelas públicas y privadas del Partido de Pilar. Tiempo atrás ya había puesto en marcha sus planes para formar una familia y poco a poco fue avanzando. Tomaba doble turnos e incluso enseñaba en algunos de los colegios más pobres de la zona, pero para ella esas experiencias fueron sumamente enriquecedoras; dice que de allí obtuvo algunos de sus mejores recuerdos. 

A fines de 1991 nació su primera hija, comenzando una nueva etapa de su vida. Madre primeriza, intentó ocuparse al cien por ciento de la pequeña, cambiando –por un tiempo- la docencia por un emprendimiento particular que le permitiera estar en su casa constantemente. Su familia estaba tomando forma.

Tres años después, su vida dio un giro particular cuando debió mudarse del centro de Pilar a la localidad de Del Viso. En ese momento este cambio no pareció tan significativo, pero con un poco más de perspectiva y análisis descubriría que iba a significar algo radical para su futuro.

Junto a la mudanza llegaba también un anuncio muy especial: estaba embarazada de su segundo hijo, el verdadero co-protagonista de esta historia.

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Desde la casa se escuchan ruidos similares a fuegos artificiales. Es una tarde calurosa de mediados de agosto de 1995, en la que no hay ningún partido de fútbol o celebración que justifique semejantes explosiones. Mientras continuaban con la construcción de la nueva casa, por curiosidad Mabel cruza la puerta de su vivienda y descubre que en la vereda de enfrente los cables eléctricos y un objeto metálico habían comenzado a incendiarse, generando esos estruendos que alteraban la tranquilidad de un barrio que comenzaba a desarrollarse.

Las chispas y un humo espeso comenzaron a extenderse hasta que un  vecino pudo solucionar la situación, ya que la empresa proveedora del servicio eléctrico no ofrecía ningún tipo de respuesta.

Meses después ya no quedaban rastros de lo que había pasado, y este episodio fue guardado en algún lugar de su memoria, solo para volver tiempo después.

Mientras tanto, donde antes había un poste de madera solo quedó un espacio de tierra removida y la instalación de una nueva línea de media tensión sobre la calle perpendicular, cambiando todo el tendido eléctrico.

Nahuel  nació el 16 de noviembre de 1995 y completó el cuadro familiar. A pesar de haber nacido prematuro, se desarrolló normalmente hasta que tanto él como su hermana comenzaron a concurrir a la escuela. Para describir a su hijo, Bastías dice que “Nahuel era un niño hiperactivo, inteligente, demandante y curioso. Además de que sacó dos características del padre: era juguetón y burlón”.

Durante el mediodía de un 4 de julio, mientras esperaban el remís que los llevaría a los tres al colegio donde Mabel había retomado sus actividades como docente, y al que asistían también sus hijos, nuevamente presenció la explosión de lo que luego conocería como un transformador eléctrico. “Nunca me olvidé de esa fecha porque lo relacioné con las celebraciones estadounidenses. Decíamos: ¡mirá los festejos del 4 de julio! tenemos nuestros propios fuegos artificiales; sin saber lo que esas chispas podían generar”, dice Mabel. En ese momento el recuerdo de unos años atrás no apareció, pero tiempo después ambas explosiones iba a cobrar sentido y significado en su vida.

Un mes después de comenzada la primavera, Nahuel comenzó a expresar que le dolían los huesos y mostró signos de lo que en un principio se pensó que era una tortícolis. Mabel, siempre atenta a su rol de madre, siguió al pie de la letra el tratamiento recomendado por los médicos, pero el 24 de septiembre por la noche su hijo comenzó a levantar fiebre.

Ante este nuevo síntoma, lo llevó a la clínica Trinidad de San Isidro, donde una pediatra solicitó análisis urgentes. “En menos de media hora teníamos el primer resultado, y nos enteramos de que tenía leucemia”.

Al día siguiente se les presentaron los oncólogos y Nahuel comenzó su primer protocolo de quimioterapia. “Nos llevó casi un mes saber los resultados patológicos que nos indicaban que se trataba de leucemia linfoblástica aguda.”

Los meses fueron transcurriendo entre quimioterapias, bajones de defensa, análisis, punciones, descomposturas e internaciones interminables, pero algo más comenzaba a aparecer en la vida de Mabel y era una nueva lucha.

Durante el tratamiento de su hijo, Mabel debió dejar nuevamente la docencia pero se incorporó como catequista en la iglesia de su barrio. Durante las misas ella colaboraba encargándose de recibir las intenciones de oración por los enfermos y fallecidos, entre otras cosas. Sus vecinos se acercaban y mientras pedían por sus familiares y conocidos comentaban algo que a Mabel le llamó la atención: en la mayoría de los casos se trataba de personas con enfermedades oncológicas.

El número de afectados iba en aumento, dando origen así a una serie de cartas de lectores en diarios locales preguntando ¿por qué se muere la gente en Del Viso? La familia se puso en contacto con el ingeniero Rubén Corominola, quien tras una breve inspección ocular de la zona, y una complicada explicación sobre sus conclusiones, logró despertar el recuerdo de las explosiones al decir “me juego mi título que acá en el suelo hay PCB”.

El PCB es un químico altamente contaminante, utilizado para refrigerar los transformadores eléctricos, que en caso de entrar en combustión transforma en otro producto químico denominado dioxina. Está comprobado a nivel mundial que ambas sustancias generan graves daños al organismo de manera acumulativa, llegando a causar enfermedades tales como la leucemia y otros tipos de cáncer.

Por su parte, el ingeniero Corominola  hizo un trabajo de investigación al que denominó Informe Factores de Riesgo en el Barrio Del Carmen de Del Viso, pero Bastías también investigó hasta confirmar las sospechas: debajo de los transformadores que habían explotado en Villa del Carmen, la Secretaría de Política Ambiental de la Provincia de Buenos Aires (hoy OPDS) detectó PCB o bifenilos policlorados, mientras la denominada “Lista de Mabel” crecía a más de 500 afectados solo en su barrio.

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La noticia fue cubierta por diversos medios nacionales, mientras en simultáneo Mabel y su hijo continuaban con su lucha personal.

Pasados casi siete meses, Nahuel culminó el primer protocolo con una remisión total de la enfermedad, y aunque parecía que ahí terminaba todo, en realidad solo comenzaban una nueva seguidilla de controles quincenales al principio y mensuales luego, hasta que dos años y medio después tuvo su primera recaída.

“El 21 de junio de 2001 estábamos nuevamente internados y mucho más complicados que al principio. Comenzaba su segundo protocolo de quimioterapia; mucho más duro, además de la búsqueda de una médula para trasplante”.

Desgraciadamente, ninguno de los integrantes de la familia tenía la compatibilidad necesaria como para donarle médula al niño, por lo cual se debió comenzar una búsqueda internacional.

“El centro de búsqueda en esa época estaba en Estados Unidos y en la semana en que comenzamos los trámites fue el atentado a las Torres Gemelas. Nunca había pensado que no iba a llegar al trasplante hasta ese día. Todo comenzaba a complicarse y atrasarse, y los enfermos oncológicos lo que menos tienen es tiempo. Sentí que era la señal de que esto no venía bien”.

El 25 de octubre Nahuel tuvo su segunda recaída, y tanto Mabel como su esposo debieron enfrentarse a una nueva reunión con el equipo médico, que intentaba explicarles que a partir de ese momento se le iba a hacer un tratamiento paliativo, porque iniciar una nueva quimioterapia iba a ser contraproducente, que ya no era factible el trasplante y que solo debían “esperar el tiempo que Dios le brindara para despedirse de sus familiares hasta llegar a una muerte digna”.

A partir de ese momento, tanto los psicólogos como los sacerdotes del  Hospital Austral (donde Nahuel había continuado con su tratamiento y los controles de rutina) trataron de apoyarlos y explicarles lo que para la familia era inexplicable: que una criatura de 6 años recién cumplidos tenía que partir “sin lograr cumplir su sueño de comprar su uniforme de primer grado con una corbata azul como la de papá”, agrega Mabel.

Solo un mes después, el 25 de noviembre de 2001, Nahuel falleció, pero para Mabel Bastías la lucha continuaba. Darse cuenta que su hijo no era el único que moría de cáncer la incentivó a investigar y a movilizarse aún más. Fue de un lado al otro para que alguien la ayudara a defender a quienes quedaban. Peleaba con funcionarios y con la burocracia, mientras escuchaba a otros decir que en realidad no pasaba nada.

Según ella, la ignorancia de los demás le dio la fuerza para seguir luchando, pero la cara de incredulidad de los políticos de turno solo mostraba cómo nadie tenía en cuenta que sus acciones eran para mejorar un aspecto tan esencial como el Medio Ambiente.

Para poder defender todo por lo que estaba trabajando, todos los días tenía que aprender algo nuevo. Sentía que no podía permitirse ninguna equivocación, porque eso era lo que esperaban para desacreditarla. “Al principio nadie creía que era verdad todo esto”, y los que debían ser especialistas decían no conocer nada al respecto, pero el tiempo y la insistencia de esta madre hicieron que tuvieran que aprender, investigar y que empezaran a moverse, “aunque más no sea para que no se les complique más políticamente”.

Las empresas y entes de control sacaban solicitadas diciendo que no habían trabajado con esa sustancia, pero de a poco y obligadas por los medios de comunicación comenzaron a realizar análisis y a reconocer la gran cantidad de transformadores contaminados con PCB. Eso permitió que algunos legisladores interesados en el tema escribieran una ley nacional para  minimizar los riesgos del uso de esta sustancia. Esta ley fue mutando día a día con las presiones empresariales y se la denominó Ley de Presupuestos Mínimos (25679/02).

Durante los años posteriores al fallecimiento de su hijo, Mabel se dedicó a continuar informando, con el apoyo de diversos grupos vecinales o de ONG´S que, interesados por la problemática, le ofrecieron diversos espacios para dar charlas y concientizar, así como para demostrar que va a continuar trabajando para que la población obtenga la respuesta que merece de sus funcionarios.

Su trabajo se ha expandido a otras provincias (así como a otros  países), dando lugar a la creación de nuevas normativas que regulen el uso del PCB hasta erradicarlo lo antes posible.

En perspectiva, esta docente probablemente jamás hubiera creído que la vida iba a enfrentarla a tal desafío, pero los años le dieron algo por qué luchar y ella procura mantenerse a la altura de esta lucha; tal vez ya no desde ese lugar destacado que le habían dado los medios de comunicación en su momento, pero sí desde el reconocimiento social como referente.

 

*Estudiante de periodismo, hija de Mabel Bastías y hermana de Nahuel Lorenzo.

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